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“El diseño consiste sobre todo en crear una nueva sociedad sustentable”; entrevista con Kythzia Barrera

Kythzia Barrera es egresada de la Licenciatura en Diseño Industrial de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, donde también ha impartido clases de diseño sustentable y diseño industrial. Después de trabajar, como directora de producción, para varios estudios en la ciudad de México, obtuvo una beca del CONACYT para estudiar la Maestría Man and Humanity, Diseño Social y Sustentable, en la Design Academy Eindhoven de Holanda.

En su trabajo se resalta el interés por los vínculos entre el arte, la artesanía y el diseño, para generar cambios sociales con énfasis en la sustentabilidad. El trabajo que realiza al frente de Innovando la Tradición, A. C. y el Colectivo 1050 Grados, ha sido expuesto y publicado en Estados Unidos, Holanda, y México. Por sus importantes investigaciones, Innovando la Tradición, A.C. obtuvo una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para publicar un libro de diseño con enfoque antropológico, en el cual registra a todas las comunidades alfareras del estado de Oaxaca.

Debido a su interés por el desarrollo artesanal, ha realizado diversas estancias en países como Finlandia, Dinamarca y Japón, donde actualmente reside en la ciudad de Kyoto. En la presente entrevista, Kythzia Barrera comparte con los lectores de IBERO sus intereses, búsquedas y anhelos.

¿Cuál es la aportación más importante del diseño en la actualidad?

Cualquiera sabe que en el mundo de hoy, si quieres hacer algo bien, tienes que conocer el tema profundamente; el diseño de esta época se encuentra ligado a los problemas globales más importantes que estamos viviendo, como el impacto ambiental, la inequidad social, la explotación laboral, el capitalismo sin límites, la acumulación de poder y capital, etcétera. La aportación del diseño puede llegar a ser fundamental, ya que tiene la posibilidad de contribución a la solución de estos problemas: si los diseñadores nos planteamos una práctica laboral ambiciosa, con visión amplia y de largo plazo, podemos trabajar en grupos interdisciplinarios y colectivos que respondan a estos asuntos de manera integral. En el diseño no se trata sólo de hacer objetos lindos que se vendan en miles de pesos bajo las marcas de moda; consiste sobre todo en crear una nueva sociedad y el reto para nosotros los diseñadores es imaginarla, visualizar la vida en esa nueva sociedad y mostrarla, articularla. Para eso nos entrenan, para resolver problemas. Los temas interesantes del mundo no tienen que ver con lámparas ni dispensadores de coca-cola.

¿Qué diferencias encuentras entre el diseño que se realiza en México y el que se crea fuera de nuestro país?

El diseño de otros países responde a su realidad, a sus problemas, fortalezas y medios; esto le da mucho carácter y por ello es seductor y competitivo. Muchas veces nuestro diseño aspira a una realidad ajena a México, queremos ser suecos o neoyorquinos y, aunque esa realidad no corresponde a la nuestra, hay mucha gente que insiste: copia el estilo de vida y el diseño de fuera sin entender de dónde viene y a qué responde. Esto lo veo mucho en los estudiantes y diseñadores jóvenes: hay una especie de “colonización mental”. Muchos alumnos sólo quieren ser diseñadores para ser famosos y por ello se dedican únicamente a copiar el diseño de las revistas. Hoy existe una generación nueva de diseñadores que comprenden mejor su contexto. Nosotros tenemos que diseñar para nuestra realidad, entender nuestras carencias, nuestras fortalezas, y convertir las limitantes en oportunidades creativas, lo cual ya está ocurriendo y me da mucho gusto poder presenciarlo.

¿Existen apoyos suficientes en México para los diseñadores que quieren comenzar un proyecto como el que tú encabezas?

