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¿Es viable un fracking sustentable? Impactos, riesgos y la propuesta “amigable” de Sheinbaum

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El fracking ha dejado de ser únicamente una técnica de extracción para convertirse en un símbolo del dilema energético contemporáneo: producir más energía o proteger los límites del planeta. En medio de crisis climáticas cada vez más visibles y de la presión por garantizar seguridad energética, la discusión sobre esta práctica resurge con nuevos matices. En ese contexto, el concepto de fracking sustentable aparece como una narrativa que intenta reconciliar dos visiones aparentemente opuestas: desarrollo económico y responsabilidad ambiental.

En México, el debate ha tomado una nueva dimensión tras las declaraciones del gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum, quien ha planteado explorar tecnologías “amigables” para la extracción de gas natural. Esta postura no solo reabre una discusión técnica, sino también política y social, al confrontar compromisos previos, evidencia científica acumulada y expectativas de soberanía energética.

La pregunta de fondo es si realmente es posible transformar una técnica altamente cuestionada en una práctica compatible con los principios de sostenibilidad.

¿Qué es el fracking y por qué sigue en el centro del debate?

El fracking, o fracturación hidráulica, es un proceso complejo que permite acceder a hidrocarburos atrapados en formaciones rocosas de baja permeabilidad a profundidades que pueden ir de los mil a los cinco mil metros. Para lograrlo, se perfora primero un pozo vertical y posteriormente uno horizontal que puede extenderse más de un kilómetro, lo que implica una intervención intensiva en el subsuelo y en la superficie.

Una vez realizada la perforación, se inyecta a alta presión una mezcla compuesta por agua, arena y cientos de aditivos químicos. Esta mezcla fractura la roca, liberando el gas o petróleo que posteriormente es extraído. Aunque el proceso ha sido clave para ampliar la frontera energética en varios países, su implementación requiere una infraestructura constante, invasiva y altamente demandante de recursos.

Este nivel de intervención convierte al fracking en una actividad con impactos acumulativos que van más allá del sitio de extracción. Por ello, su debate no se limita al ámbito energético, sino que involucra dimensiones ambientales, sociales, económicas y de gobernanza.

Impactos ambientales: una huella difícil de revertir

Uno de los principales cuestionamientos al fracking es su impacto ambiental sistémico, especialmente en contextos donde los recursos naturales ya están bajo presión. El uso intensivo de agua es uno de los puntos más críticos, ya que cada pozo puede requerir entre 9 mil y 29 mil metros cúbicos, generando competencia directa con el consumo humano y agrícola.

A esto se suma la contaminación potencial de fuentes hídricas. Los fluidos utilizados contienen compuestos como benceno, tolueno o metanol, muchos de ellos asociados a riesgos cancerígenos y a daños en sistemas biológicos. La infiltración de estos químicos en mantos freáticos o cuerpos de agua superficiales representa una amenaza difícil de revertir, con efectos que pueden persistir durante décadas.

Además, el fracking contribuye significativamente al cambio climático a través de la emisión de metano. Este gas, mucho más potente que el CO₂ en el corto plazo, puede liberarse durante la extracción y transporte, amplificando la huella de carbono de esta actividad y comprometiendo los objetivos globales de mitigación.

fracking sustentable

Fracking sustentable: ¿una contradicción en términos?

El concepto de fracking sustentable ha sido recibido con escepticismo por gran parte de la comunidad científica y organizaciones ambientales.

Más de 2,300 estudios han documentado impactos negativos asociados a esta práctica, desde la contaminación del agua hasta afectaciones a la salud pública y la biodiversidad.

Para muchas organizaciones, hablar de sostenibilidad en el contexto del fracking implica una contradicción estructural. La técnica, por su propia naturaleza, requiere un consumo intensivo de recursos, una intervención constante del territorio y genera externalidades que no pueden ser completamente mitigadas mediante mejoras tecnológicas.

En este sentido, el término podría funcionar más como una estrategia discursiva que como una solución real, lo que abre el debate sobre el riesgo de caer en narrativas cercanas al greenwashing en el sector energético.

El agua: epicentro del conflicto

El agua no solo es un insumo clave en el fracking, sino también el principal vector de riesgo. El proceso transforma un recurso vital en un residuo altamente contaminante, cuya gestión representa uno de los mayores desafíos ambientales y operativos.

Entre el 9% y el 80% del fluido inyectado regresa a la superficie, cargado de sustancias tóxicas, metales pesados y compuestos orgánicos volátiles. Este “flujo de retorno” requiere tratamiento especializado, y en muchos casos, su disposición final sigue siendo un problema no resuelto.

