Estados Unidos encabeza un nuevo auge energético que ya enciende alertas climáticas a escala global. La expansión acelerada de centros de datos para alimentar a la inteligencia artificial está detonando un récord histórico en nueva capacidad de generación eléctrica a partir de gas fósil, una fuente altamente emisora de gases de efecto invernadero. El fenómeno no es marginal: se trata de uno de los mayores virajes energéticos de la última década.
De acuerdo con proyecciones recientes, este crecimiento no solo compromete los objetivos climáticos, sino que también amenaza con encerrar a la economía en décadas de contaminación. Mientras la IA se presenta como el motor de la innovación del futuro, la energía a gas por la IA se perfila como el costo ambiental que nadie quiere poner sobre la mesa, pero que el planeta inevitablemente terminará pagando.
EE. UU. rompe récords históricos en energía a gas por la IA
Este año se romperá el récord mundial de nuevas incorporaciones de energía a gas, con proyectos que podrían incrementar la capacidad global existente en casi un 50%, según el más reciente informe de Global Energy Monitor (GEM). Estados Unidos lidera este impulso tras triplicar su capacidad planificada a gas en 2025, colocándose como el principal promotor del nuevo ciclo fósil.
De los 252 gigavatios de energía a gas actualmente en desarrollo en el mundo, cerca de un tercio estará ubicado directamente en centros de datos. Esta cifra refleja con claridad cómo la energía a gas por la IA se está convirtiendo en la opción preferida para satisfacer una demanda eléctrica creciente, inmediata y altamente concentrada.
Texas es el epicentro de este auge, con casi 58 GW de nueva capacidad de gas en marcha, seguido por Luisiana y Pensilvania. Para 2026, Estados Unidos podría superar su propio récord histórico de más de 100 GW anuales, establecido en 2002, consolidando una dependencia estructural al gas.

A nivel global, otros países también apuestan por esta fuente. China, el mayor emisor del mundo, instaló en un solo año 22.4 GW de gas. Sin embargo, es Estados Unidos quien concentra casi una cuarta parte de toda la capacidad mundial en desarrollo, marcando el ritmo del mercado energético fósil.
La factura climática de la energía a gas por la IA
El impacto climático de este auge es contundente. Si los proyectos en desarrollo en Estados Unidos se concretan, generarán alrededor de 12,100 millones de toneladas de CO₂ a lo largo de su vida útil, el doble de las emisiones anuales actuales del país. A escala global, la cifra ascendería a 53,200 millones de toneladas, empujando al planeta hacia escenarios de calor extremo, sequías e inundaciones más severas.
“Contratar nuevas plantas de gas para satisfacer la demanda incierta de energía generada por la IA implica incorporar décadas de contaminación”, advirtió Jenny Martos, gerente de proyectos del rastreador de plantas de petróleo y gas de GEM.
Para la experta, estas necesidades podrían resolverse con energía limpia y flexible, sin hipotecar el futuro climático. Los científicos han sido claros: los combustibles fósiles deben eliminarse progresivamente y con rapidez. Sin embargo, la energía a gas por la IA va en sentido contrario, bloqueando capital, infraestructura y decisiones políticas que podrían destinarse a renovables, almacenamiento y eficiencia energética.
Este fenómeno también expone una contradicción estructural: la IA, presentada como una herramienta para optimizar procesos y reducir impactos, se convierte en un acelerador de emisiones cuando se alimenta de fuentes fósiles.

Centros de datos, costos sociales y tensión política
La proliferación de centros de datos no solo tiene consecuencias ambientales, sino también sociales y económicas. En Estados Unidos, el aumento en la demanda eléctrica ya ha elevado las facturas de electricidad para millones de hogares, contradiciendo promesas políticas de reducción de costos energéticos.
Steve Clemmer, director de investigación energética de la Unión de Científicos Preocupados, advierte que la demanda eléctrica del país podría crecer hasta un 60% para 2050 debido a los centros de datos.
“El crecimiento frenético, con poca transparencia o restricciones, pone al público en riesgo de aumentos masivos de costos”, señaló.
Comunidades locales comienzan a resistirse. En Pensilvania, una antigua planta de carbón será transformada en la mayor instalación de gas del país para abastecer centros de datos, generando división social y preocupación por la contaminación, el uso de agua y el impacto en la calidad de vida.
Mientras tanto, grandes tecnológicas como Meta avanzan con proyectos multimillonarios alimentados por gas, reforzando la narrativa de que la energía a gas por la IA beneficia a intereses privados, mientras los costos ambientales y económicos se socializan.

IA, energía y responsabilidad climática
El auge de la energía a gas por la IA revela una desconexión peligrosa entre innovación tecnológica y responsabilidad climática. Apostar por infraestructura fósil para sostener el crecimiento de la inteligencia artificial no es una solución transitoria, sino una decisión que amarra al planeta a décadas de emisiones adicionales en un momento crítico para la acción climática.
Para los actores de la responsabilidad social empresarial, este escenario plantea una pregunta ineludible: ¿puede llamarse progreso a un modelo que sacrifica estabilidad climática por velocidad tecnológica? Si la IA aspira a ser parte de la solución, su desarrollo debe alinearse con sistemas energéticos limpios, justos y resilientes. De lo contrario, el récord energético de hoy será la crisis ambiental de mañana, y la factura —una vez más— la pagará el planeta.








