Por: aRSEnico
Después de más de quince años asesorando a directivos sobre comunicación de sostenibilidad, RSE y esa evolución rimbombante que hoy llamamos ESG (Environmental, Social, Governance), he aprendido algo fundamental: la confianza y la reputación tardan décadas en construirse y unos minutos en convertirse en cenizas.
Literalmente, hay reputaciones que se desmoronan más rápido que mi última relación… y ya que hablamos de eso, platiquemos de relaciones tortuosas e incómodas…
El caso Jeffrey Epstein no es solo un escándalo sórdido digno de un documental de E! Entertainment. Es, desde una perspectiva técnica, un fallo estrepitoso de la “G” de gobernanza. Y no uno pequeño. Uno de esos que hacen que todo el edificio ESG baile peor que en un sismo de CDMX.
Porque cuando el rostro del poder, el dueño o el CEO —ese ser casi místico que “encarna los valores de la compañía”— aparece vinculado a una red criminal, el problema no es de comunicación. Es de integridad. Y no hay NADA que arregle eso. Todo se resquebraja. Lástima que muchos directivos no tienen la madurez para pensar esto antes de meter la pata.
La pregunta incómoda: ¿Qué tiene que ver esto con ESG?
En teoría —esas siglas maravillosas— ESG, evalúan entidades jurídicas. Empresas. Organizaciones.
Medimos emisiones, diversidad, cadenas de suministro, políticas internas. Todo muy ordenado. Muy auditado. Impoluto.
Pero aquí está el error monumental de la última década: actuamos como si la gobernanza fuera un procedimiento más, una casilla a cumplir y no un espejo del carácter de quienes mandan.
Pero cuando la persona que firma el código ético resulta tener una ética… creativa —por decir lo menos— y una cola más larga que la de un diplodocus, todo el sistema colapsa. El mercado no es tonto. La sociedad tampoco. Si la cabeza de la organización está moralmente podrida, nadie cree que los controles internos sean algo más que maquillaje corporativo.
No puedes hablar de “transparencia” si el jefe es un bandido de cuello blanco y bolsillos insaciables; no puedes hablar de “bienestar y salud social” cuando quien dirige la empresa se mueve en entornos que harían sudar a Tom Cruise más de lo que lo hizo en Eyes Wide Shut. Sí, sabes bien a qué me refiero, y si no, ve la película.

ESG como escudo moral
Durante años, muchas empresas abrazaron el ESG como quien se pone una chaqueta ignífuga tras la crisis financiera de 2008 donde el mundo se fue al hoyo por los malos manejos financieros de muchos directivos que hicieron colapsar al sistema. Con ESG (antes más conocido como RSE) de repente, todas las empresas comenzaron a ser limpias, verdes, inclusivas y profundamente preocupadas por la humanidad… justo después de haber pasado a esta por la trituradora.
Así y de forma inevitable, al paso del tiempo surgió el greenwashing, el socialwashing y todos los washings… y cuando la sociedad se dio cuenta y lo señalaron, entonces los empresarios se fueron al otros extremo y ahora hacen greenhushing. No digamos nada porque nos ven. Lo cual es igual o peor de deleznable. Es arrojar la piedra y esconder la mano.
El artículo de The Economist, Bonfire of the Elites, lo señala así: las élites adoptaron el ESG para parecer normales. Para encajar. Para que nadie mirara demasiado de cerca.
Pero cuando una élite que se proclama defensora de la igualdad, termina vinculada —directa o indirectamente— a atrocidades morales, el daño no es solo reputacional. El daño es conceptual. La herida no es particular, es general.
El resultado: cinismo. Y el cinismo es ácido. Corroe todo. La percepción pública pasa a ser que el ESG no es una herramienta de cambio, sino una coartada elegante para seguir igual.
Gracias por el regalo, queridas élites: su amigo, el populismo
Aquí viene la parte incómoda: el populismo no inventó el problema de ESG, solo lo explotó.
Cuando presidentes populistas o empresarios extremistas como Elon Musk atacan el ESG, no lo hacen porque les preocupe la coherencia lógica del movimiento. Lo hacen porque es eficaz a sus fines. La estrategia es simple: si algunos defensores del ESG son hipócritas y están sucios, entonces todo el ESG es una farsa.
No importa si no es cierto lo que señalan. No importa si es injusto juzgar el todo por la parte. Sí. A estos detractores les funciona.