No existe apoyo alguno; los pocos que había tenías que buscarlos como aguja en un pajar, pero después los eliminaron. Somos una especie rara y las instituciones no saben cómo categorizarnos, la gente no sabe si somos artistas o ingenieros; entonces, como no nos entienden, nos eliminan de su lista de posibilidades. Hay una mala imagen del diseñador: algunos piensan que no somos confiables, que sólo sabemos hacer cosas bonitas y caras que no sirven para nada. Esta imagen tampoco es gratuita; nosotros, directa o indirectamente, la hemos generado y parte de nuestro trabajo también incluye “educar” a la gente para que sepan qué es lo que hacemos. Para darnos a conocer, tenemos que dejar de hacer diseño para diseñadores, tenemos que dejar de hablarnos a nosotros mismos y comenzar a dialogar con los industriales y empresarios, mostrarles nuestro poder; debemos comunicarnos con los políticos y mostrarles el camino hacia una agenda económica que incluya al diseño como motor económico y social, hablar con la academia y dejar de hacer proyectos únicamente dentro de las escuelas para satisfacer las necesidades del mercado. Algo primordial es participar en la investigación de las ciencias exactas y sociales. Esos son nuestros retos como diseñadores del mundo de hoy: mostrar el poder del diseño y dejar en claro que sus alcances son inimaginables.

¿Cuál es la misión de tu Colectivo 1050 Grados?

La misión es mostrar el poder del trabajo colectivo, evidenciar los puentes que nos unen, haciendo a un lado las diferencias que nos separan. 1050 Grados es un colectivo que nació por una necesidad personal de descentralizarme, por la inminente realidad de que el cambio es en colectivo, y por la fascinación de descubrir otros mundos. El resultado de este esfuerzo tiene que ver con el intercambio y el diálogo, pero también puede decirse que las piezas tienen un resultado invisible y más profundo, que es la construcción de puentes entre artesanos, artistas y diseñadores.

En un proceso de diseño, el diseñador se enfrenta a un problema, lo analiza, plantea preguntas y busca responder a ellas de manera original y eficiente. En el Colectivo de Cerámica 1050 Grados nos preguntamos, entre otras cosas: ¿Cómo lograr que la artesanía tradicional encuentre un lugar en el mundo industrializado e hiperglobalizado que produce más de 300 nuevos objetos por segundo? ¿Cómo continuar el proceso de evolución objetual de la artesanía en Oaxaca iniciado hace miles de años? ¿Puede el diseño ser un factor de cambio para disminuir la inequidad social? ¿Cómo comunicar la sabiduría milenaria del barro a una sociedad deslumbrada por la velocidad de su Blackberry? Lejos de dar respuestas inequívocas, en el Colectivo estamos aprendiendo a caminar juntos, preguntando.

El barro es la tierra común del Colectivo, una tierra fascinante y sorprendente que nos seduce e invita a construir sistemas suaves, flexibles e impredecibles. Al hacerlo, contamos con el privilegio de conversar y celebrar la diversidad; conectamos puntos antes distantes para obtener inspiración y fuerza, nos permitimos dar voz a otras historias para ensanchar nuestra propia historia individual.

¿Cómo ha influido el Colectivo 1050 Grados en beneficio de las comunidades que intervienen en él?

Me parece que esta pregunta tendría que contestarla mejor alguna de las artesanas. Lo que yo percibo es que el Colectivo tiene muchos impactos en los talleres, algunos positivos y otros negativos. Un efecto positivo importante es la recuperación de la confianza, la construcción de puentes entre el mundo indígena y el mundo moderno. Las artesanas confían en nosotros de la misma manera en que yo confío plenamente en ellas, esto representa un resultado intangible pero muy importante para el éxito del proyecto.

También creo que la gente con la que realizamos las obras (todas mujeres), tienen una gran capacidad de trabajo y de organización al interior de sus talleres y de sus familias. El Colectivo influye de manera positiva en el ingreso económico de esos talleres y en el bienestar de sus familias. No hemos realizado ninguna encuesta o algo parecido para comprobarlo, pero sabemos que el dinero que inyecta mensualmente el Colectivo a los talleres va a dar al pago de deudas previamente adquiridas y a los estudios de los hijos de las artesanas. Hemos podido observar que, poco a poco, los talleres adquieren mejores condiciones de trabajo, espacios techados y más limpios, más ordenados, mayor compra de herramientas, etcétera. Esto es el resultado de una dinámica de trabajo más intensa: ellas se sienten muy orgullosas de su trabajo, porque el reconocimiento a lo que hacen se ha incrementado.

