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La urgencia de los arrecifes

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Por Felipe Araiz — Gerente de Desarrollo Sustentable y Fundación Holcim

El mundo de la construcción y la infraestructura se basa en la resiliencia y la durabilidad. Buscamos materiales que soporten el paso del tiempo, el embate del clima y la presión del desarrollo humano. Sin embargo, en el planeta existen infraestructuras naturales, como los arrecifes de coral construidas durante milenios, cuya destrucción está comprometiendo la sostenibilidad de nuestras costas y ecosistemas.

Estos ecosistemas cumplen un papel esencial para la vida marina y humana. Su compleja arquitectura brinda refugio y alimento a miles de especies, y al mismo tiempo atenúa la fuerza del oleaje, actuando como una primera línea de defensa para las comunidades costeras.

Un análisis publicado por el World Resources Institute, confirma que los arrecifes actúan como rompeolas naturales que disipan de manera decisiva la energía del mar. Gracias a ello, más de 200 millones de personas en el mundo ven reducido su riesgo de inundaciones y erosión costera. Cuando esta defensa desaparece, las comunidades quedan expuestas y nos enfrentamos a la necesidad de construir soluciones artificiales más costosas y menos efectivas.

La crisis de los corales no es una fatalidad futura, sino una emergencia que se desarrolla a un ritmo sin precedentes. La Agencia Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA) y la ICRI han confirmado que entre 2023 y 2025, el mundo ha experimentado el evento de blanqueamiento más intenso y extendido jamás registrado, afectando a más del 80% de los arrecifes en el planeta.

Esta devastación tiene dos frentes de ataque principales. El primero es el cambio climático: el aumento de la temperatura oceánica provoca el blanqueamiento masivo, obligando a los corales a expulsar las algas que les dan sustento. A esto se suma la acidificación oceánica causada por el exceso de CO2, que dificulta su capacidad de construir su esqueleto calcáreo.

los arrecifes

El segundo factor nos incluye directamente desde nuestro campo de acción. La contaminación terrestre derivada de la planificación urbana, industrial y agrícola es un veneno constante. Los escurrimientos de sedimentos y nutrientes sofocan y degradan la calidad del agua, un impacto que se magnifica con una gestión costera deficiente.

Desde nuestra posición, este panorama exige una estrategia dual. En primer lugar, es ineludible la mitigación global. Gobiernos y empresas deben adoptar metas de descarbonización ambiciosas, pues solo frenando las emisiones lograremos aliviar el estrés térmico fundamental que afecta a los océanos.

En segundo lugar, se requiere innovación y acción local. Debemos invertir seriamente en la ciencia de la restauración de corales, también conocida como “jardinería marina”. Este esfuerzo de repoblación, que busca trasplantar y propagar especies más resistentes, es un complemento vital para ayudar a los arrecifes a recuperar su funcionalidad ecológica.

Además, desde la gestión de la tierra, debemos garantizar que toda obra de infraestructura costera y el desarrollo adyacente incorpore la gestión de escurrimientos como una prioridad absoluta. La protección de los arrecifes comienza a kilómetros de distancia, en la forma en que construimos y utilizamos el territorio.

La pérdida de esta infraestructura natural invaluable es una advertencia clara sobre la fragilidad de nuestro planeta. Al proteger los arrecifes, no sólo estamos salvaguardando la biodiversidad, sino que estamos tomando una decisión de responsabilidad fiscal, social y humanitaria. Es momento de pasar de la conciencia a la inversión estratégica en la resiliencia de la naturaleza.

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