Así, bajo el pretexto de “desenmascarar a las élites”, se aprovecha la hipocresía real para justificar un regreso al capitalismo sin frenos, donde el clima, los derechos humanos y la ética vuelven a ser “externalidades molestas” para hacer negocios.
¿Es injusto? Claro.
¿Es evitable? También.
Pero para eso habría que haber tomado el ESG en serio desde el principio.
Altruismo efectivo: el nuevo salvavidas ¿o el mismo agujero?
Mientras la vieja guardia arde, aparecen los nuevos héroes tecnológicos en Silicon Valley con una nueva promesa: el altruismo efectivo.
La idea es tentadora: usar matemáticas para decidir cómo ser bueno. Optimizar la moral bajo estudiar las causas que valen la pena, determinándolas por un algoritmo. Convertir la ética en Excel.
Pero el riesgo es evidente. Si el foco se pone exclusivamente en “riesgos existenciales futuros”, siempre habrá una excusa perfecta para ignorar los problemas éticos del presente. No puedes ser éticamente desastroso hoy solo porque prometes donar mucho mañana.
Eso no es altruismo. Es contabilidad creativa aplicada a la conciencia.
¿Y ahora qué?
Después de dos décadas en esta industria, la conclusión es sencilla y brutal: el ESG o evoluciona, o se convierte en la broma más cara que haya tenido el management.
La “G” de gobernanza no puede seguir siendo la hermana aburrida del modelo tripartito. ¿Qué se necesita?:
- Gobernanza radical, que evalúe no solo procesos, sino reputación, vínculos y coherencia ética del liderazgo.
- Desmitificar al CEO, dejar de tratarlo como el impecable líder moral. La sostenibilidad debe sobrevivir incluso a líderes defectuosos. Escudriñar a la persona ¡aunque NO le guste! (Más vale hacerlo antes de que aparezca en la Kiss Cam de algún concierto o en los archivos de una isla donde se explota sexualmente a la infancia).
- Transparencia real, no informes infinitos que nadie lee, sino claridad sobre el poder, el dinero, la influencia y las relaciones.
Lo podrido llamó a lo podrido
El caso Epstein es una vergüenza, es dantesco, es una mácula grotesca en el rostro de la humanidad y especialmente de aquella con posibilidades económicas. Y así de deleznable, fue la hoguera que sirvió para algo: Quemó el disfraz de superioridad moral de toda una generación de líderes.
El trabajo ahora no es reconstruir ese disfraz, sino construir cimientos reales.
El ESG no es un accesorio. Es un contrato social. Y si lo firma alguien que cruza los dedos de la otra mano mientras lo hace, ese contrato no vale ni los centavos del papel en el que se imprime.
El futuro de la sostenibilidad corporativa no vendrá de algoritmos más sofisticados ni de altruismo calculado en hojas de cálculo. Vendrá —qué ironía— de algo radicalmente simple: integridad básica. Esa donde lo que se dice, lo que se hace y lo que se es, no viven en universos paralelos.
Una disculpa por la acidez de hoy… Tal vez solo soy alguien que lleva demasiado tiempo viendo a gente decir tonterías con cara solemne, cuando en realidad no creen ni actúan de acuerdo a lo que expresan y prometen.

aRSEnico es el seudónimo químico de un asesor en RS muy tóxico, solitario, ensimismado y cuasi misántropo, que a través de una propuesta editorial de crítica ácida, expone las circunstancias, a veces inverosímiles, que se presentan en la RSE o ESG. La columna, si bien es ficticia se alimenta de eventos de la vida real sin los cuales no sería posible su realización. El objetivo es precisamente, además de provocar la risa forzada de reconocer y reconocerse en ella, señalar dichas circunstancias desde un enfoque cínico e incluso que raya en anti RS, para mostrar finalmente en este radioactivo estilo, el “deber ser”.









