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¿Qué consecuencias dejó un año de silencio climático impuesto por Trump?

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El primer año del segundo mandato de Donald Trump ha inaugurado algo más profundo que un viraje regulatorio: ha instalado una lógica de contención narrativa sobre el cambio climático desde el propio aparato estatal. Este silencio climático impuesto por Trump no opera únicamente mediante la despriorización política del tema, sino que, como ha señalado Eco-Bussines, opera a través de la reingeniería de los sistemas de información, la semántica institucional y la infraestructura científica que sostienen la acción climática. Se trata, en términos estratégicos, de intervenir la cadena de valor del conocimiento ambiental: desde la generación de datos hasta su disponibilidad pública.

Este fenómeno no puede leerse como una disputa ideológica más, sino como una alteración estructural del ecosistema de gobernanza climática. Cuando se restringe la evidencia, se debilitan simultáneamente la regulación, la planeación de riesgos, la inversión verde y la rendición de cuentas. Lo que está en juego no es solo la política ambiental de una administración, sino la arquitectura de confianza sobre la que operan mercados, gobiernos y ciudadanía frente a la crisis climática.

Arquitectura del negacionismo institucional: el rediseño el relato climático

Una de las operaciones más eficaces del periodo ha sido semántica. La eliminación sistemática de referencias al cambio climático y a la justicia ambiental en portales federales no es un gesto simbólico: es una táctica de desactivación política. El lenguaje define prioridades presupuestales, justifica regulaciones y orienta litigios. Suprimirlo reduce la urgencia institucional.

La Agencia de Protección Ambiental (EPA) eliminó alrededor de 80 páginas vinculadas con causas e impactos del calentamiento global y, en otras, suprimió explicaciones sobre su origen antropogénico. Lo que permanece enfatiza variabilidad natural. Este desplazamiento discursivo diluye la responsabilidad humana y, con ello, la obligación regulatoria.

Jonathan Gilmour, de Public Environmental Data Partners, advierte:

“Existe la percepción de que la ciencia que no se alinea con la agenda será silenciada”.

silencio climático impuesto por Trump

Su señalamiento apunta a un riesgo mayor: la politización selectiva de la evidencia. Cuando la ciencia se vuelve negociable, la política pública pierde anclaje técnico y se vuelve vulnerable a ciclos electorales.

El vaciamiento de los datos: gobernar desde la opacidad

Uno de los casos más ilustrativos —y menos comprendidos— del silencio climático impuesto por Trump es el de la Evaluación Nacional del Clima (National Climate Assessment), un informe científico de carácter federal que, desde 1990, ha funcionado como el principal instrumento de diagnóstico climático de Estados Unidos. Elaborado por agencias gubernamentales, universidades y centros de investigación, este reporte —mandatado por el Congreso— no sólo sintetiza evidencia sobre el calentamiento global, sino que proyecta impactos sectoriales en agricultura, salud, infraestructura y economía. En términos prácticos, ha sido la brújula técnica para políticas públicas y planeación empresarial frente al riesgo climático.

No obstante, durante el primer año del nuevo mandato de Donald Trump, el proceso de elaboración de la sexta edición —prevista para 2027— fue abruptamente interrumpido. La administración eliminó financiamiento, despidió o reasignó a expertos participantes y detuvo los grupos de trabajo. El sitio web que alojaba informes previos fue dado de baja, restringiendo el acceso público a evaluaciones históricas que documentaban la influencia humana en el aumento de temperaturas y los riesgos asociados.

La decisión tuvo efectos inmediatos en la comunidad científica. Investigadores que colaboraban como autores principales recibieron notificaciones informando que sus contribuciones ya no eran necesarias. Entre ellos, Rachel Cleetus, directora de políticas de la Union of Concerned Scientists, quien subrayó que la evaluación “no es prescriptiva ni partidista”, sino una herramienta basada en evidencia para la toma de decisiones públicas y privadas. Su cancelación no sólo detiene investigación futura; debilita la capacidad de adaptación de sectores económicos completos.

