Hay una idea profundamente estadounidense que no pertenece a un partido político: la de que los grandes paisajes naturales del país forman parte de su identidad. Parques nacionales, bosques, ríos y tierras públicas no solo representan espacios de conservación, sino una herencia construida durante generaciones. Desde Theodore Roosevelt hasta Richard Nixon, distintas administraciones encontraron puntos de encuentro alrededor de su protección. Hoy, esa tradición enfrenta una nueva prueba bajo el segundo mandato de Donald Trump.
El contraste resulta especialmente llamativo porque la actual administración llegó con un discurso de “Estados Unidos primero”, mientras que sus decisiones sobre los recursos naturales parecen alejarse de aquello que millones de estadounidenses consideran parte esencial de su país. Los recortes, propuestas y desmantelamientos ambientales han provocado rechazo público, incluso entre sectores que no necesariamente se identifican con el movimiento ambientalista. La pregunta, entonces, no es únicamente qué está haciendo Trump con el medio ambiente, sino por qué sus decisiones parecen contradecir una preocupación que trasciende las divisiones partidistas.
¿Qué ataques de Trump contra el medio ambiente han generado mayor rechazo?
De acuerdo con un artículo de TIME, la protección ambiental en Estados Unidos no nació como una bandera exclusiva de los demócratas. Theodore Roosevelt impulsó una expansión histórica de la protección de tierras públicas, mientras que Richard Nixon firmó la Ley de Aire Limpio, demostrando que la conservación y la regulación ambiental también podían formar parte de agendas republicanas. Esa historia ayuda a entender por qué el deterioro actual genera una tensión que va más allá de la política partidista.
Incluso dentro de la administración Trump existen personas que, de acuerdo con el planteamiento, están comprometidas con la conservación. El problema sería que sus voces están perdiendo espacio frente a una visión que interpreta muchas políticas ambientales principalmente desde su oposición al Partido Demócrata. Así, una cuestión que podría funcionar como punto de encuentro nacional termina convertida en otro escenario de confrontación política.

¿Qué pasó con la iniciativa “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser bello”?
El contraste es todavía mayor porque la propia administración impulsó una iniciativa que parecía apuntar en una dirección distinta. “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser bello” planteaba una inversión importante en tierras públicas, bosques, recursos hídricos y actividades recreativas al aire libre. La propuesta fue considerada una oportunidad para construir una agenda ambiental cercana a los valores conservadores y patrióticos.
Quien participó en las conversaciones para desarrollar aquella orden ejecutiva asegura que creyó en su potencial y que todavía lo considera valioso. Sin embargo, desde su perspectiva, lo ocurrido posteriormente representa prácticamente lo contrario de aquella promesa. El caso muestra cómo una iniciativa capaz de reunir apoyos alrededor de la conservación puede perder fuerza cuando las decisiones concretas del gobierno apuntan hacia la reducción de recursos y protecciones.
¿Cómo afectan las políticas de Trump a los parques nacionales de Estados Unidos?
Los parques nacionales representan quizá el ejemplo más claro de esta contradicción. La administración Trump ha reducido personal relacionado con estos espacios, mientras que cerca de 86% de los estadounidenses se opone a esos recortes. También se han planteado posibilidades de vender tierras públicas, una idea que enfrenta el rechazo de casi 90% de los votantes en los estados del oeste, donde se concentra una parte importante de estos territorios.
La discusión resulta relevante porque casi un tercio del territorio estadounidense es propiedad pública y está administrado por el gobierno federal. No se trata, por tanto, de un asunto marginal o limitado a unos cuantos parques. Son espacios que forman parte del patrimonio común y que, además, enfrentan problemas acumulados de financiamiento y gestión. Reducir su capacidad de cuidado podría profundizar dificultades que ya existen.
¿Por qué los ataques de Trump contra el medio ambiente contradicen la opinión pública?
El rechazo ciudadano aparece nuevamente cuando se observan otras políticas. La posible eliminación de protecciones relacionadas con especies en peligro de extinción enfrenta la oposición de alrededor de 85% de los estadounidenses. A esto se suman decisiones que afectan medidas vinculadas con el agua potable, el aire limpio, los bosques nacionales y otros recursos naturales, en muchos casos frente a una opinión pública mayoritariamente contraria.

