Ambiental

Cuando reforestar no es la solución

Todos lo hemos visto: políticos y empresarios se convierten cada tanto en abanderados de la reforestación y se toman la foto -pala en mano- para poner el buen ejemplo; pero, una vez terminadas las campañas, ¿los millones de árboles sembrados cumplen su cometido?

A principios del siglo xx, Miguel Ángel de Quevedo, conocido como el Apóstol del Árbol, y a quien por cierto los chilangos debemos la creación de los Viveros de Coyoacán, preocupado por la tala inmoderada en el valle de México, propuso un plan de reforestación con especies autóctonas como pinos, oyameles, encinos y cedros. El ingeniero era consciente de que podrían considerarse auténticos Parques Nacionales aquellos que albergaran sólo especies nativas; sin embargo, fracasó en su intento: el suelo estaba tan deteriorado que los árboles no prosperaron, y dicho espacio se convirtió en un verdadero desierto.

Como Quevedo estaba familiarizado con las técnicas de reforestación que los franceses aplicaban con éxito en sus colonias del Sahara para apuntalar médanos, decidió implementarlas en México. Así, plantó especies exóticas como casuarinas, acacias, álamo blanco y especialmente algunas variedades de un árbol australiano: el eucalipto. Este último logró adaptarse muy bien al suelo salobre y desértico.

Un siglo después, se sabe que introducir flora extranjera es un sinsentido, pero en aquellos años no se hablaba de especies invasoras y se desconadan sus efectos en el medio ambiente; es más, esta práctica fue recomendada a lo largo del siglo pasado por la misma FAO (aunque comenzó a cuestionarla en los 80).

A favor del ingeniero, hay que decir que su intención era crear una cubierta vegetal para luego retirar las plantas extranjeras y sustituirlas por locales. No obstante, esto no sucedió, y los eucaliptos prosperaron en su nuevo hogar… con consecuencias para la flora de la región.

De hecho, lo que durante la mayor parte del siglo xx parecía una solución, a la vuelta de los aftas se convirtió en un problema. Por ejemplo, en el texto Introducción de especies: la invasión y el eOlltrol de Euealyptus resilll(era, el autor, Saúl Segura-Burciaga, enumera las consecuencias del cultivo de eucaliptos en el Pedregal de San Ángel durante la urbanización de Ciudad Universitaria:estos árboles compiten exitosamente por la luz y el agua con el resto de la flora; su follaje forma un “tapete” de lenta descomposición que “puede agregar otro efecto, éste a nivel del piso, ya sea por la obstrucción mecánica de dicho ‘tapete’y/o por las toxinas volátiles y solubles en agua (terpenos y fenoles) que contiene”. De esta manera, el Programa de Control de Eucaliptos de la UKA.\t determinó eliminar en la zona urbana de cu 60% de los árboles, y en la Reserva Ecológica, 100%.

Lo mismo ha sucedido en otras áreas de la Zona metropolitana, especialmente a raíz de que la especie sufrió una plaga de conchuela, además de que al envejecer, se vuelve quebradiza y sus pesadas ramas caen, poniendo en peligro a transeúntes desprevenidos.

Pero, ¿en qué momento sembrar eucaliptos resultó una mala idea?, ¿qué no nos han dicho hasta el cansancio que hay que plantar más árboles? En realidad, lo que sucede es que en ocasiones la reforestación, mal entendida, no es la solución, y hasta puede tener efectos negativos.

¿Estamos reforestando de la manera correcta?

De acuerdo con la SEMARNAT, reforestar es “establecer vegetación arbórea en terrenos con aptitud forestal. Consiste en plantar árboles donde ya no existen o quedan pocos; así como su cuidado para que se desarrollen adecuadamente”.

Bajo esta premisa, el gobierno federal ha lanzado iniciativas como la caldenorista Proárbol o, en este nuevo sexenio, el programa Desarrollo Sustentable de Bosques.

No obstante, los expertos son escépticos. Por ejemplo, en el documento La reproducdón de las plantas: semillas y meristemos, de Carlos Vázquez Yanes -y otros- los autores son tajantes: “En las campañas de reforestación, recuperación de suelos y control de la erosión se prefiere utilizar sólo pocas especies de árboles”. Una práctica que de acuerdo con los expertos es “tomar el camino fácil”, y ponen como muestra a Brasil, donde “los principales árboles usados para reforestar y producir celulosa son eucaliptos, pinos y araucarias, a pesar de que dicho país sudamericano cuenta también con una inmensa riqueza forestal nativa”.

Por lo visto, en México se ha “tomado el camino fácil”; al menos así lo ha venido diciendo Greenpeace. Durante el sexenio pasado, la ONG fue muy crítica con el programa Proárbol y sus resultados. Asimismo, denunció que al menos 15 millones de árboles plantados como parte de la iniciativa son especies exóticas, lo que está prohibIdo por la Ley General de Vida Silvestre y la Ley General de Desarroilo Forestal Sustentable.

