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Dell, Visa, IBM y más impulsan ‘Trump Accounts’: inversión temprana para bebés y niños, ¿responsable?

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En un salón del Tesoro de Estados Unidos decorado con un mensaje que prometía “impulsar el sueño americano”, el presidente Donald Trump presentó una de las apuestas sociales más ambiciosas de su administración: un esquema de inversión temprana para recién nacidos, financiado por el Estado y respaldado por grandes fortunas y corporaciones. La propuesta no solo apela a la narrativa de prosperidad, sino que introduce a millones de niñas y niños al sistema financiero desde su primer día de vida, con la promesa de que el tiempo y el mercado harán el resto.

Más allá del impacto mediático, la iniciativa ha abierto un debate profundo en el ámbito de la responsabilidad social: ¿es este un mecanismo de inclusión real o una política que podría ampliar las brechas existentes? Con el respaldo de empresas como Dell, Visa, IBM, JPMorgan y Bank of America, el programa se presenta como un puente entre política pública, filantropía y estrategia corporativa, pero también como un espejo que refleja las tensiones entre equidad, mercado y bienestar social.

Trump Accounts: una promesa de capital desde la cuna

De acuerdo con TIME, la base del programa es simple: cada bebé nacido entre 2025 y 2028 recibe una cuenta de inversión con un capital inicial de mil dólares, aportado por el gobierno federal. Esa cantidad, invertida en fondos indexados, se capitaliza hasta que la persona cumpla 18 años, momento en que podrá usarla para educación, vivienda o emprendimiento.

El discurso oficial señala que este esquema democratiza el acceso a la inversión y enseña desde temprano el valor del ahorro y la planificación financiera.

Todos parten del mismo punto, con un pequeño patrimonio que crece junto con ellos.

Sin embargo, el potencial real de crecimiento depende en gran medida de las aportaciones adicionales de las familias, empleadores o donantes, lo que introduce un componente de desigualdad que ya ha encendido alertas entre economistas y organizaciones civiles.

Trump Accounts y el rol del sector corporativo

La participación empresarial ha sido clave para amplificar el alcance del programa. Visa anunció que incluirá depósitos en estas cuentas como parte de sus beneficios para empleados, mientras que IBM, Broadcom, SoFi, JPMorgan y Bank of America comunicaron esquemas similares.

Desde la perspectiva de ESG, estas acciones se presentan como una inversión en capital humano y estabilidad social a largo plazo. Las compañías no solo apoyan a las familias de sus colaboradores, sino que se alinean con una narrativa de prosperidad compartida.

No obstante, especialistas en responsabilidad social advierten que estas iniciativas deben evaluarse más allá del impacto reputacional, analizando si realmente reducen brechas o si refuerzan un sistema donde quienes ya tienen más recursos multiplican su ventaja.

Filantropía a gran escala: el caso Dell y Dalio

Michael y Susan Dell se comprometieron a donar 6,250 millones de dólares para beneficiar a 25 millones de niños que no califican para el bono federal inicial. Su aporte se traducirá en depósitos adicionales para menores de 2 a 10 años en comunidades con ingresos medios bajos.

Ray y Barbara Dalio, por su parte, destinaron 75 millones de dólares para niñas y niños en Connecticut, mientras que Brad Gerstner impulsó contribuciones similares en Indiana. Estas acciones buscan cerrar la brecha para quienes no alcanzan el primer corte de elegibilidad.

El mensaje es claro: el sector privado no solo acompaña, sino que amplifica. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿debe el bienestar infantil depender de la generosidad de multimillonarios?

Educación financiera como eje de transformación

Uno de los argumentos más repetidos durante el lanzamiento fue que este programa podría transformar la relación de las nuevas generaciones con el dinero. “Cada niño se convierte en accionista del país”, dijo uno de los impulsores, aludiendo al sentido de pertenencia económica.

La experiencia de otros modelos de “bonos para bebés” en el mundo muestra que tener una cuenta a nombre propio puede influir positivamente en la permanencia escolar y en la toma de decisiones a largo plazo.

Sin embargo, sin una estrategia paralela de educación financiera en comunidades vulnerables, el impacto podría diluirse, dejando a muchos sin las herramientas para aprovechar realmente este capital inicial.

La brecha que no desaparece

Economistas de la Universidad de Stanford han advertido que el programa podría beneficiar de manera desproporcionada a las familias con mayor capacidad de ahorro. Mientras algunos podrán aportar el máximo anual, otros apenas mantendrán el fondo base.

Esto genera una paradoja: un programa diseñado para igualar oportunidades podría, en la práctica, profundizar diferencias si no se acompaña de políticas redistributivas más amplias.

La responsabilidad social, en este contexto, exige mirar no solo el diseño, sino la implementación y los efectos reales en las comunidades más vulnerables.

El simbolismo del “sueño americano”

El evento de lanzamiento fue una puesta en escena de optimismo, con celebridades, líderes empresariales y mensajes que prometían un futuro mejor. La narrativa conecta con una idea profundamente arraigada: que el esfuerzo y el mercado pueden abrir cualquier puerta.

Para muchas familias, la posibilidad de contar con un fondo desde el nacimiento representa esperanza en medio de una crisis de costo de vida. Es una señal de que alguien, al menos, piensa en su futuro.

Pero el simbolismo no puede sustituir a una evaluación crítica de impacto social, especialmente cuando se trata de infancia y desarrollo a largo plazo.

¿Innovación social o política de mercado?

La administración ha calificado el programa como una de las innovaciones más transformadoras de su era. Desde un enfoque de política pública, combina inversión, filantropía y participación corporativa en un mismo modelo.

Para el sector de responsabilidad social, el reto es analizar si este esquema se alinea con principios de equidad, inclusión y sostenibilidad, o si prioriza la lógica del mercado sobre el bienestar colectivo.

La discusión apenas comienza, y su resultado podría marcar el rumbo de futuras alianzas entre Estado y empresas en temas sociales.

La iniciativa de inversión temprana abre una conversación necesaria sobre cómo construir oportunidades desde la infancia en un contexto de desigualdad creciente. La participación de empresas globales demuestra que el sector privado puede jugar un papel activo en el desarrollo social, siempre que exista transparencia y evaluación constante.

El verdadero desafío será convertir esta promesa en un mecanismo que no solo genere capital financiero, sino también capital social. Solo entonces podrá saberse si este modelo es una palanca de inclusión o un reflejo más de las tensiones entre mercado y justicia social.

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