Colaboraciones

En Haití se emprende la epopeya

Por Miguel Ángel Rocha

No es una invasión de soldados estadounidenses, como tampoco lo ha sido de los ya arraigados Cascos Azules de la ONU; ellos son tan solo los primeros representantes oficiales del nuevo mundo, de los grandes capitales de la especulación financiera global que no subestiman probabilidades. Sí, Haití, uno de los países más pobres del mundo, podría ser llevado de su tragedia, y a partir de la acción humanitaria de militares, que por algo les aplaude Rodríguez Zapatero, a transformar su añeja miseria en el próximo centro turístico y comercial del Caribe.

Sus puertas las entreabrió, desde 1986, Royal Caribbean Cruises, la gran empresa de cruceros noruego-estadounidense con cede en Miami, dueña del fondeadero Labadee, en Haití, como también lo es de Cayo Coco en Bahamas. En su territorio de ensueño sólo entran algunos haitianos: los 300 trabajadores de la empresa y 200 vendedores, que como a elementos folclóricos se les permite acercarse a los acaudalados barcos cuando atracan.

Lamentable es que tenga que suceder una tragedia para lograr abrir completamente la entrada de la modernidad a todo el terruño, no sólo a la península de Labadee; la macabra sacudida, además de haber brindado la ocasión esperada para llegar y no volverse a ir, inició el cumplimiento de parte de los requisitos para la inserción de capitales: una limpia poblacional. Buen favor hicieron el terremoto y años de penuria e inestabilidad, obviamente financiada por los Estados Unidos. Al parecer, Haití no será más tierra de nadie, y quizás pronto los haitianos que queden terminen aceptando que es mejor no tener país que tenerlo sólo para morir.

Por lo mientras, la estrategia de los que mucho arriesgan, es decir, de los buenos empresarios, es tan simple como tener el control; y lo esencial en este caso eventual son los puertos aéreos y marítimos, lo mismo que la repartición y organización de ayuda internacional. Manejar el desastre, manteniendo a raya el auxilio de otros, como cubanos, venezolanos o bolivianos, es poseer el país, un país que, visto por los grandes magnates del dinero, no tiene mucho que ver con su pueblo, sino con su tierra, su mar, su clima y, ante todo, con su ubicación: ahora, como lo ha advertido Noam Chomsky, Cuba estará entre paredes.

Así, los ejércitos han dejado de pertenecer a una u otra nación. Son milicias globalizadas, las más profesionales, al servicio de los creadores de fuentes de empleo. No es negro, pues, el panorama del futuro haitiano, sino blanco, como el de la piel de sus casi nuevos dueños, y brillante como el oro y la plata que habrán de llevar a la antes aislada isla. Ellos, como lo han venido haciendo los amables dueños de Labadee, que pagan 6 dólares por cada turista que pisa la tierra de los de color, terminarán empleando a miles de haitianos, cuya patria se vestirá con otra fisonomía, la de la inversión extranjera.

De estas cosas saben mucho los puertorriqueños. No es tan mala idea ser mejor una estrella en la bandera rallada, que existir sólo para sobrevivir por no ser útiles a los señores del dinero. Éste es su mundo y ellos dictan las condiciones, para las que habrá otros territorios menos afortunados por no tener lo que hoy tiene Haití. En tanto, el bendecido terremoto le da a los haitianos la oportunidad de sufrir y morir como mártires, para que las nuevas generaciones vivan mejor vendiendo su fuerza de trabajo a los hombres ricos del mundo, que si su suerte los ampara, día con día lo serán más; y de refilón, les entregarán con su patria la tan apetecida base militar desde donde los proyectos de Paz del Premio Novel mostrarán de mejor manera a sus enemigos cubanos cuál es el camino correcto.

Pero, sobre todo, Barack Obama tiene ante sí una valiosa coyuntura, un elemento que quizás ayudará a superar la crisis, no la de la recesión económica global, sino la suya, que lo tiene atorado en la decepción, tanto popular como empresarial: al tiempo que se exhibe como benefactor de los miserables, reinicia en las calles de Puerto Príncipe una nueva campaña bélica, casi sin balas, que promete sin restricciones ni peligros nuevos mercados internacionales, con trabajadores que aceptarían cualquier sueldo y con sindicatos calladamente desarticulados.

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