Irán se aproxima peligrosamente a un escenario que hasta hace poco parecía impensable: convertirse en un país incapaz de sostener a su propia población debido a la falta de agua. La combinación de años de precipitaciones por debajo de la media, embalses al límite y una gestión ambiental negligente ha colocado al país al borde del llamado Día Cero, el momento en que el agua deja de salir del grifo. Hoy, esta amenaza ya no es una advertencia de científicos, sino una posibilidad reconocida públicamente por el propio gobierno.
El presidente Masoud Pezeshkian lo dijo sin rodeos: si no llueve, Teherán —una megalópolis de más de 10 millones de habitantes— podría tener que ser evacuada. Las presas que abastecen a la capital están en mínimos históricos, una de ellas completamente seca y otra por debajo del 8 % de su capacidad. Los recortes de presión nocturnos ya no bastan y, para millones de personas, el acceso al agua potable se ha vuelto intermitente, desigual y profundamente injusto.
Este país en sequía extrema enfrenta una tormenta perfecta en la que la crisis hídrica se entrelaza con el colapso económico, la inflación descontrolada, la escasez energética y una creciente ira social. Más allá de las amenazas externas, las sanciones o la presión militar de Estados Unidos e Israel, el golpe más severo para el régimen puede venir de algo mucho más básico: la imposibilidad de sostener la vida cotidiana sin agua.
Irán, un país en sequía extrema y al borde del Día Cero
A finales de 2025 y comienzos de 2026, las protestas que estallaron en el Gran Bazar de Teherán por la caída de la moneda y el aumento de los precios se extendieron rápidamente a más de veinte provincias. El rial iraní perdió cerca del 60 % de su valor desde mediados de 2025, mientras que la inflación alimentaria ronda el 64 %, empujando a millones de hogares a la pobreza extrema y la inseguridad alimentaria.
A este deterioro se suma una crisis energética crónica. A pesar de sus vastas reservas de petróleo y gas, Irán sufre apagones en verano y escasez de gas en invierno debido a décadas de subinversión, subsidios mal diseñados, corrupción y sanciones. Esta fragilidad energética afecta directamente al suministro de agua: sin electricidad estable, los sistemas de bombeo fallan y las ciudades quedan aún más expuestas.
En este contexto, Teherán se ha convertido en el símbolo más inquietante del colapso ambiental. Que un gobierno admita la posibilidad de evacuar su capital revela hasta qué punto el país en sequía extrema ha agotado sus márgenes de maniobra.
Negligencia climática: cómo Irán agotó su propia agua
Aunque el cambio climático ha intensificado las sequías, la crisis hídrica iraní es, ante todo, una crisis política. Durante décadas, el Estado trató el agua como un recurso ilimitado y el cuidado ambiental como una variable negociable. La escasez actual es el resultado previsible de esa visión.
Entre los principales errores de la administración iraní destacan:
- Promover agricultura intensiva en zonas áridas, en nombre de la autosuficiencia alimentaria, con cultivos altamente demandantes de agua.
- Apoyar industrias con enorme huella hídrica, sin evaluar su viabilidad ecológica a largo plazo.
- Construcción masiva de presas y trasvases, que secaron ríos, lagos y humedales en lugar de restaurarlos.
- Sobreexplotación de acuíferos, mediante perforación legal e ilegal de pozos, agotando reservas estratégicas.
- Subsidios al agua y la energía, que incentivaron el despilfarro y desincentivaron la eficiencia.
- Infraestructura obsoleta, con redes de distribución plagadas de fugas.
- Desprotección de los ecosistemas, considerados un lujo prescindible frente a la “economía de resistencia”.
Las sanciones internacionales y la presión externa reforzaron esta lógica. Bajo el asedio económico, el régimen justificó la extracción insostenible como un acto patriótico. Así, el sacrificio de los recursos naturales se convirtió en parte del proyecto político. El resultado es un país en sequía extrema que ha entrado en bancarrota hídrica.

El costo social de quedarse sin agua
La escasez de agua no hace más que profundizar la crisis económica. La agricultura —fuente de ingresos para millones— se vuelve inviable; la industria reduce su actividad; los precios de los alimentos suben aún más. En provincias como Juzestán, Chaharmahal y Bakhtiari, agricultores y comunidades enteras han salido a las calles para protestar por el desvío del agua hacia megaproyectos asociados a intereses políticos y militares.
El agua actúa como un “multiplicador de riesgos”: convierte el malestar económico en indignación social y la frustración en movilización política. Las protestas recientes han unido a campesinos, trabajadores, estudiantes y familias empobrecidas bajo consignas que exigen servicios básicos y denuncian la incompetencia gubernamental. El costo humano de la negligencia climática se mide en migraciones forzadas, pobreza, enfermedades y una creciente sensación de abandono estatal.
Paradójicamente, mientras Washington reactiva su doctrina de “máxima presión” y el Consejo de Seguridad endurece sanciones, el golpe más devastador no proviene del exterior. Proviene de los ríos y acuíferos agotados. La sequía amenaza con hacer lo que ni las sanciones ni las bombas lograron: poner en jaque la continuidad del régimen.
De la economía de resistencia a la sostenibilidad
Si Irán quiere evitar el colapso, debe cambiar de rumbo de manera radical. Enfrentar esta crisis exige abandonar la lógica de la resistencia a cualquier precio y transitar hacia una estrategia de sostenibilidad y resiliencia.
Entre las medidas que este país debería impulsar con urgencia destacan:
- Eliminar gradualmente cultivos altamente demandantes de agua en regiones áridas.
- Reducir la dependencia de industrias intensivas en consumo hídrico, reorientando la economía.
- Reformar los subsidios al agua y la energía, protegiendo a los más pobres pero incentivando la eficiencia.
- Invertir en infraestructura, para reducir fugas y modernizar la distribución.
- Restaurar ecosistemas como ríos, lagos y humedales, en lugar de seguir expandiendo presas.
- Gestionar el agua como un recurso estratégico y finito, no como un botín político.
La experiencia iraní es una advertencia para el mundo. Lo que hoy vive este país en sequía extrema anticipa el futuro de otros Estados que siguen posponiendo la inversión ambiental y la transición hacia modelos sostenibles. Cuidar el medioambiente y los recursos naturales no es una opción ideológica ni un lujo para tiempos de bonanza: es una condición básica de estabilidad social, económica y política. Ignorarla puede terminar poniendo en jaque no solo a un régimen, sino a toda una nación.