Para mí, los diseñadores de este país están en las comunidades y hay que reconocerles la labor de haber resguardado una tradición milenaria para beneficio de todos. Tal vez los efectos negativos que el Colectivo puede tener al interior de las comunidades es la introducción de una mentalidad muy occidental, con conceptos como la entrada al mundo capitalista, la competencia, el éxito profesional, etcétera.

¿Crees que tu intervención al frente del Colectivo ha contribuido para mejorar la calidad de las obras que se hacen en estas comunidades?

Yo he insistido mucho en la importancia de realzar el valor simbólico de las piezas para poder elevar su valor comercial. Al principio fue difícil entender el lenguaje en el que había que explicar esto; me resultó complicado explicar los motivos por los cuales es muy importante hacer énfasis primero en lo simbólico y luego en lo comercial. El diseño comunica: trabajamos con símbolos, y en la medida en la que comuniquemos algo significativo el producto será un éxito comercial. Todos nuestros diseños tienen un referente histórico, todos son reinterpretaciones de piezas tradicionales y lo más increíble de todo, es que la gente, el público en general, lo percibe a veces sin darse cuenta, de alguna forma entiende que eso tienen un origen que habla de ella misma; por eso le gusta y por eso lo compra. El mundo del mercado de hoy pone el aspecto comercial antes que el simbólico, y por eso estamos llenos de cosas que no significan nada, que no nos dicen nada.

Hemos visto cómo muchas artesanas poco a poco empiezan a diseñar nuevas piezas ellas solas; es el caso del frutero Domingo III y Las Amelias. Este evento ha hecho que los vecinos de los talleres comiencen a buscarnos y a cuestionarse su propio trabajo. No podría decir que ya lo hemos logrado plenamente: el verdadero reto será convertir a una pieza del Colectivo 1050 en un clásico, entonces sí podremos afirmar que hemos modificado la calidad de las obras en las comunidades. Por ahora sólo puedo decir que las pocas artesanas con las que trabajamos sí están sintiendo el efecto del trabajo del Colectivo: nuestra clave para ser originales ha sido identificar el origen y apostarle a ello.

¿Crees que sigue vigente el viejo paradigma de que cualquier artista que se precie de ser “auténtico” no debe dejarse “corromper” por el capital y por ello se ve obligado a sobrevivir con recursos muy limitados?

Para nada. Ser auténtico y original es ir a las raíces; nuestro origen fue muy sofisticado y refinado. ¡Ya quisiéramos vivir como en el tiempo de los zapotecas! Nadie quiere ser pobre, a nadie le gusta vivir mal, por lo menos a mí no; me encanta el lujo y el éxito, pero para mí éste no consiste en tener mi chela, mi chico y mi Hummer. Creo que la cuestión es entender que el paradigma de bienestar, confort y éxito no depende de cosas materiales externas. El Colectivo debe aspirar a ser un negocio estable y estamos trabajando duro para lograrlo, pero no pretendemos repetir el modelo capitalista desenfrenado de enriquecimiento sin límites; a ninguno de los que participamos en esto nos interesa ese tipo de bienestar.

¿Cómo te ayudó la formación que obtuviste en la Ibero para afrontar los retos de tu carrera y tener éxito en ella?