La dimensión política de este fenómeno resulta difícil de ignorar. Algunas decisiones han encontrado resistencia suficiente para frenar o modificar sus alcances, pero nuevas controversias continúan apareciendo. El problema, desde esta perspectiva, no es una decisión aislada que pueda justificarse en términos de eficiencia gubernamental o crecimiento económico, sino el efecto acumulado de varias medidas que parecen colocar la conservación en un segundo plano.
¿Es posible proteger el medio ambiente sin frenar la economía de Estados Unidos?
Defender el medio ambiente no necesariamente implica ignorar las preocupaciones económicas de la población. De hecho, uno de los argumentos centrales del planteamiento es que ambas prioridades pueden coexistir. Un gobierno más eficiente o limitado no tendría por qué traducirse en la destrucción de recursos naturales, ni el impulso al crecimiento económico debería significar privilegiar a los contaminadores por encima de las comunidades.
La presión sobre esos recursos, además, está creciendo. La demanda energética, el desarrollo de la inteligencia artificial, la expansión de los centros de datos y el uso intensivo de dispositivos digitales están generando nuevas necesidades de infraestructura. Al mismo tiempo, las visitas a parques nacionales y tierras públicas se encuentran cerca de máximos históricos. Es decir, mientras más personas dependen de estos espacios para su bienestar y recreación, mayor es la necesidad de conservarlos.
¿Puede la conservación ambiental unir a republicanos y demócratas?
La discusión ambiental podría ofrecerle a la administración Trump algo que la política estadounidense necesita con urgencia: un tema capaz de reunir a personas con posiciones distintas. Durante su primer mandato, Trump firmó la Ley de Grandes Espacios Naturales de Estados Unidos, respaldada de manera bipartidista y considerada una de las mayores inversiones en parques nacionales de la historia del país. Ese antecedente demuestra que la conservación no está necesariamente peleada con una agenda republicana.
Los ataques de Trump contra el medio ambiente, en cambio, podrían terminar teniendo un costo político si continúan alejándose de lo que los propios votantes esperan. No porque el electorado haya abandonado sus preocupaciones económicas, sino porque para muchos estadounidenses cuidar los recursos naturales de su país también forma parte de lo que significa defender a Estados Unidos.
La conservación como parte de la identidad nacional
Existe, finalmente, una paradoja en el centro de todo este debate. Mientras la retórica política habla de poner a Estados Unidos en primer lugar, sus parques, bosques, ríos y tierras públicas representan precisamente algunos de los elementos que han construido la identidad nacional. Son lugares que no preguntan a sus visitantes por su afiliación política y que, en consecuencia, pueden convertirse en uno de los pocos terrenos verdaderamente compartidos en una sociedad profundamente polarizada.
Los ataques de Trump contra el medio ambiente no tendrían que ser el destino inevitable de la política ambiental estadounidense. La historia del país demuestra que es posible combinar conservación, crecimiento económico y liderazgo político de distintos partidos. La diferencia está en entender que proteger los recursos naturales no es una concesión a un sector político, sino una inversión en la salud, el bienestar y la economía de las generaciones presentes y futuras.

La discusión que enfrenta Estados Unidos no se reduce a si Trump es o no un presidente favorable al medio ambiente. El verdadero desafío consiste en decidir qué significa “Estados Unidos primero” cuando una parte considerable del territorio nacional pertenece a todos y cuando la ciudadanía sigue otorgando un enorme valor a sus espacios naturales. Si los parques nacionales son parte de la identidad estadounidense, su conservación debería ser una prioridad capaz de superar las divisiones partidistas.
A Trump todavía le queda tiempo para modificar el rumbo y demostrar que la conservación puede volver a ocupar un lugar central en su agenda. Hacerlo no significaría abandonar sus prioridades económicas ni adoptar las propuestas de sus adversarios políticos. Significaría reconocer algo mucho más sencillo: que la belleza natural de Estados Unidos también es una de sus mayores fortalezas y que protegerla puede ser, al mismo tiempo, una decisión ambiental, económica y profundamente estadounidense.











