Durante más de una década, la divulgación climática se consolidó como el lenguaje común entre empresas, reguladores e inversionistas para medir riesgos, alinear expectativas y construir confianza. Hoy, ese idioma parece fragmentarse justo cuando la emergencia climática exige mayor claridad. En 2026, el mapa regulatorio global es más amplio, pero también más contradictorio, y las organizaciones navegan entre normas que avanzan en unos territorios mientras retroceden en otros.
De acuerdo con un artículo de ESGDive, este escenario no representa solo un reto técnico, sino una prueba de madurez para la gestión corporativa. La divulgación climática en crisis refleja un punto de inflexión: el fin de la narrativa homogénea y el inicio de una etapa donde la gobernanza de datos, la presión de los inversionistas y la resiliencia regulatoria definen quién lidera y quién queda rezagado. En este contexto…
La transparencia deja de ser una tendencia para convertirse en una capacidad estratégica.
Un consenso que se fragmenta
La convergencia global en torno a la divulgación climática parecía inevitable hasta hace apenas unos años. Sin embargo, 2026 marca el momento en que ese acuerdo se desdibuja, no por falta de marcos, sino por la coexistencia de enfoques incompatibles entre regiones clave.
Mientras algunas jurisdicciones refuerzan sus exigencias, otras cuestionan el alcance y la pertinencia de las normas existentes. El resultado es un mosaico regulatorio que obliga a las empresas multinacionales a operar bajo múltiples lógicas de reporte.

Esta fragmentación no reduce la carga, la multiplica. Los equipos de sostenibilidad ya no solo reportan, ahora interpretan, comparan y ajustan datos para cumplir con expectativas divergentes que cambian con rapidez.
Retroceso en Estados Unidos
En Estados Unidos, el giro político provocó que la norma de divulgación climática de la SEC quedara en un limbo legal. La agencia suspendió su defensa y dejó abierta la puerta a su posible eliminación, enviando una señal de incertidumbre al mercado.
La administración actual ha priorizado reducir la carga regulatoria para las empresas que cotizan en bolsa, argumentando que el exceso de reglas limita la competitividad. Esto ha frenado los incentivos para que las compañías sean proactivas.
Para muchas organizaciones, el mensaje es claro: no habrá presión federal inmediata. Sin embargo, la ausencia de una norma unificada no elimina el riesgo, solo lo desplaza a otros frentes.
La simplificación europea
La Unión Europea también vivió su propio repliegue. Tras un proceso de “simplificación”, se elevaron los umbrales para que las empresas estén sujetas a la CSRD y la CSDDD, excluyendo a una gran mayoría del alcance original.
Este ajuste busca reducir la carga administrativa, pero genera un efecto colateral: debilita la estandarización que la región había liderado. Los plazos se han pospuesto hasta 2028, creando una pausa que muchos interpretan como una tregua.
Sin embargo, la expectativa de transparencia no desaparece. Simplemente cambia de ritmo y deja a las empresas con inversiones ya realizadas en sistemas de reporte que ahora deben justificar.
La divulgación climática en crisis y el auge subnacional
Mientras los grandes bloques retroceden, los estados y regiones avanzan. California mantiene en vigor su exigencia de reporte de emisiones para grandes empresas, y decenas ya han informado de forma voluntaria.
Nueva York se suma con una ley que obligará a grandes emisores a reportar sus datos de 2026. Estos movimientos demuestran que la presión no se ha diluido, solo se ha descentralizado. Para las compañías, esto implica gestionar riesgos regulatorios que ya no se concentran en una sola autoridad, sino en múltiples niveles de gobierno.

El mundo sigue avanzando
Casi 40 jurisdicciones han adoptado o planean adoptar marcos alineados con el ISSB. Reino Unido y México ya cuentan con regulaciones vigentes, y Australia y España se suman este año. Estas normas obligan a revelar riesgos financieros relacionados con el clima, reforzando la conexión entre sostenibilidad y desempeño económico. Para las multinacionales, el cumplimiento deja de ser opcional.
La presión internacional actúa como contrapeso a los retrocesos regionales, manteniendo vivo el impulso hacia la transparencia global. Los propietarios de activos consideran, en su mayoría, que la regulación ESG es una ayuda neta. Más de la mitad reconoce que ha contribuido a estandarizar marcos y mejorar la comparabilidad.
Aunque algunos ven con buenos ojos las reducciones regulatorias, una parte significativa las considera un paso en la dirección equivocada. Esto refuerza el papel del capital como motor de cambio.
Cuando los inversionistas exigen datos, las empresas responden. La presión del mercado llena los vacíos que dejan los reguladores.
Gobernanza y datos de nueva generación
El entorno cambiante exige estructuras internas sólidas. Empresas como eBay han integrado sus equipos ESG al área financiera y creado comités específicos para asegurar coherencia y control.
La calidad de los datos se vuelve prioritaria. Ya no basta con estimaciones; se requiere información primaria, especialmente de proveedores clave. Este enfoque no solo reduce riesgos, también fortalece la toma de decisiones en un contexto donde la transparencia es sinónimo de credibilidad.
Más allá de la regulación
A pesar de los retrocesos, la inversión en sostenibilidad sigue creciendo. La economía verde supera los cinco billones de dólares anuales y continúa expandiéndose. Muchas empresas han alcanzado una etapa de madurez que les permite sostener sus compromisos incluso cuando el entorno político se vuelve adverso.
Esto demuestra que la divulgación climática en crisis no es el final del camino, sino una transición hacia modelos más resilientes. La fragmentación regulatoria de 2026 redefine las reglas del juego. Las empresas ya no pueden depender de un solo marco ni esperar lineamientos estables; deben construir sistemas flexibles capaces de adaptarse a múltiples escenarios.
En este nuevo capítulo, la transparencia se consolida como un activo estratégico. La divulgación climática en crisis no representa un retroceso definitivo, sino una oportunidad para que las organizaciones demuestren liderazgo, fortalezcan su gobernanza y conecten con inversionistas que siguen apostando por un futuro sostenible.








