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Sin tiempo para vivir: 80 millones enfrentan esta nueva forma de pobreza en México

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A simple vista, todos los días parecen iguales: el reloj avanza al mismo ritmo para todas las personas. Sin embargo, la experiencia de habitar esas horas dista mucho de ser equitativa. Mientras algunos logran encontrar espacios para el descanso, el aprendizaje o el ocio, otros apenas alcanzan a cubrir lo indispensable en jornadas que se sienten interminables.

De acuerdo con un artículo de Expansión, en México, esta diferencia no es menor ni abstracta: se vive todos los días en los trayectos largos, en las dobles jornadas y en la falta de pausas. Millones de personas tienen sus agendas completamente condicionadas por el trabajo, los traslados y las tareas de cuidado. Así, emerge la pobreza de tiempo como una forma de desigualdad que no solo limita la autonomía, sino también las oportunidades de desarrollo y bienestar.

Cuando el tiempo deja de ser propio

La idea de que el tiempo es un recurso universal resulta engañosa. Si bien todas las personas cuentan con las mismas 24 horas, no todas tienen el mismo control sobre ellas. Para millones, el día está ocupado casi por completo por actividades obligatorias: trabajo remunerado, tareas domésticas, cuidados y traslados.

En este contexto, la pobreza de tiempo se manifiesta como una limitación estructural. No es una cuestión de organización personal, sino de condiciones sociales, económicas y laborales que impiden disponer de espacios para el desarrollo individual. El caso de Jorge lo ilustra con claridad: su jornada no termina cuando deja la oficina, sino cuando logra regresar a casa.

Esta realidad impacta directamente en el bienestar. La falta de tiempo limita la posibilidad de estudiar, cuidar la salud, convivir o participar en la vida comunitaria. En otras palabras, reduce las oportunidades de desarrollo y profundiza brechas existentes.

pobreza de tiempo

Desigualdad económica: quién puede comprar tiempo

El acceso al tiempo también está mediado por el nivel de ingresos. Quienes cuentan con mayores recursos tienen la posibilidad de delegar tareas, reducir traslados o acceder a servicios que optimizan su día. En contraste, las personas con menores ingresos deben destinar más horas a cubrir necesidades básicas.

Esta diferencia se traduce en brechas concretas. Mientras el 1% más rico puede disponer de más tiempo para descanso, ocio o formación, los sectores más vulnerables enfrentan jornadas más largas y fragmentadas. La acumulación de tareas limita su capacidad de elección.

En este sentido, el tiempo se convierte en un privilegio. No solo refleja desigualdades económicas, sino que también las reproduce, al restringir las oportunidades de quienes menos tienen.

La pobreza de tiempo y su impacto en las mujeres

La carga del tiempo no se distribuye de manera equitativa entre géneros. Las mujeres, especialmente en contextos de vulnerabilidad, enfrentan una doble o triple jornada que combina trabajo remunerado con tareas de cuidado no remuneradas. La pobreza de tiempo afecta de manera más intensa a este grupo. Muchas mujeres dedican hasta 11.5 horas diarias a labores domésticas y de cuidado, lo que limita su participación en otros ámbitos como la educación, el empleo formal o la vida pública.

El caso de Rosa Quiroz es revelador. Entre la venta, el cuidado de su bebé y las tareas del hogar, su jornada se extiende hasta la madrugada. Su historia evidencia cómo las normas sociales y la falta de infraestructura de cuidados profundizan esta desigualdad.

Informalidad y flexibilidad: una trampa estructural

Para muchas mujeres, la informalidad representa una opción que ofrece cierta flexibilidad para combinar trabajo y cuidados. Sin embargo, esta aparente ventaja esconde múltiples desventajas: falta de seguridad social, ingresos inestables y jornadas más extensas. La ausencia de políticas públicas suficientes en materia de cuidados obliga a millones de personas a resolver de manera individual una necesidad colectiva. Esto perpetúa ciclos de desigualdad y limita el acceso a mejores condiciones laborales.

quienes trabajan en la informalidad suelen laborar más horas para compensar ingresos bajos, lo que incrementa su carga de tiempo y reduce aún más su margen de decisión.

Movilidad: horas perdidas en el trayecto

El tiempo invertido en traslados es otro factor crítico. En México, millones de personas dedican entre una y seis horas diarias al transporte, especialmente en zonas metropolitanas donde la infraestructura es insuficiente. Este fenómeno no solo afecta la productividad, sino también la calidad de vida. Las horas en tránsito son horas que no pueden destinarse al descanso, la convivencia o el desarrollo personal. En el caso de Jorge, representan una parte significativa de su jornada.

La falta de sistemas de movilidad eficientes y de vivienda accesible cerca de los centros de trabajo agrava esta situación, convirtiendo el traslado en un componente central de la desigualdad del tiempo.

Empresas y bienestar: del presentismo a los resultados

Frente a este panorama, algunas organizaciones comienzan a replantear sus modelos laborales. El enfoque tradicional basado en horas de presencia está dando paso a esquemas centrados en resultados, que permiten mayor flexibilidad.

La implementación de modelos híbridos, horarios escalonados o semanas comprimidas puede contribuir a mejorar el balance entre trabajo y vida personal. Estas medidas no solo benefician a las personas, sino que también impactan positivamente en la productividad y el compromiso. Además, el bienestar organizacional se ha convertido en un factor clave para la atracción y retención de talento. Hoy, las personas valoran cada vez más el tiempo como parte de su calidad de vida.

La pobreza de tiempo como reto de política pública

Abordar la pobreza de tiempo requiere una visión integral. No basta con intervenciones aisladas; es necesario articular políticas públicas que consideren el acceso al tiempo como un derecho. El desarrollo de sistemas de cuidados, la mejora del transporte público y la promoción de empleos dignos son elementos fundamentales. Algunas entidades ya avanzan en esta dirección, pero el desafío sigue siendo amplio.

Reconocer el tiempo como un recurso clave para el bienestar implica repensar la forma en que se diseñan las ciudades, los trabajos y las políticas sociales.

La historia de Jorge y Rosa no es excepcional; es representativa de millones de personas en México. Mientras algunos pueden decidir cómo usar su tiempo, otros apenas logran administrarlo para sobrevivir. Esta diferencia revela una desigualdad profunda que va más allá del ingreso: la capacidad de vivir con autonomía.

En un contexto donde el tiempo se ha convertido en un lujo, repensar su distribución es urgente. Para avanzar hacia una sociedad más equitativa, es necesario reconocer que el bienestar no solo depende de cuánto se tiene, sino también de cuánto tiempo se puede disfrutar.

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