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IA podría aumentar la desigualdad entre la niñez a nivel global

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En un aula de Cambridge, Joseph, de 10 años, observa cómo su modelo de inteligencia artificial confunde una manzana con una sonrisa. No se ríe del error ni se frustra: ajusta los datos, vuelve a entrenar el sistema y corrige el fallo con naturalidad. En ese gesto sencillo hay algo revelador: para él, la IA no es una caja negra, sino una herramienta comprensible y perfectible.

De acuerdo con The Guardian, mientras gran parte del mundo adulto debate los riesgos futuros de la inteligencia artificial, una generación entera ya está creciendo junto a ella. Como ocurrió con la aviación o las redes sociales en décadas pasadas, estos niños no conocen un mundo sin algoritmos. Sin embargo, esa familiaridad no es homogénea. Y ahí surge una tensión central: el avance tecnológico podría estar ampliando brechas existentes en lugar de cerrarlas.

Desigualdad entre la niñez: la nueva brecha no visible

Diversos especialistas advierten que se está configurando una división profunda entre niñas y niños que entienden cómo funciona la inteligencia artificial y aquellos que solo interactúan con ella de forma pasiva. Esta diferencia no siempre se percibe de inmediato, pero tiene implicaciones de largo alcance en términos de autonomía, participación social y ejercicio de derechos.

La desigualdad entre la niñez ya no se limita al acceso a dispositivos o conectividad. Ahora incluye la capacidad de comprender, cuestionar y controlar tecnologías que influyen cada vez más en decisiones clave.

Saber cómo aprende un algoritmo puede marcar la diferencia entre ser un actor informado o un receptor sin voz dentro de sistemas automatizados.

desigualdad entre la niñez

Expertos en educación digital coinciden en que la alfabetización en inteligencia artificial debería considerarse una habilidad básica, al mismo nivel que la lectura o la escritura. No con el objetivo de formar programadores desde la infancia, sino de desarrollar pensamiento crítico frente a tecnologías que moldean la vida cotidiana.

Cuando la IA se percibe como “magia”, se pierde la posibilidad de evaluar sus límites, detectar sesgos o exigir explicaciones. Esta falta de comprensión genera dependencia y vulnerabilidad, especialmente en contextos donde los sistemas automatizados comienzan a intervenir en ámbitos como la salud, el bienestar social o el acceso a oportunidades.

Menos educación tecnológica, más automatización

A pesar del crecimiento acelerado del uso de la inteligencia artificial, en varios países ha disminuido el interés por estudiar informática en niveles escolares. Parte de esta tendencia se alimenta de la narrativa de que la IA hará innecesarias ciertas habilidades técnicas, al automatizar procesos como la programación.

Sin embargo, automatizar no equivale a comprender. Delegar tareas a sistemas inteligentes sin entender su lógica interna implica ceder control. Cuanto más influyentes son estos sistemas, mayor es la necesidad de que las personas conozcan cómo se entrenan, qué datos utilizan y qué errores pueden cometer.

Hoy la inteligencia artificial recomienda contenidos culturales; mañana puede influir en decisiones financieras, diagnósticos médicos o evaluaciones de riesgo social.

Para quienes no entienden cómo funcionan estos procesos, cuestionar una decisión automatizada será cada vez más difícil.

Este escenario plantea un desafío ético de gran escala. La falta de alfabetización tecnológica limita la capacidad de las personas para defender sus derechos frente a sistemas opacos. En este sentido, la educación en IA deja de ser solo un tema pedagógico y se convierte en una herramienta de inclusión social.

desigualdad entre la niñez

Desigualdad entre la niñez y origen socioeconómico

El acceso a la alfabetización en inteligencia artificial no se distribuye de manera equitativa. En muchos países, aprender cómo funciona un algoritmo, cómo se entrenan los modelos o cómo detectar errores y sesgos depende del tipo de escuela, del presupuesto educativo y del capital cultural de las familias. Así, mientras algunos niños crecen experimentando, programando y cuestionando la tecnología, otros solo la consumen sin herramientas para comprenderla.

Esta brecha no es únicamente tecnológica, sino estructural. Las escuelas con menos recursos suelen priorizar contenidos considerados “básicos” frente a materias digitales emergentes, no por falta de interés, sino por limitaciones de infraestructura, formación docente o políticas públicas insuficientes. El resultado es que la desigualdad entre la niñez se reproduce desde el aula, reforzando diferencias que ya existen por razones económicas, geográficas o sociales.

Además, en contextos vulnerables, la inteligencia artificial suele presentarse como un sistema que decide “por otros”: asigna apoyos sociales, evalúa riesgos o filtra oportunidades. Cuando niñas y niños crecen sin comprender cómo operan estas decisiones automatizadas, se normaliza una relación pasiva con la tecnología, donde cuestionar o impugnar resultados parece imposible. Esto debilita la noción de agencia y participación desde edades tempranas.

A largo plazo, esta disparidad puede traducirse en ciudadanos con capacidades muy distintas para interactuar con el mundo digital. Mientras unos estarán preparados para diseñar, supervisar o regular sistemas de IA, otros quedarán sujetos a ellos. Abordar esta brecha implica reconocer que la educación en inteligencia artificial no es un privilegio académico, sino una herramienta clave para la equidad social y la movilidad intergeneracional.

desigualdad entre la niñez

No se trata de frenar la innovación…

Joseph intuye algo fundamental: la inteligencia artificial puede ser útil, pero también equivocarse. Reconocer esos errores y saber cómo corregirlos es una forma temprana de ejercer ciudadanía en un entorno digital. No se trata de frenar la innovación, sino de asegurar que más personas comprendan sus reglas.

Si la IA será parte estructural de nuestras sociedades, la educación debe anticiparse a sus impactos. Garantizar que niñas y niños desarrollen alfabetización en inteligencia artificial es una condición necesaria para evitar nuevas desigualdades y construir un futuro donde la tecnología no concentre poder, sino que amplíe capacidades de forma equitativa.

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