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Una sociedad sin valores es una sociedad que está condenada

Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, Jaime I de Economía, académico de la de Ciencias Morales y Políticas, doctor Honoris Causa por cinco universidades consejero del Tribunal de Cuentas y otros innumerables distinciones y premios. Juan Velarde Fuertes, uno de los economistas de mayor peso específico, ha intervenido con la conferencia «Crisis económica: soluciones éticas», en las III Jornadas Católicos y vida pública, en la Fundación San Pablo-CEU.

-España es uno de los países a los que les está costando más trabajo despegarse de la crisis ¿a qué cree que se debe?

-La sociedad española empieza a tener un problema muy serio desde el punto de vista de cómo debe afrontar la crisis económica, porque España es un país singular que en cincuenta años logró un avance a una velocidad enorme en comparación con otras naciones, sin que el conjunto de la sociedad haya tenido en cuenta que éso cuesta mucho esfuerzo. Se han ido acumulando deudas. En este momento debemos nada menos que cuatro veces, en cifra redonda, lo que producimos en un solo año, lo que significa una carga tremenda para el país, que va a tener que pagar, pero que ha tratado de eludir porque se había creado lo que se llama una sociedad opulenta, masificada, que fue abandonado una serie de valores, de exigencias, ansiando seguir así. Los políticos están perdidos, porque no se atreven a enfrentarse con la situación que, en parte, han creado.

-¿Cuáles serían algunas soluciones éticas contra esta situación?

-Primero hay que contar la magnitud del problema y entonar el mea culpa por los engaños que se han hecho para que la gente no percibiese la catástrofe a la que iba, y que desde 2003 habíamos advertido los economistas, que fuimos calificados de antipatriotas, agoreros y acusados de quitar la confianza en la actividad económica. No nos hicieron caso. La segunda cuestión es asumir la parte de culpa, que digan: «mire lo que hemos hecho»: masas de parados, de negocios arruinados, problemas enormes y lo que se nos viene encima. Y tercero, hay que plantear una serie de reformas serias, que son, en principio, molestas. Por ejemplo, poner orden en el gasto público; asumir la energía nuclear, porque, o la energía es barata, abundante y de buena calidad o no avanzamos, o el cambio en la negociación colectiva. Hay que tomar medidas drásticas, éticas y prácticas, y aunque sea molesto, desagradable, hay que hacerlo, si no no salimos de la crisis.

-Gobierno, empresas, sindicatos ¿qué grado de responsabilidad tienen?

-El Gobierno tenía instrumentos suficientes para saber lo que estaba ocurriendo. Si lo ha hecho mal es porque ha asumido cosas que no eran. Los sindicatos han tratado de mantener una serie de medidas desde el punto de vista social que en estos momentos resultan perturbadoras. Y las empresas, muchas de ellas han abandonado la responsabilidad social empresarial. No sólo tienen que buscar ganar, sino prestar atención a lo que se denomina Stakeholders, el conjunto de gente que tienen alrededor, que están vinculadas, accionistas, obreros, clientes, proveedores, y el propio país.

-Cómo ha incidido la pérdida de valores, el alejamiento de los principios cristianos, el secularismo, la situación actual?

-El problema de la masificación es precisamente ése, el de la pérdida de valores. La sociedad española se ha masificado en un grado considerable de admisión de cualquier tipo de planteamientos, ya sus percepciones son exclusivamente materiales, como la de esos jóvenes cuyo principal problema es si les dejan hacer o no botellón. Y esto es muy grave, una sociedad sin valores es una sociedad que está condenada. Hay países, como le oí decir a Fuentes Quintana, que mantienen una serie de valores sin ser católicos, pero en España, cuando se viene abajo el espíritu católico los valores desaparecen. Eso es aterrador. O tiene peso la Iglesia o se viene abajo el conjunto de valores de la sociedad española.

-¿Cuál cree que debe ser el papel de la Iglesia?

-Tiene tres cosas diferentes que hacer. Primero, ayudar a los más necesitados, algo que hace y que forma parte de su tradición. En segundo lugar, la Iglesia tiene un papel importante, que es el de estar continuamente denunciando la falta de valores y enunciando de qué manera tienen que restablecerse. Y por ultimo, como esto acaba relacionándose mucho con la Economía, por ejemplo, en los Seminarios yo pondría enseñanza de Economía. Muchas veces se dicen tales disparates en los púlpitos que el discurso pierde todo valor. En estos momentos es trascendental que los sacerdotes tengan conocimientos básicos de economía.

-¿Podría haberse evitado la crisis, o lograr que fuera menor?

-Claro que pudo haber sido menor. Se apostó mal y se hicieron las cosas muy mal. En 2003 aparecieron los primeros síntomas. La gran pregunta es: ¿el Gobierno Aznar hubiera sido capaz de reorientar la situación? Nunca se podrá saber ya. Tenía que haberse producido un giro que no se hizo. Se empezaron a acumular cosas y poco antes la Balanza por Cuenta Corriente empezó a desequilibrarse. Si se hubiera reaccionado…

-Ayudas sociales frente a medidas inevitablemente drásticas…

-En este momento nos encontramos con que las medidas sociales que adopta cualquier Gobierno son lo que se llama Estado del Bienestar. Lo que sucede es que como no nos hemos preocupado de reorganizar el Estado del Bienestar, éste ha quebrado. Son cuatro sus pilares: las pensiones, la ayuda sanitaria, la familiar y el desempleo. Las primeras son imposibles de mantener, con el sistema de reparto, la crisis, una demografía que amplía la esperanza de vida y con la certeza de que si aumentan las cotizaciones sociales se hunden las empresas.

La ayuda sanitaria, como España se ha hecho muy vieja y los viejos somos mucho más caros, unido a que las autonomías han montado sus propios sistemas sanitarios, supone un encarecimiento enorme. La familia se ha borrado y el desempleo ha estallado. No hay manera de mantener el estado de bienestar.

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