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Hambre y biocombustibles

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Dos avisos no han encontrado eco en la humanidad desde hace décadas y llegaron como la temida tragedia que gobiernos y algunos expertos no saben, no quieren, o ambas cosas, solucionar: la crisis alimentaria, ambiental, sanitaria y económica, junto con el neocolonialismo agrícola.

Desde hace años la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha alertado sobre el incremento del neocolonialismo en zonas de tierras fértiles y con reservas de agua, en Latinoamérica, Asia y África por especuladores y corporaciones multinacionales, que buscan el control total de materias primas y alimentos. Los grandes capitales existentes en pocas manos, buscan más dominios que explotar.

Los dueños del dinero participan de esta fiebre y encuentran seguridad a sus capitales a través de la adquisición de tierras fértiles. Las superficies agrícolas y el agua comienzan a escasear y a ser codiciadas como oro azul y verde, igual que lo fueron el amarillo y el negro petróleo.

El interés no es únicamente para comercializar alimentos, también es para producir los controvertidos biocombustibles. Aunque son sustitutos ecológicos del petróleo, el cultivo intensivo de grandes extensiones de terrenos ganados a espacios naturales, tiene el efecto contrario al deseado.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el reparto del mundo se centró en petróleo y gas, sobre los demás recursos. El modelo económico de los países desarrollados se vinculó al consumo de energía no importando los costos. Los hechos y las guerras permanentes lo confirman; ahora sigue una guerra soterrada y no menos perversa en la que el negocio es hambre por biocombustibles.

El modelo agrícola de bajo y negativo rendimiento hasta nuestros días, tanto en cultivos intensivos como extensivos, se mantiene gracias a un desproporcionado y creciente consumo de energía que la naturaleza no puede compensar. La sobreexplotación de suelos disminuye los nutrientes naturales, aumenta el consumo de agua y altera ecosistemas, resultando menores rendimientos y requiriendo más insumos como: abonos, pesticidas, bombeo de agua, maquinaria y transporte cuya base es el petróleo.

A mayor escala sucede lo mismo con los biocombustibles que además utilizan transgénicos y para agravar más la situación, empobrecen extensas regiones al excluir a la población, provocan desplazamientos masivos y fermentan enormes problemas sociales.

La agresión a la Naturaleza ejercida sobre la biomasa por la panacea de los biocombustibles, es tanto o más grave que el cambio climático, que también es afectado por ellos y al final, tampoco solucionará la crisis energética.

Salvo la problemática energética, los demás fenómenos en sí no son nuevos y a lo largo de todas las épocas registradas por la Historia han existido. Pero lejos de aquel: consuelo de muchos… es alarmante que las cifras aumentan. En el siglo con mayor tecnología y avances científicos y próximos a alcanzar la cifra de siete mil millones de habitantes en el Planeta, el ser humano parece cada vez más pequeño, inútil e indiferente ante estos desafíos.

Es difícil imaginar la cantidad de hambrientos y pobres a nivel mundial; no hay mente que proyecte mil doscientos millones de seres humanos en esas condiciones, el espacio que ocupan o sus condiciones de vida.

Los gobiernos están obligados a adelantarse a los vacios legales, hacer cambios en la legislación en la materia para exigir estricta transparencia, participación local y absoluto respeto a la ecología. Vigilar que los contratos entre campesinos y empresas o sus representantes sean equitativos ya que la tenencia y propiedad de la tierra no siempre tiene el respaldo de documentos que la acreditan, quedando los usos y costumbres locales como único título de propiedad.

Integrarlos como parte del proyecto, como socios y copropietarios partícipes de la riqueza y bienestar generados, y no sólo como mano de obra barata llena de desesperanza y frustración.

Evitar que las tierras contratadas para cultivos intensivos se agoten y queden estériles por el uso extensivo de pesticidas, herbicidas y abonos. La historia es testigo de lo que hicieron los colonizadores europeos con la implantación del monocultivo que manteniéndose como generador de riqueza o pobreza, favoreció la desertificación.

En nuestro país, no basta ser pobre, ahora ociosamente se clasifica en pobreza alimentaria, de capacidades y de patrimonio. Parámetros que oficialmente quieren convencer de su disminución, pero la realidad es que aumentan. Cambian los términos según la moda, al fin que pobres y hambrientos siempre sirven para algo.

La solución está en políticas públicas serias que beneficien a todos, que generen empleos, que los políticos se comprometan y trabajen sin escudarse en programas como Solidaridad, Progresa, Oportunidades, Vivir Mejor, etc. para producir costosos mensajes en medios que poco convencen.

La forma: recuperar el rumbo cuando todavía es tiempo, impidiendo que las brechas sociales se profundicen.
El fondo: que todavía es momento para alcanzar un desarrollo como nación, con salud, bienestar y progreso, porque: TODOS SOMOS NATURALEZA.

Este artículo es responsabilidad de quien lo escribe y no refleja la opinión de Expok ni de sus colaboradores.

Fuente: Acacia Fundación Ambiental A.C

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