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El futuro pinta verde

Por: Forma y Fondo CXCIII

Cuando escuchamos que algo está verde, al momento lo asociamos con que algo es incierto, le falta llegar a su punto o a su término; si es un alimento, todavía no se puede comer; en el caso de quienes desempeñan un trabajo, cuando todavía no lo dominan y si son estudiantes, la práctica después de la teoría, etc.

Pero el futuro al que nos referimos no es saber qué nos depara el destino. Es más bien el que forma parte de un fenómeno social que permea a la par que muchos otros que avanzan y ya determinaron cambios o están en vías de ello.

Su raíz está en el hondo debate ecológico mundial producto del cambio climático, los gases de efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono, la deforestación, la desertificación, el deterioro de la calidad del aire, la reducción de ecosistemas, los residuos tóxicos y muchos fenómenos más.

Es la corriente que comienza a modificar los hábitos de consumo de cada ser humano. El consumo consciente que decide antes de entregar su dinero a cambio de un bien o servicio. Esa pequeña operación, hasta hace poco sin reflexión de por medio, es la que desarrolló al mundo a los niveles actuales de consumismo.

Ahora la tendencia la marca el consumo consciente derivado de la responsabilidad personal, mediante la que el individuo decide comprar lo que necesita y no lo que la publicidad le hace desear; aun más, pone en práctica la conciencia ecológica porque se informa si lo que compró respetó el medio ambiente durante su proceso de fabricación y qué compañía está detrás de él.

Ante ello, las empresas comienzan a cambiar y a evolucionar para adaptarse y sobrevivir. Ésta revolución está en manos de los consumidores y cada vez recluta más simpatizantes que apoyan el consumo ecológico en toda la gama de productos y servicios que existen hoy en día. Abre un horizonte inédito, ya que los especialistas pronostican, siguiendo con el futuro, que en máximo veinte años, las empresas que apuesten por la sustentabilidad continuarán en la palestra y las que se resistan al cambio, simplemente desaparecerán.

Esta creciente sensibilidad es resultado de los mensajes que nos envía nuestra casa, el Planeta Tierra. El ente vivo que desde la aparición de nuestra especie, hasta la fecha nos sigue ofreciendo lo que necesitamos para perdurar y disfrutar la maravillosa experiencia de la vida, con su aprendizaje y evolución. Tras ignorar durante milenios el medio ambiente, manipularlo, depredarlo y únicamente explotarlo, pareciera que reclama de múltiples maneras que se le tome en cuenta.

El andar de la humanidad transcurrió como si no estuviera diseñada para procesar la destrucción de su casa, lo que sigue dificultando su movilización para el cambio. De ahí que se ignora el verdadero impacto ecológico y el alcance real de sus consecuencias tanto por el daño físico infringido, como en el que deriva de lo que producimos y consumimos.

La mayoría somos víctimas y verdugos de la degradación de los ecosistemas. Los culpables quedarán a un lado y continúan los responsables. La solución empezó con el desarrollo de nuestra inteligencia ecológica.

Ésta, es la capacidad de vivir tratando de dañar lo menos posible a la Naturaleza. Reflexionando sobre las consecuencias de nuestras diarias decisiones, y por consiguiente, eligiendo las más benéficas para la salud nuestra y del Planeta.

La paradoja está en que lo que se considera normal está lejos de ser natural. Basta observar que gran parte de nuestra comida no procede del campo sino del laboratorio. La inteligencia ecológica no es más que recuperar el contacto con nuestra verdadera condición, no somos hijos de la tecnología, sino de la Naturaleza.

La aceptación paulatina del concepto “Inteligencia Ecológica” es gracias al esfuerzo del psicólogo Daniel Goleman, quien popularizó también otros como “Inteligencia Emocional” e “Inteligencia Social” Es en su libro “Inteligencia Ecológica” donde aborda la importancia de conocer la Naturaleza y la dimensión de los impactos ecológicos ocultos, además del efecto de nuestras propias acciones sobre ella, para adoptar la voluntad decidida de modificar nuestras prácticas de consumo.

Es la inteligencia colectiva, extensión de la inteligencia social, ya que supone empatía con las personas, con los demás seres vivos y con los ecosistemas. Es compartida porque afronta numerosos y complejos desafíos, por ello requiere trabajo en conjunto por un objetivo común. Un modelo de formación que logre un carácter sano, armónico y productivo, entraña armonía con uno mismo, con los semejantes y con la Naturaleza.
Los hábitos como consumidor o como responsable de un proceso de fabricación implican el conocimiento del impacto ecológico de lo que adquirimos, fabricamos o vendemos, para tomar decisiones acordes con nuestros valores e influir positiva mente en nuestro futuro como especie y en el del Planeta.

Son tres los sencillos hábitos personales de acción, base de nuestra inteligencia ecológica: conocer el impacto ecológico de nuestras acciones, promover mejoras para reducirlo, y compartir nuestras experiencias en torno a ello.

La forma: desarrollar hábitos, modos de sentir y de pensar, que construyan la conciencia de que formamos parte integrante y activa de un gran ecosistema.

El fondo: entender que el futuro pinta verde, porque con él: TODOS SOMOS NATURALEZA
ACACIA FUNDACIÓN AMBIENTAL A. C. [email protected]

Este artículo es responsabilidad de quien lo escribe y no refleja la opinión de Expok ni de sus colaboradores.

Fuente: Acacia Fundación Ambiental A.C

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