Una investigación de N+ (nmas) ha puesto en evidencia una transformación alarmante de Grindr en la Ciudad de México: de ser una aplicación de citas ha pasado a funcionar también como un canal para el comercio de drogas. El narcomenudeo en Grindr se ha integrado de forma discreta a la dinámica cotidiana de la plataforma, aprovechando su geolocalización, anonimato y alta concentración de usuarios.
Este fenómeno no solo revela un uso ilegítimo de la tecnología, sino una falla sistémica donde confluyen omisiones empresariales y vacíos regulatorios. Para especialistas en responsabilidad social, el caso plantea preguntas urgentes sobre la obligación de las plataformas digitales de prevenir daños cuando sus servicios facilitan prácticas que atentan contra la salud, la seguridad y la vida de las personas.
¿Cómo opera el narcomenudeo en Grindr?
El narcomenudeo en Grindr funciona mediante códigos visuales y prácticas normalizadas dentro de la app. Consumidores y vendedores se identifican con emojis como diamantes, anillos, cubos de hielo, truenos o cohetes, señales que indican la disponibilidad de drogas como cristal, marihuana, MDMA, cocaína o poppers.
Josué —nombre ficticio para proteger su identidad— relata cómo esta lógica se volvió parte de su rutina hasta causarle una adicción por la que tuvo que entrar a rehabilitación y por la que , hasta la fecha, debe tomar medicamentos psiquiátricos:
“Es de muy fácil acceso, lo tienes a la vuelta de la esquina… ya es como si fuera un Didi, pero de drogas”.
La geolocalización permite saber a cuántos metros se encuentra el vendedor, reduciendo el riesgo y el tiempo de entrega. La operación suele migrar rápidamente a WhatsApp.
“Los contactas, te piden WhatsApp, te dan su catálogo… venden cristal, marihuana, poppers, MDMA, tusi, coca… muchas cosas”, detalla Josué.
En minutos, el intercambio se concreta sin intermediarios visibles. La entrega, cuenta Josué, ocurre con frecuencia en hoteles del Centro de la CDMX, debido al auge de prácticas como el chemsex, que consiste en la combinación de sexo y dogas químicas.
“Hay gente que vive en el hotel y ellos venden… incluso hay quien te aplica slam y te cobra por la aplicación”, añade.
Colonias como Tabacalera, Centro, Doctores y Obrera concentran esta dinámica, donde el “servicio al cuarto” elimina cualquier punto físico de venta.

Un mercado sin investigación: Estado ausente y crisis de salud pública
Pese a la evidencia documentada, el narcomenudeo en Grindr no ha sido investigado formalmente por las autoridades capitalinas. Tanto la Secretaría de Seguridad Ciudadana como la Fiscalía de la CDMX han reconocido que no existen indagatorias abiertas porque “no hay una denuncia formal”, una respuesta que deja en el abandono a víctimas y familias.
Esta omisión estatal resulta especialmente grave si se considera el impacto del consumo de metanfetaminas. Datos del SISVEA indican que entre 2019 y 2023 el cristal se convirtió en la principal droga por la que se demanda tratamiento en centros no gubernamentales: 60 % de los pacientes ingresaron por esta sustancia, un aumento de 64.8 % en solo cinco años.
Los Centros de Integración Juvenil reportan consumos por encima de la media nacional en estados como Tlaxcala (72.6 %), Estado de México (71 %) e Hidalgo (68.1 %). En la población LGBTIQ+, el Diagnóstico Situacional de la UNAM (2024) señala que 10 % de los hombres gay ha probado cristal al menos una vez, el porcentaje más alto entre los subgrupos analizados.
Especialistas como el doctor Juan Carlos Mendoza, de la UNAM, explican que factores como la discriminación, la búsqueda de aceptación y el deseo de desinhibición incrementan la vulnerabilidad. En combinación con el chemsex, estas prácticas derivan en adicciones más severas y recaídas frecuentes, con consecuencias médicas y psiquiátricas de largo plazo.

La RSE de Grindr en entredicho: ¿plataformas que se lavan las manos?
El crecimiento del narcomenudeo en Grindr expone una profunda falta de responsabilidad social empresarial. Aunque la plataforma tiene acceso a los mensajes intercambiados, su política de privacidad establece que no verifica identidades ni antecedentes penales, y solo actúa si un perfil es reportado por otros usuarios.
Este enfoque reactivo genera un vacío crítico: mientras no haya reportes internos, la empresa no está obligada a investigar ni a prevenir actividades ilegales que se facilitan a través de su tecnología. En los hechos, la carga de la vigilancia se traslada a los usuarios, incluso cuando hay riesgos evidentes para la salud y la vida.
Grindr no respondió a las solicitudes de prensa sobre este caso. El silencio corporativo refuerza la percepción de que la empresa opta por deslindarse, aun cuando su plataforma está siendo utilizada para fines que exceden con creces la “libertad de interacción” entre usuarios.
Desde una perspectiva de RSE, este caso ilustra el peligro de permitir que las plataformas se amparen en políticas mínimas para eludir responsabilidades. La neutralidad tecnológica es insostenible cuando el diseño, la geolocalización y la falta de controles facilitan mercados ilegales activos las 24 horas.
Regulación, prevención y responsabilidad ineludible
El narcomenudeo en Grindr no es un problema marginal ni un uso desviado aislado: es el resultado de la convergencia entre tecnología sin salvaguardas, un Estado ausente y una crisis de salud pública en expansión. Las consecuencias ya están cobrando vidas y saturando centros de rehabilitación y hospitales.
Para quienes trabajan en responsabilidad social, el mensaje es claro: ninguna empresa debería poder “lavarse las manos” cuando su plataforma facilita prácticas ilegítimas y peligrosas. La prevención activa, la colaboración con autoridades y la adopción de controles efectivos no son opcionales. Sin regulaciones claras y exigibles, este tipo de mercados seguirá creciendo en silencio, con costos humanos que ninguna app debería ignorar.







