La crisis climática se encuentra en un punto crítico en el que cada decisión energética tiene consecuencias globales. En este contexto, la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela y el llamado del expresidente Donald Trump para que empresas estadounidenses inviertan masivamente en la industria petrolera del país sudamericano han encendido las alarmas de la comunidad climática internacional. Más allá de las implicaciones geopolíticas, el debate se centra en el impacto ambiental que tendría reactivar y expandir una de las reservas de crudo más grandes —y más contaminantes— del mundo.
Un análisis realizado para The Guardian por ClimatePartner advierte que explotar petróleo venezolano no es una decisión neutral desde el punto de vista climático. Por el contrario, podría consumir una porción significativa del presupuesto de carbono restante del planeta, poniendo en jaque el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 °C.
El análisis de ClimatePartner: datos que encienden las alertas
El estudio elaborado por ClimatePartner modeló un escenario de crecimiento progresivo de la producción petrolera venezolana impulsado por la inversión estadounidense. En concreto, se analizó un aumento de la producción de +0,5 millones de barriles diarios para 2028, escalando hasta +1,58 millones de barriles por día entre 2035 y 2050. Aunque estas cifras estarían aún por debajo del pico histórico de 3,5 millones de barriles diarios alcanzado en la década de 1990, su impacto climático sería descomunal.
De acuerdo con el análisis, un escenario de este tipo consumiría gran parte del presupuesto global de carbono restante necesario para mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C. Hollie Parry, analista sénior de ClimatePartner, fue contundente al respecto:
“La decisión de aumentar la producción de uno de los crudos con mayor intensidad de carbono del mundo a niveles históricos consumiría aproximadamente el 13 % del presupuesto global de carbono restante“.
Este dato es particularmente alarmante si se considera que se trata de la expansión de un solo país productor. ClimatePartner subraya que explotar petróleo venezolano a esta escala equivaldría a casi una década de emisiones de toda la Unión Europea concentradas en una única decisión de política energética.
En un momento en el que la ciencia climática exige reducciones rápidas y sostenidas de emisiones, este escenario consolidaría décadas adicionales de dependencia a los combustibles fósiles.
Un crudo extremo en un mundo con presupuestos de carbono limitados
Uno de los factores que agrava el impacto de explotar petróleo venezolano es la naturaleza del propio recurso. El crudo del país, particularmente el extraído de la Faja del Orinoco, es clasificado como pesado y ácido, con una consistencia densa y un alto contenido de azufre. Estas características hacen que su extracción y procesamiento requieran enormes cantidades de energía, elevando de forma significativa su huella de carbono.
Un estudio de S&P Global Platts Analytics concluyó que los yacimientos de la Faja del Orinoco presentan, con diferencia, la mayor intensidad de carbono entre las principales regiones petroleras del mundo. Para dimensionar el problema, la intensidad de carbono del crudo venezolano alcanza los 1.460 kg de CO₂e por barril de petróleo equivalente, frente a los apenas 1,6 kg de CO₂e/bpe del crudo producido en el campo Johan Sverdrup de Noruega. La diferencia es tan extrema que el propio informe califica el caso venezolano como “incompatible” con un escenario de presupuestos de carbono ajustados.
Desde una perspectiva de responsabilidad social, este dato cuestiona cualquier narrativa que intente justificar la expansión petrolera como una transición ordenada. Explotar petróleo venezolano implica apostar por uno de los combustibles más intensivos en carbono del planeta justo cuando la ventana para actuar se está cerrando rápidamente.

Implicaciones climáticas, éticas y de gobernanza global
Más allá de las cifras, la propuesta de reactivar masivamente la industria petrolera venezolana plantea interrogantes profundos sobre coherencia climática y gobernanza internacional. Mientras muchos países refuerzan sus compromisos de reducción de emisiones y transición energética, impulsar una expansión fósil de esta magnitud envía una señal contradictoria a los mercados, a los inversionistas y a la sociedad civil.
Organizaciones ambientalistas han calificado la estrategia como imprudente y peligrosa. Mads Christensen, director ejecutivo de Greenpeace Internacional, advirtió:
“El único camino seguro hacia adelante es una transición justa que nos aleje de los combustibles fósiles, que proteja la salud, salvaguarde los ecosistemas y apoye a las comunidades en lugar de sacrificarlas por ganancias a corto plazo”
Desde esta óptica, explotar petróleo venezolano no solo amenaza el límite climático de 1,5 °C, sino que también profundiza las desigualdades y los riesgos asociados a un modelo energético obsoleto.
Para las empresas que operan bajo criterios ESG, involucrarse en proyectos de este tipo también conlleva riesgos reputacionales y financieros. En un entorno donde inversionistas y reguladores exigen alineación con los objetivos climáticos, apostar por uno de los crudos más contaminantes del mundo puede convertirse en un pasivo difícil de justificar a largo plazo.

Una decisión que pone a prueba los compromisos climáticos
Explotar petróleo venezolano representa mucho más que una oportunidad energética o económica para Estados Unidos: significa un desafío a los compromisos climáticos globales y las decisiones geopolíticas reales. Los datos de ClimatePartner muestran con claridad que esta expansión consumiría una fracción desproporcionada del presupuesto de carbono restante, acercando peligrosamente al planeta a un escenario de calentamiento irreversible.
Para quienes trabajan en responsabilidad social y sostenibilidad, este caso subraya una lección incómoda pero necesaria: no todas las reservas fósiles pueden ni deben ser explotadas. En un mundo que necesita limitar el calentamiento a 1,5 °C, insistir en crudos de intensidad extrema no solo es ambientalmente inviable, sino éticamente cuestionable. La transición energética exige decisiones difíciles, y este plan pone en evidencia cuán lejos aún estamos de asumirlas plenamente.