En una entrevista publicada en 2009 por un medio de circuladón nacional, voceros de la organización afirmaron que las especies exóticas utilizadas por Proárbol afectan el ecosistema y no son factibles en las regiones áridas que las autoridades eligieron para plantarlas. Contrario a lo esperado, el programa reportó 58% de éxito … aunque para Greenpeace y otras ONG ambienta listas, no hay evidencia científica de ello.

Prometer no empobrece

Según algunos especialistas, la administración anterior es un buen ejemplo de la reforestación mal entendida: en su campaña presidencial, el entonces candidato Calderón prometió cubrir de oyameles todo el país. Sí, suena bien, pero ¿en serio es buena idea sembrar ésta y otras especies de árboles en donde nunca habían existido? En este sexenio que inicia, apenas hace unas semanas el presidente Peña Nieto anunció que se sembrarán 180 millones de árboles, aunque no podemos culparlo: ofrecer reforestar siempre es una promesa atractiva. Tan lo es, que además de los políticos, la iniciativa privada también se suma a las “jornadas de reforestación”.

Se trata de una excelente herramienta de mercadotecnia: la empresa X anuncia con bombo y platillo que plantará algunos árboles. Sin embargo, de nada sirve esta estrategia si no se garantiza una tasa de sobrevivencia adecuada. “Cada año hay un día especial en que todo mundo sale, toma una pala y siembra un árbol, y muchas veces lo hace donde caiga donde se vea mejor en la foto, y el problema está en que esos árboles no sobreviven, porque no hay una supervisión técnica de cómo se colocan y los espacios que deben tener”, declaró Miguel Ángel Valera Pérez, profesor investigador del Instituto de Ciencias de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) al sitio poblanerias.com. “la reforestación no rinde frutos cuando se realiza sin ningún conocimiento o estudio sobre las condiciones del suelo, lo que genera que la mayoría de los ejemplares plantados mueran en un corto plazo, y el esfuerzo que se hace no fructifica”, agregó.

¿y el calentamiento global? ¿No habla que reforestar para reducir los niveles de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera? Pues bien, los expertos también tienen algo que decir al respecto: un informe elaborado por ingenieros de la Universidad Nacional de San Luis (Argentina) y la Universidad de Duke (EU), señala que “44 millones de hectáreas de bosque de Estados Unidos no reducirían la tasa de emisiones más que en 10% y que, por tanto, una mejor solución sería la de controlar las emisiones del parque automovilístico”. Aquí, una vez más, políticos y empresarios toman la bandera de una buena causa que apenas conocen.

Reforestar o no reforestar, he ahí el dilema

La realidad es que las campanas de reforestación son inútiles: cuando no se les da un seguimiento adecuado para garantizar una tasa exitosa de sobrevivencia; cuando, como apunta Yanes, no se profundiza en el conocimiento de las especies nativas y se experimenta con ellas, en lugar de introducir especies exóticas; cuando “a falta de tradición en la investigación botánica de muchas regiones del mundo”, se sigue una receta experimentada en ciertos países que no necesariamente funciona en otros} o cuando simplemente los técnicos forestales “carecen de una preparación ecológica sólida”. Reforestar no sirve ruando, como han indicado los expertos, por concentrarnos en plantar árboles, desruidamos la conservación de los bosques que quedan. Tampoco sirve en tanto no se detenga la tala ilegal y se implementen políticas económicas sustentables. Es decir, si reforestemos … pero no tomemos el camino fácil.

Las dos caras de la moneda

Tradicionalmente reforestamos para conservar suelos y “sembrar lluvia”¡ no obstante} mal entendida, esta práctica puede perturbar los ciclos hidrológicos y hasta degradar suelos.

Ésta es la conclusión a la que ilegaron los científicos Esteban Jobbágy y Robert Jackson. En el artículo Effects of afforestation on water yield: a global synthesis with implications for policy, publicado en Global Change Biology, los expertos estudiaron un área en Argentina en la que se habían plantado eucaliptos. Así, documentaron una transformación del ecosistema: los eucaliptos absorbían una gran cantidad de agua (“casi 50% de las precipitaciones anuales”), y producían un exceso de salinización en los suelos, “en comparación con el área de las plantas autóctonas, la salinización era 20 veces mayor”.

Los científicos escriben: “aunque hay zonas en que la reforestación puede ser positiva, como en las zonas desérticas, porque permite que se retenga el agua, los grandes cultivos forestales, en cambio, también pueden ocasionar el efecto inverso, desecando y empobreciendo los suelos por exceso de concentración salina”.

Fuente: Revista Equilibrio No. 55
Publicada: Marzo de 2013

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