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Vuelos más verdes: ¿Cómo recortar emisiones sin recortar viajes?

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Un estudio reciente liderado por el profesor Stefan Gössling, de la Universidad de Linnaeus en Suecia, pone en entredicho uno de los grandes supuestos de la industria aérea: que volar ya es suficientemente eficiente desde el punto de vista ambiental. Publicada en la revista Communications Earth & Environment, la investigación analizó más de 27 millones de vuelos comerciales realizados en 2023, lo que la convierte en uno de los estudios más amplios sobre eficiencia operativa de la aviación a escala global.

El análisis se basa en un indicador clave: la cantidad de dióxido de carbono emitida por pasajero y por kilómetro recorrido. A partir de esta métrica, los investigadores evaluaron vuelos entre más de 26 mil pares de ciudades, considerando variables como el tipo de aeronave, el factor de ocupación y la configuración de asientos. Los resultados revelan que existen múltiples vías —desde las más simples hasta cambios estructurales profundos— para avanzar hacia vuelos más verdes sin necesidad de reducir la demanda de viajes.

Lo más relevante es que el estudio demuestra que las mejoras operativas podrían ser mucho más efectivas que las estrategias que hoy concentran la atención del sector, como el uso de combustibles sostenibles o los esquemas de compensación de carbono. En un contexto en el que, según los expertos, las emisiones de la aviación podrían duplicarse o triplicarse hacia 2050, el análisis invita a repensar el modelo de negocio del sector y a explorar soluciones inmediatas para reducir su huella climática.

La aviación comercial y su ineficiencia ambiental

Aunque los aviones son cada vez más eficientes en consumo de combustible, el crecimiento acelerado del número de vuelos ha superado con creces estas mejoras tecnológicas. El estudio estima que en 2023 la aviación comercial generó alrededor de 577 millones de toneladas de CO₂, una cifra comparable con las emisiones anuales de países como Alemania. Esto confirma que, en términos absolutos, el impacto climático del sector sigue aumentando.

Los datos muestran además grandes diferencias entre regiones y aeropuertos. Estados Unidos, responsable de una cuarta parte de las emisiones globales de la aviación, registró vuelos 14 % más contaminantes que el promedio mundial. Aeropuertos como Atlanta y Nueva York se ubicaron entre los menos eficientes, con desempeños casi 50 % peores que terminales como Abu Dhabi o Madrid. En contraste, India, Brasil y el Sudeste Asiático presentaron vuelos relativamente menos intensivos en carbono.

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A nivel de rutas específicas, la disparidad es aún más evidente. Mientras el trayecto Milán–Incheon registró apenas 31,6 gramos de CO₂ por pasajero-kilómetro, algunas rutas en Papúa Nueva Guinea o entre aeropuertos pequeños de Estados Unidos superaron los 800 gramos. La diferencia, concluye el estudio, no radica en la distancia, sino en factores operativos como aviones antiguos, baja ocupación y un alto número de asientos premium, lo que evidencia cuán lejos está el sector de operar bajo un modelo de vuelos más verdes.

Vuelos más verdes: medidas clave para reducir emisiones sin volar menos

El estudio identifica tres palancas principales para reducir de manera drástica las emisiones de la aviación sin disminuir el número de pasajeros. La primera es eliminar o reducir significativamente los asientos premium. De acuerdo con Gössling, los pasajeros de primera clase y clase ejecutiva generan más del triple de emisiones que los de clase económica, y hasta 13 veces más en cabinas especialmente espaciosas.

La segunda medida es aumentar el factor de ocupación de los vuelos. En 2023, el promedio global fue de alrededor del 80 %, lo que implica que muchos aviones despegan con asientos vacíos. Elevar esta cifra al 95 % permitiría una reducción sustancial del consumo de combustible por pasajero, sin necesidad de incorporar nuevas tecnologías ni combustibles alternativos.

La tercera recomendación es acelerar el retiro de aeronaves antiguas y operar exclusivamente con los modelos más eficientes disponibles. Según el análisis, la combinación de aviones modernos, alta ocupación y configuraciones de cabina más densas podría reducir el consumo de combustible —y, por ende, las emisiones— entre un 50 % y un 75 %. Este hallazgo redefine el debate sobre vuelos más verdes, al demostrar que gran parte de la solución ya existe y depende de decisiones operativas.

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Más allá del estudio: implicaciones para la industria y la RSE

Uno de los elementos más críticos que expone la investigación es la limitada eficacia de los mecanismos actuales de gobernanza climática en la aviación. Programas como Corsia, impulsado por la Organización de Aviación Civil Internacional, se basan en compensaciones de carbono poco ambiciosas y, hasta ahora, no han exigido de manera obligatoria la compra de créditos a las aerolíneas, lo que reduce su impacto real.

A ello se suma la apuesta por los combustibles de aviación sostenibles (SAF), que, si bien son una pieza importante de la transición, enfrentan problemas de disponibilidad, costos elevados y escalabilidad limitada. Incluso la Unión Europea, con su meta de 6 % de SAF para 2030, reconoce que el suministro actual es insuficiente para cubrir la demanda del sector.

El estudio también pone sobre la mesa el tema de la equidad. A nivel global, solo el 1 % de la población es responsable de cerca del 50 % de las emisiones de la aviación, lo que evidencia que los impactos climáticos de volar recaen de forma desproporcionada sobre comunidades que rara vez utilizan este medio de transporte.

Finalmente, el análisis cuestiona el modelo de crecimiento basado en boletos cada vez más baratos y vuelos cada vez más frecuentes. Gössling plantea que operar menos vuelos, pero más llenos y con precios que reflejen su verdadero costo ambiental, podría reducir la demanda inducida y abrir la puerta a un sector más responsable, alineado con los principios de sostenibilidad y vuelos más verdes.

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Repensar la aviación para un futuro bajo en carbono

El estudio deja claro que reducir las emisiones de la aviación no es un desafío exclusivamente tecnológico, sino principalmente estratégico y operativo. Existen márgenes de mejora inmediatos que podrían transformar al sector sin sacrificar la conectividad global ni el derecho a viajar, siempre que las aerolíneas estén dispuestas a replantear sus prioridades.

Para avanzar hacia vuelos más verdes, será indispensable combinar regulación, transparencia y cambios en el modelo de negocio, integrando la eficiencia operativa como un eje central de la responsabilidad climática. En un escenario de crisis ambiental creciente, la aviación tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrar que es posible volar distinto sin dejar de volar.

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