La Ibero para mí fue fundamental: esos años en los que estudié diseño fueron decisivos en mi carrera y en mi formación humana. Tuve amigos muy apasionados por transformar la realidad, por hacer la diferencia, por discutir nuestro tiempo, por decir lo que pensábamos con la mayor claridad posible. Dentro de la Ibero conocí a gente que me ha acompañado en esta búsqueda, uno de ellos es, por supuesto, mi colega y esposo, Diego Mier y Terán. Juntos hemos recorrido este camino; su trabajo incansable ha sido invaluable para el proyecto, y su visión crítica ha sido siempre una voz importante en las decisiones que se han ido tomando para darle forma a las cosas. Por otra parte, me dieron clases maestros que marcaron mi camino de por vida. Yo estoy parada en los hombros de gigantes como Fernando Rovalo, Óscar Hagerman, Patricia Espinosa y Germán Plascencia, quien fundó el Espacio por la Paz.

¿Cómo ha sido tu experiencia en cuanto a la vinculación con comunidades indígenas?

Pues ha sido muy agradable, siempre muy abierta, directa. El trabajo en las comunidades lo hacía por mi cuenta en las vacaciones escolares. Sin saber por qué, trabajé en la costa chica de Oaxaca introduciendo baños suecos; fue un fracaso rotundo, yo tenía 20 años y lo hice todo mal, pero me encantaba ir, me sentía como en casa. Tiempo después, mi madre me confió la historia tabú de la familia: mi bisabuela era de Tehuantepec, hablaba zapoteco y vestía traje tradicional, iba descalza por la ciudad de México, era indígena y era de Oaxaca, se vino a la ciudad y nunca volvió al Istmo. No puedo describir lo que sentí al saberlo, con razón me encanta Oaxaca y no puedo estar lejos de ella. El primer encuentro fuerte en cuanto a la vinculación con comunidades indígenas fue con Germán Plascencia, con el Espacio por la Paz en Chiapas, después del levantamiento de 1994; fue una de las experiencias más importantes de mi vida. Eran tiempos muy duros para el país, un año que marcó la vida de México, un antes y un después de 1994.

Durante ese año algo que no puedo transmitir aconteció en mí, una transformación casi espiritual: me nació la convicción de que iba a dedicarme, desde ese día en adelante, a trabajar con la gente, en su tierra, a aprender de ellos. No sabía qué iba a hacer de mi vida, ni cómo lo iba a lograr, pero tuve la certeza, en mi corazón, de que éste era mi camino. Germán creyó en mí y me llevó a muchos eventos; presenciaba cosas que en aquel momento no alcanzaba a dimensionar: darle la mano a Samuel Ruiz, por ejemplo, escucharlo hablar frente a mí, ver a los ejércitos zapatistas organizarse, ver a las mujeres, ver al ejército metido hasta la cocina en las comunidades, experimentar la naturaleza de esa región y la calidad humana de la gente, todo eso me preparó para hacer lo que hago hoy. Hagerman y Rovalo fueron la tierra donde sembrar esa semilla en el campo del diseño. Óscar Hagerman fue mi maestro, pertenecí a la última generación de sus alumnos, fui su admiradora número uno, me encantaba su clase, lo seguía a escondidas para ver su trabajo; fui a visitar todas las cosas que había construido, me metí a su casa de Valle de Bravo (sin permiso) para verla por dentro: ¡Su patio es un poema!

El trabajo de Óscar me mostró la manera de traducir la arquitectura vernácula tradicional de las comunidades en un lenguaje moderno y contemporáneo. Paty Espinosa me dio algo invaluable y muy importante cuando estás empezando a ser diseñador: confianza en mí y en mis ideas; Rovalo me dio las herramientas teóricas y conceptuales, el fundamento metodológico, me mostró la Sierra Gorda, la utopía de Tomás Moro y Fray Junípero, me demostró que la utopía es posible, tangible y que una vez que la alcanzas, tienes que aspirar a otra. Todos ellos me inculcaron un idealismo espiritual y político muy firme.

¿Hasta dónde te gustaría llegar, laboralmente hablando?

No quiero llegar a ningún lado, yo nada más hago mi trabajo y ya, no lo veo como un fin, sino como un medio. Lo que sí sé es que me voy a morir trabajando para esto.

Fuente: Ibero, p.35-38
Por: Arturo Sánchez Meyer.
Publicada: Junio-julio 2011.

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