Leer una etiqueta parece una de las herramientas más sencillas para que los consumidores sepan qué están comprando. Sin embargo, un estudio titulado Peligros ocultos: un análisis químico no dirigido revela contaminantes generalizados y etiquetado erróneo en productos de cuidado personal y limpieza y publicado en Environment & Health, pone en duda esa premisa: investigadores analizaron 113 productos de uso cotidiano, entre ellos champús, lociones, protectores solares, desodorantes y limpiadores domésticos, para comparar lo declarado en sus envases con las sustancias que realmente contenían. El resultado fue contundente: 98% de los productos presentó sustancias químicas que no aparecían en su etiqueta.
La investigación, dirigida por Jenna Hua, fundadora del Million Marker Research Institute, junto con científicos del Southwest Research Institute, encontró además que uno de cada cuatro productos contradecía la información impresa en su propio envase, mientras que en 85% de los artículos analizados había al menos una sustancia no declarada asociada con un riesgo para la salud conocido o sospechado, como alteraciones hormonales, cáncer, daños durante el embarazo o reacciones cutáneas. El hallazgo revela así una problemática que va más allá de la formulación de un producto: existe una falta de transparencia en etiquetas que limita la capacidad de los consumidores para tomar decisiones informadas.
De la etiqueta al laboratorio: qué prometían los productos
Antes de abrir los productos y someterlos a pruebas, el equipo realizó una primera evaluación basada exclusivamente en sus etiquetas. Los 113 artículos, adquiridos en 2021 y pertenecientes a 12 categorías, fueron clasificados en tres niveles de acuerdo con los ingredientes que declaraban: desde las opciones consideradas más recomendables hasta aquellas con menor nivel de seguridad.
En promedio, cada etiqueta enumeraba 16 ingredientes. Esa cifra, sin embargo, contrastó radicalmente con lo que posteriormente encontraron los investigadores: cada producto contenía, en promedio, 51 sustancias químicas.
Para identificar qué había realmente dentro de los productos, el equipo utilizó un método de análisis que no partía de una lista predeterminada de sustancias. En cambio, buscó cualquier señal química presente en las muestras. El procedimiento detectó 3,141 señales, de las cuales los investigadores pudieron identificar 303.
La comparación permitió dimensionar el problema. En 106 de los 113 productos apareció al menos una sustancia química adicional que no estaba indicada en la etiqueta. Además, 85% contenía al menos un compuesto no declarado relacionado con un riesgo para la salud conocido o sospechado.

La falta de transparencia en etiquetas resulta particularmente relevante porque los consumidores suelen utilizarlas como principal mecanismo de información. Si una persona busca evitar determinadas sustancias, su decisión depende de que la lista de ingredientes sea completa y precisa.
Los productos “limpios” tampoco pasaron la prueba
Uno de los hallazgos más reveladores apareció al comparar las clasificaciones iniciales con los resultados del laboratorio. De los 113 productos, 27 habían recibido la máxima calificación únicamente con base en la información de sus etiquetas. Después de las pruebas, 59% de ellos no superó la evaluación.
En total, 57.5% de los productos falló debido a la presencia de contaminantes o sustancias no indicadas en el envase. El problema tampoco se concentró en un solo tipo de fabricante: grandes empresas, marcas regionales y compañías pequeñas que venden directamente al consumidor registraron porcentajes de fallos de entre 50% y 60%.
Esto también modificó el lugar que algunos productos ocupaban en la clasificación inicial. Mientras ciertos artículos considerados opciones “limpias” descendieron después de las pruebas, otros tuvieron el resultado contrario: dos productos pasaron de la categoría intermedia a la primera y diez dejaron la última posición porque no presentaron las contaminaciones que sus etiquetas hacían sospechar.
El estudio encontró incluso contradicciones entre las afirmaciones de origen natural y lo observado en el laboratorio. Veintinueve productos contenían sustancias que no coincidían con lo que comunicaba su envase. El caso más ilustrativo fue el de un aceite de coco que contenía ciclohexilpropionato de alilo, un compuesto sintético utilizado para intensificar el aroma a coco, pese a comercializarse como un producto 100% natural.
La categoría de fragancias representa otro punto crítico. Las empresas pueden agrupar numerosos compuestos bajo términos como “fragancia” o “perfume” sin identificar individualmente cada sustancia. En 39% de los productos se detectó un componente químico aromático no declarado que tenía algún riesgo asociado.
Hubo una excepción: los seis productos de cuidado bucal analizados superaron las pruebas. No obstante, los investigadores advierten que la muestra es demasiado pequeña para sacar conclusiones generales. Además, las pastas dentales y los enjuagues bucales con propiedades terapéuticas están sujetos en Estados Unidos a normas más estrictas al ser regulados como medicamentos de venta libre.

