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Expertos alertan: el riesgo climático es peor de lo que creemos y dicen los modelos

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La conversación climática ha avanzado durante décadas entre gráficos, escenarios y proyecciones que intentan traducir la ciencia en decisiones públicas y financieras. Sin embargo, un nuevo informe del Instituto y Facultad de Actuarios (IoFA) y la Universidad de Exeter sugiere que esa traducción ha sido incompleta y, en algunos casos, peligrosamente optimista.

No se trata solo de errores técnicos, sino de una subestimación estructural del problema.

El documento —titulado La sombrilla perdida— plantea que, de seguir la trayectoria actual, el calentamiento global alcanzará los 2 °C hacia 2050. Este umbral no es simbólico: está asociado con impactos severos sobre ecosistemas, economías y sociedades, y con la posibilidad de que amplias regiones del planeta se vuelvan difíciles o imposibles de habitar. El mensaje central es claro: los sistemas de decisión están mirando el problema con lentes que ya no sirven.

El riesgo climático que los modelos no alcanzan a ver

De acuerdo con un artículo de edie, eurante años, los modelos climáticos y económicos han funcionado como brújula para gobiernos, bancos centrales y grandes inversionistas. El problema es que muchos de ellos no incorporan adecuadamente variables críticas ni la velocidad real a la que se están produciendo los cambios. Esto genera una falsa sensación de control y de tiempo disponible para reaccionar.

El informe advierte que esta brecha entre la realidad física del planeta y las proyecciones utilizadas en la toma de decisiones puede amplificar los impactos. Cuando los modelos fallan en anticipar shocks sistémicos, las respuestas llegan tarde y suelen ser más costosas, tanto en términos económicos como sociales.

riesgo climático

La desaparición de la “sombrilla” invisible

Uno de los hallazgos más relevantes del análisis es la pérdida del llamado “enfriamiento por aerosoles”. Durante décadas, la contaminación atmosférica generó un efecto colateral: reflejaba parte de la radiación solar y compensaba aproximadamente 0,5 °C del calentamiento global.

A medida que las regulaciones ambientales —como las aplicadas al transporte marítimo— reducen estas partículas en el aire, ese efecto de sombra está desapareciendo. El resultado es contraintuitivo pero contundente: al limpiar el aire sin reducir de forma acelerada los gases de efecto invernadero, las temperaturas pueden aumentar más rápido de lo previsto.

Otro punto crítico es la llamada sensibilidad climática, que mide cuánto se calienta la Tierra cuando se duplican las concentraciones de CO₂. Durante años, el valor de referencia fue de 3 °C, ampliamente aceptado en escenarios y evaluaciones de riesgo.

Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que esta sensibilidad podría acercarse o incluso superar los 4 °C. Esto implica que, para el mismo nivel de emisiones, el planeta se calentaría más de lo anticipado, reduciendo drásticamente el presupuesto de carbono restante y estrechando la ventana de acción.

Puntos de inflexión y efectos en cascada

Un calentamiento más rápido incrementa la probabilidad de cruzar puntos de inflexión del sistema terrestre. Estos umbrales marcan cambios que, una vez activados, pueden ser irreversibles o muy difíciles de detener. El colapso de las capas de hielo, el deshielo del permafrost, la degradación de la Amazonia o la alteración de grandes corrientes oceánicas no son riesgos aislados. El informe advierte sobre “cascadas de inflexión”, donde la desestabilización de un sistema amplifica el colapso de otros, de forma similar a lo ocurrido en crisis financieras globales.

Más allá del daño ambiental, el documento subraya consecuencias económicas profundas. La alteración de los sistemas alimentarios e hídricos, el aumento de enfermedades, la migración forzada y la pérdida de productividad pueden presionar la inflación y desestabilizar mercados financieros.

En este contexto, las aseguradoras podrían retirar coberturas en zonas de alto riesgo y los Estados enfrentar crisis fiscales inesperadas. El informe introduce el concepto de “insolvencia planetaria”: un colapso económico y social derivado del deterioro de los sistemas naturales que sostienen la vida y la actividad productiva.

El riesgo climático frente a los límites del pensamiento económico

El informe es especialmente crítico con los modelos económicos tradicionales que han minimizado los daños potenciales del cambio climático. Algunas estimaciones históricas hablaban de pérdidas relativamente bajas del PIB incluso con escenarios extremos de calentamiento.

Estas proyecciones excluyeron impactos clave como el aumento del nivel del mar, la degradación de ecosistemas, los efectos en la salud humana o los conflictos sociales. Análisis más recientes, como los del Foro de Riesgo Financiero Climático del Reino Unido, sugieren que un shock combinado de clima y naturaleza podría contraer la economía global entre un 15 y un 20 % en apenas cinco años.

Otro mensaje central es que reducir emisiones, aunque indispensable, ya no es suficiente.

Si el sistema climático responde con mayor intensidad de lo previsto, será necesario eliminar activamente carbono de la atmósfera mediante restauración ecológica a gran escala y soluciones tecnológicas.

El informe recuerda que el daño climático no es inmediato: el calentamiento continúa años después de emitidos los contaminantes. Con concentraciones de gases de efecto invernadero que ya superan ampliamente los niveles preindustriales, la inacción aumenta el riesgo de cruzar límites peligrosos sin posibilidad de corrección.

Responsabilidad social y toma de decisiones: del diagnóstico a la acción

Este escenario plantea un reto que va más allá de la mitigación ambiental. La evidencia científica está obligando a replantear cómo se evalúan los impactos, cómo se priorizan las inversiones y cómo se mide la creación de valor a largo plazo. Integrar estas alertas en la estrategia corporativa ya no es un ejercicio reputacional, sino una cuestión de viabilidad operativa y financiera.

El informe deja claro que ignorar señales tempranas —como la aceleración del calentamiento o la fragilidad de los sistemas naturales— equivale a transferir costos a comunidades, gobiernos y futuras generaciones. Desde esta perspectiva, la responsabilidad social se convierte en un puente entre la ciencia y la toma de decisiones: ayuda a traducir riesgos complejos en acciones concretas, comprensibles y accionables para distintos públicos.

Además, este enfoque abre una conversación más madura con inversionistas, colaboradores y sociedad civil. Hablar de adaptación, resiliencia y restauración no como “extras”, sino como ejes estratégicos, permite anticiparse a crisis, fortalecer la confianza y construir narrativas creíbles.

En un contexto de incertidumbre climática creciente, la coherencia entre discurso y acción será uno de los activos más valiosos de cualquier organización.

Una decisión que se toma hoy

La advertencia de fondo es incómoda pero necesaria: sin cambios rápidos en políticas públicas, finanzas y marcos económicos, el mundo está eligiendo un camino de alto riesgo. No por desconocimiento, sino por seguir confiando en herramientas que no reflejan la magnitud del desafío.

Como señaló Sir David King, la respuesta pasa por una estrategia integral que reduzca emisiones, elimine el exceso de carbono, repare los daños ya causados y fortalezca la resiliencia social y ecológica. Más que un costo, el informe plantea esta transición como una oportunidad económica. La pregunta ya no es si actuar, sino cuánto estamos dispuestos a arriesgar si decidimos no hacerlo.

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