A esto se suma la falta de transparencia sobre los componentes químicos utilizados, debido a que muchas de estas fórmulas son consideradas secreto industrial. Esta opacidad limita la evaluación independiente de riesgos y genera incertidumbre sobre los impactos acumulativos en ecosistemas y comunidades.

La propuesta de “fracking amigable” en México

La propuesta del gobierno de Claudia Sheinbaum se basa en la posibilidad de incorporar nuevas tecnologías que reduzcan los impactos del fracking tradicional. Entre ellas destacan el uso de compuestos biodegradables y la reutilización de agua, incluso proveniente de fuentes no convencionales como agua salada o residual.

Esta visión plantea que la innovación tecnológica podría permitir una extracción de gas con menor huella ambiental, contribuyendo al mismo tiempo a reducir la dependencia de importaciones energéticas. En este sentido, el fracking se posiciona como una herramienta potencial para fortalecer la soberanía energética del país.

Sin embargo, la propuesta aún se encuentra en una fase de evaluación, y su viabilidad dependerá de estudios científicos, análisis territoriales y la capacidad de implementar estas tecnologías de manera efectiva y escalable.

Los límites económicos y técnicos de las nuevas tecnologías

A pesar de su potencial teórico, las alternativas tecnológicas enfrentan barreras importantes que cuestionan su viabilidad práctica. El uso de agua tratada o de mar, por ejemplo, ha sido explorado en otros países, pero su adopción ha sido limitada debido a los altos costos asociados.

Las inversiones necesarias para implementar estas soluciones pueden oscilar entre 5 y 10 millones de dólares por instalación, lo que representa un desafío significativo en términos de financiamiento, especialmente en un contexto donde empresas como Pemex enfrentan presiones financieras.

Además, la complejidad técnica de estas soluciones plantea dudas sobre su escalabilidad y su capacidad para reducir de manera significativa los impactos ambientales, lo que refuerza el escepticismo en torno al concepto de fracking sustentable.

México dividido: entre soberanía energética y sostenibilidad

El debate sobre el fracking ha evidenciado una polarización clara entre distintos actores. Por un lado, más de 80 organizaciones ambientales, sociales y de derechos humanos han rechazado cualquier intento de reactivar esta técnica, argumentando que contradice compromisos previos y pone en riesgo recursos fundamentales.

Por otro lado, la industria energética ha respaldado la apertura a nuevas tecnologías, destacando la necesidad de fortalecer la producción nacional de gas y atraer inversión en un entorno global competitivo. Para este sector, el desarrollo del gas natural es clave para garantizar estabilidad energética.

Esta tensión refleja un dilema estructural que enfrenta México y muchos otros países: cómo equilibrar la urgencia de la transición energética con las demandas inmediatas de desarrollo económico y seguridad energética.

¿Puede el fracking ser parte de la transición energética?

El gas natural ha sido presentado en múltiples ocasiones como un “combustible puente” hacia un sistema energético más limpio. Sin embargo, esta narrativa ha sido cuestionada por su potencial para retrasar la adopción de energías renovables y perpetuar la dependencia de combustibles fósiles.

En el caso de México, incluso si se lograra explotar todas las reservas disponibles, estas podrían no ser suficientes para cubrir la demanda futura, lo que limita el impacto del fracking como solución estructural. En este contexto, apostar por el fracking sustentable podría implicar no solo riesgos ambientales, sino también costos de oportunidad en términos de inversión en alternativas más alineadas con los objetivos climáticos globales.

El debate sobre el fracking en México pone sobre la mesa una discusión más amplia sobre el futuro energético del país.

La posibilidad de desarrollar un fracking sustentable enfrenta desafíos que van más allá de la tecnología, incluyendo factores sociales, económicos y ambientales que limitan su viabilidad.

Si bien la innovación puede contribuir a reducir algunos impactos, la evidencia acumulada sugiere que estos esfuerzos podrían no ser suficientes para transformar la naturaleza de la técnica. En este sentido, la discusión debería centrarse no solo en cómo mejorar el fracking, sino en qué papel debería jugar en una estrategia energética de largo plazo.

En un momento decisivo para la acción climática, México tiene la oportunidad de definir un rumbo que priorice soluciones sostenibles y resilientes. La pregunta no es solo si el fracking puede ser menos dañino, sino si es compatible con el futuro energético que el país necesita construir.

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