Una falta de transparencia en etiquetas que también es un problema de RSE
Para quienes trabajan en responsabilidad social empresarial, el estudio plantea una pregunta que trasciende el cumplimiento regulatorio: ¿qué responsabilidad tiene una compañía cuando la información que entrega al consumidor no representa de manera completa lo que contiene su producto?
La respuesta no debería limitarse a determinar si una sustancia está o no expresamente prohibida. La transparencia forma parte de una relación responsable con los consumidores. Una etiqueta funciona como un compromiso: permite conocer las características del producto y decidir si sus componentes son compatibles con las necesidades, valores o condiciones particulares de quien lo compra.
Cuando esa información es incompleta, el consumidor pierde capacidad de decisión. El problema se vuelve todavía más serio cuando las sustancias omitidas están relacionadas con riesgos potenciales para la salud. En este estudio, 98% de los productos contenía químicos no declarados y 85% incluía al menos uno asociado con algún riesgo conocido o sospechado.
Esto no significa que los resultados demuestren que los productos analizados hayan provocado daños a quienes los utilizaron. El propio estudio señala una limitación importante: las pruebas identificaron la presencia de sustancias, pero no determinaron la cantidad a la que una persona queda expuesta ni cuánto de ellas absorbe el organismo. Además, el método utilizado no detecta todos los compuestos, por lo que la cantidad real de sustancias químicas en los productos podría ser superior a la identificada.
También debe considerarse que las muestras fueron adquiridas en 2021, en un momento de importantes interrupciones en las cadenas de suministro. Una de las marcas confirmó que había cambiado de proveedores durante ese periodo, por lo que los productos disponibles actualmente podrían tener formulaciones diferentes. Los investigadores tampoco han revelado las marcas estudiadas y señalaron que se encuentran dialogando con algunos fabricantes para identificar las fuentes de contaminación y corregir los problemas.
Aun con estas limitaciones, el estudio expone una debilidad que las empresas no deberían ignorar. Una cadena de suministro compleja no puede convertirse en una zona gris para la responsabilidad corporativa. Si un fabricante depende de proveedores externos, necesita contar con mecanismos de trazabilidad, controles de calidad y pruebas suficientes para conocer qué sustancias llegan efectivamente a su producto terminado.

La falta de transparencia en etiquetas también obliga a replantear el significado de conceptos como “natural”, “limpio” o “libre de”. Estas afirmaciones generan expectativas específicas en los consumidores y, por ello, deberían estar respaldadas por controles capaces de demostrar que el producto cumple aquello que promete.
Para las compañías, la respuesta pasa por fortalecer la supervisión de proveedores, realizar análisis del producto terminado, mejorar la trazabilidad de las materias primas y actualizar las etiquetas cuando cambien las formulaciones. También resulta necesario que los reguladores establezcan mecanismos que permitan detectar sustancias no declaradas y que las empresas comuniquen de manera accesible cualquier cambio relevante.
La RSE, en este sentido, no debería detenerse en campañas de bienestar, empaques sostenibles o declaraciones de propósito. También implica garantizar que las personas tengan información confiable sobre los productos que ponen en su piel, consumen o utilizan diariamente en sus hogares.
Porque una etiqueta no es únicamente un espacio para cumplir con una obligación legal: es una herramienta de confianza. Y cuando lo que dice el envase no coincide con lo que hay dentro, esa confianza se rompe. Reducir la falta de transparencia en etiquetas requiere pasar de la promesa a la verificación: saber qué contienen realmente los productos, demostrarlo mediante controles independientes y ofrecer al consumidor información suficientemente clara para decidir con conocimiento.