El punto crítico no es únicamente la suspensión de un informe, sino el desmantelamiento de la infraestructura de conocimiento que lo sostiene. Sin evaluaciones periódicas, gobiernos locales, aseguradoras, agroindustrias y planeadores urbanos pierden insumos clave para modelar riesgos. En términos de gobernanza climática, eliminar la Evaluación Nacional del Clima equivale a pilotar un sistema económico complejo sin panel de instrumentos: la incertidumbre deja de ser técnica y se vuelve política.

Así, el caso ilustra con claridad cómo el silencio climático impuesto por Trump no opera sólo en el discurso, sino en la arquitectura informativa del Estado: restringir datos, desfinanciar ciencia aplicada y limitar evaluaciones estratégicas reconfigura —desde la opacidad— la capacidad institucional de responder a la crisis climática.

silencio climático impuesto por Trump

Capital humano en retroceso: cuando la ciencia pierde músculo institucional

El impacto más profundo —y menos visible— reside en la erosión de la infraestructura humana. Despidos, reasignaciones e intimidación institucional están vaciando capacidades técnicas acumuladas durante décadas. Gilmour lo describe con precisión estratégica:

La infraestructura humana detrás de los conjuntos de datos está siendo recortada… Eso tiene consecuencias que aún ni siquiera comprendemos”.

La frase revela un riesgo intergeneracional: series de datos interrumpidas, metodologías no transferidas y conocimiento experto que migra al sector privado o se pierde.

Para el sector empresarial, esto implica operar con menor soporte científico estatal para normativas futuras, taxonomías verdes o métricas de transición. Paradójicamente, mientras los mercados demandan más disclosure climático, la fuente pública que lo sustentaba se debilita.

No obstante, la reacción de la comunidad científica ha sido significativa. Consorcios independientes han replicado bases de datos eliminadas, y organizaciones filantrópicas han financiado su preservación. Esta resistencia evidencia resiliencia sistémica, pero también revela una anomalía: la custodia de información crítica desplazándose del Estado a redes ad hoc.

¿Qué podría venir si el silencio climático impuesto por Trump se profundiza?

Si la tendencia persiste durante los próximos años de gobierno, las implicaciones escalarían en tres planos estratégicos:

  • Gobernanza pública debilitada:
    La continuidad del silenciamiento podría institucionalizar burocracias climáticamente inertes: menos monitoreo, menos reportes y menor capacidad de diseñar políticas de adaptación. El costo sería acumulativo: decisiones tardías siempre resultan más caras.
  • Mercados con mayor incertidumbre estructural:
    Sin datos federales robustos, las empresas dependerían de proveedores privados para evaluar riesgos climáticos. Esto elevaría costos de compliance, ampliaría asimetrías entre corporativos y pymes y podría frenar inversiones en descarbonización por falta de certidumbre técnica.
  • Efecto demostración geopolítico:
    La narrativa estadounidense tiene peso sistémico. Minimizar la ciencia climática desde Washington puede legitimar retrocesos en otras economías. Cleetus advirtió: “Este gobierno está atacando con un hacha lo que era la joya de la corona de la ciencia global”. La metáfora no es retórica: describe un daño reputacional a la gobernanza climática internacional.

En un escenario prolongado, podría emerger un orden climático fragmentado: bloques económicos acelerando la transición y otros utilizando marcos discursivos de negación para justificar inacción.

silencio climático impuesto por Trump

Cuando el silencio se vuelve política de Estado

El saldo del primer año confirma que el silencio climático impuesto por Trump es una estrategia de poder basada en controlar qué se mide, qué se publica y qué se financia. No es únicamente negacionismo; es gestión política de la visibilidad científica. Sus efectos ya impactan la transparencia institucional, la planeación económica y la confianza en la evidencia pública.

Si la trayectoria continúa, las consecuencias trascenderán el ámbito ambiental. Se erosionará la calidad de la democracia informacional, aumentarán los costos de la transición energética y se profundizará la desconexión entre ciencia y política pública. Para la agenda de responsabilidad social, el reto será actuar en un entorno donde la sostenibilidad ya no solo depende de innovación tecnológica o inversión, sino de la defensa activa del conocimiento que la hace posible.

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