Colaboraciones

Entre la natividad y el renacimiento

Por: Forma y Fondo CXCVIII

Los conceptos que nos vienen a la mente con cada una de estas palabras aparentemente no tienen relación con la naturaleza, los ecosistemas, el calentamiento global y la emisión de gases de efecto invernadero tan de moda y fallidos en estos días. En esta época navideña, algunos segmentos de la sociedad continúan cimentando parte de su escala de valores en el consumo desmedido de bienes y servicios; cualquier ser vivo, objeto, idea o sentimiento es susceptible de comercializarse.

Lo anterior más la crisis mundial actual, nunca vista en sus alcances económicos y políticos tendrá que tocar fondo y encaminar al ser humano a un renacimiento, una revitalización cultural y de principios que había sido desplazada paulatinamente por la tecnología bajo la falsa premisa de que el descubrimiento y la innovación eran la panacea para el desarrollo y el progreso.

En el mundo occidental la Navidad, el marco de mensajes publicitarios y el ambiente creado por los adornos, buscan motivar sentimientos en pro de los más nobles valores familiares y personales. Sin embargo, todo ello encaminado a la consecución de un claro objetivo: incrementar las ventas bajo un resignado despilfarro navideño, disimulando sus repercusiones sociales y ambientales.

Es la época en que el consumo y el derroche suben hasta límites intolerables generando toneladas de basura. Mientras el consumo en muchos hogares se dispara, en otros se carece de lo más básico. Mientras una niña en occidente juega con cuatro muñecas, otra en el tercer mundo fabrica cuarenta muñecas en una jornada de explotación.

Es imperante construir una cultura del consumo informada, crítica y ética, encaminada a una todavía lejana equidad, que al enriquecer al individuo respete los límites del planeta. Ante el fracaso de los sistemas sociales y económicos hay que volver la vista a las ideas sólidas del humanismo como base de un renacimiento, una nueva concepción de la especie humana y su relación armónica con la naturaleza. Es la esencia de la conciencia ambiental, también conocida como inteligencia ecológica.

Dentro del modelo globalizador se sigue perdiendo la identidad, la participación individual y directa en la vida pública, la capacidad de control sobre el destino de la persona en particular y el de la sociedad en general, resultando muchos consumidores obedientes y devotos de las novedades del mercado.

Pero este consumismo sin sentido promueve un modelo insostenible ambiental y socialmente. Ambientalmente porque si el modelo de consumo de los países desarrollados se extendiera por todo el mundo, serían necesarios tres planetas con toda su producción y fuentes energéticas para atender la demanda.

Socialmente porque sólo un doce por ciento de la gente que vive en Norteamérica y Europa occidental es responsable del sesenta por ciento de ese consumo, mientras que los que viven en el sudeste asiático o en el África Sub Sahariana representan menos del cuatro por ciento. El ritmo de consumo sin precedentes, es un signo que de acuerdo a los economistas habla del saludable estado de las finanzas; pero olvidaron que el cambio climático y otros males sociales y ambientales ahí se originaron.

Hace treinta años el promedio diario de generación de basura por persona no llegaba a medio kilo. Actualmente a lo largo del año el promedio diario es de un kilo y medio por persona y en estas fechas se incrementa a dos kilos, de los cuales la mitad son envoltorios y empaques. Los envases y embalajes son un problema serio para el medio ambiente.

Un cuarenta por ciento de la basura doméstica son residuos orgánicos, del resto, un ochenta por ciento son envases y empaques. Este porcentaje crece sin cesar y se dispara en Navidad. Para fabricarlos se destruyen recursos naturales, se contamina el agua y la atmósfera. Tanto en su fabricación como en su reciclaje se consumen grandes cantidades de energía y cuando se convierten en residuos tienen un notable impacto ambiental, tanto si se depositan en los mal llamados rellenos sanitarios como si se incineran.

La conciencia ambiental o la inteligencia ecológica van más allá de plantar y cuidar árboles. Es el aprendizaje de vivir en equilibrio con el medio ambiente, aplicando sin deterioro de los hábitos de vida las tres erres tradicionales: reducir, reutilizar y reciclar. Estos tres pasos básicos paulatinamente adoptados por mucha gente como hábito, se han enriquecido y aumentaron a cinco. Los últimos dos también sencillos y muy lógicos: replantar y razonar, comienzan a ser comunes y avanzan como términos cotidianos.

Al reutilizar se genera y se tira menos basura reduciendo además las compras; el ser ecológico no sólo es bueno para el medio ambiente, también lo es para la economía personal y familiar. En el futuro próximo la única alternativa será el reciclaje ya que no habrá lugar donde depositar la basura y las materias primas para abastecer el mercado se encarecerán.

Antes de comprar algo hay que reflexionar si se necesita. Cada vez es más común la información acerca del proceso de producción para saber sus repercusiones o si se ha perjudicado al medio ambiente o a algún ser humano.

La forma: las acciones individuales además de marcar la diferencia, generan en el consumidor conciencia ambiental o inteligencia ecológica.
El fondo: evitar que el cambio social que se requiere para vivir de manera sustentable sea producto de desastres y fenómenos que le recuerden a la humanidad que: TODOS SOMOS NATURALEZA.

ACACIA FUNDACIÓN AMBIENTAL A. C. [email protected]

Este artículo es responsabilidad de quien lo escribe y no refleja la opinión de Expok ni de sus colaboradores.

Fuente: Acacia Fundación Ambiental A.C

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