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Visiones de Esperanza: Jimmy Carter

DESPUÉS DE LA GUERRA FRÍA, MUCHOS ESPERABAN UNA era de paz sin precedentes y de prosperidad. Esta perdición ha sido cierta para la mayoría de los estadounidenses. Pese a que nuestro ejército no ha estado inactivo, desde 1991 los estragos de la guerra no han tocado nuestro país. La mayoría de nosotros, aunque no todos, tiene un techo sobre sus cabezas, acceso a trabajos y la oportunidad de una vida sana y productiva.

Sin embargo, cuando hablamos de prosperidad estamos excluyendo a más de 1,300 millones de personas de naciones en desarrollo, quienes viven con menos de un dólar al día. Y consideremos solamente el principio más fundamental de la paz, la ausencia de guerra. Desde el Centro Carter, una asociación no lucrativa que mi esposa Rosalynn y yo fundamos después de abandonar la Casa Blanca, monitoreamos todos los conflictos serios del mundo y la triste realidad es que el número de conflictos armados entre los países se ha incrementado drásticamente. De acuerdo con lo estimado, sólo en 1997 más de 150 mil personas, la mayoría civiles, perdieron la vida. Sin embargo, estas cifras ni siquiera cuentan el principio de toda la historia. En el mismo año, unos 20 millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares; grandes cantidades de personas sufrieron las consecuencias indirectas del conflicto, tales como la falta de servicios de salud y educativos, así como traumas emocionales, condiciones que crearon un ambiente de temor y de inestabilidad.

Uno puede atravesar África, desde el Mar Rojo en el Noreste hasta la costa Atlántica en el Suroeste, y jamás poner pie en territorio pacífico. Cincuenta mil personas han perecido recientemente en la guerra entre Eritrea y Etiopía, y casi dos millones han muerto durante el decimoséptimo año de conflicto en el vecino Sudán.

La guerra se desató en el norte de Uganda, cuyas tropas se unieron a las de Ruanda para luchar en la República Democrática del Congo (antes Zaire). El otro Congo (Brazzaville) también sufre estragos por una guerra civil y ha fallado todos los intentos de llevar la paz a Angola.

Aunque se llegó a acuerdos formidables en los Balcanes, donde los europeos blancos estaban involucrados, ningún líder fuera de África ha llevado a cabo algún esfuerzo similar para resolver las disputas en África.

De continuar estas tendencias, no habrá paz ni prosperidad para un gran porcentaje de la población mundial. Pese a que es relativamente sencillo ver y comprender el impacto directo de la guerra en la población y en una nación, resulta mucho más difícil medir otros factores que conllevan a la paz y a la calidad productiva de la vida. En el Centro Carter sostenemos que la paz también incluye la capacidad de alimentar una familia, el derecho a estar libre de las enfermedades que se pueden evitar, el derecho a vivir sin temor a la violación de los derechos humanos y el derecho a determinar nuestro propio futuro.
Estas son las semillas de la paz.

Todas estas cosas requieren de recursos. En nuestros viajes, Rosalynn y yo hemos sido testigos de la pobreza más pasmosa como resultado de la persecución religiosa, étnica y política. Estas experiencias me han convencido de que el desafío más grande que enfrentaremos como comunidad mundial se refiere a cómo reducir la disparidad creciente entre ricos y pobres.

¿Quiénes son los ricos? La gente rica siente relativamente segura en su propio vecindario; tienen comida y abrigo adecuado, un poco de educación y algunas expectativas referentes a obtener un empleo remunerativo.

Creen que existe un sistema equitativo de justicia y piensan que pueden tomar decisiones que tendrán un impacto positivo en sus vidas.

Ciertamente, incluso en las naciones más ricas del mundo existen muchos que no disfrutan de los frutos de la paz; sin embargo, esto es mucho más evidente en el mundo en desarrollo. Al principio del siglo XX, la proporción del ingreso per cápita entre las naciones ricas y pobres era de nueve a uno. Para 1960, se había incrementado a treinta a uno; hoy en día, es mayor a sesenta a uno. Aunque el capitalismo y la democracia son los mejores modos de promover estos valores, dichos sistemas están muy lejos de ser perfectos. Pueden promover la supervivencia de los mejor acomodados, con consecuencias serias para los pobres en caso de que exista muy poca conciencia social o una red de seguridad inadecuada.

No hay de que la mayoría de la población, como individuos y sociedad, desea llevar una vida satisfecha, sana y productiva. Una nación o sociedad debe lograr la justicia para hacerlo posible. Esto incluye el satisfacer las necesidades humanas básicas tanto del rico como del pobre. Mientras como comunidad mundial no hagamos frente a este desafío, no habrá verdad ni paz duradera.

Obtenido del Libro: Arquitectos de la Paz
Publicado por: Michael Collopy, durante este año

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