Se puede crear un sistema de producción y comercialización viable que anteponga los derechos de las personas a un consumismo insostenible…

Bangladesh es un país que depende económicamente de la venta y producción de textil. Por ello, son varias empresas que se han fijado en este país para obtener prendas baratas y venderlas en sus tiendas alrededor del mundo.

La atracción para las inversiones extranjeras fue la competitividad en sus precios, ya que ellos producían mucho a un precio muy bajo. Tan bajo que incluso las condiciones en las que producían eran deplorables; sin seguridad en el trabajo y con sueldos demasiado bajos, incluso inferiores a los de un salario mínimo oficial.

Esto fue más notorio cuando se iniciaron diferentes investigaciones tras el suceso presentado en Rana Plaza, un edificio que se incendió y terminó con la vida de más de mil personas que se encontraban trabajando en la fábrica textil. Con ello, se destapó la explotación laboral de la moda rápida, así como las malas prácticas dentro de la producción de ésta.

Comercio justo en la actividad textil

De acuerdo con la campaña Ropa Limpia, la cadena de valor del textil, deja a los trabajadores menos del 2% de lo que finalmente se paga por la prenda de vestir.

Comercio justo en la actividad textil

Casi toda la actividad textil se concentra en el distrito de Narayanganj, cerca de la capital. La mayoría de los trabajadores llegan al centro de trabajo desde lugares lejanos de las zonas rurales y muchos, para poder ahorrar más y mantener a sus familias en origen, duermen en las fábricas, en ocasiones debajo de su mesa de coser.

En el campo, la mayoría de la gente vive gracias al cultivo del arroz, el principal alimento en esta zona. Sin embargo, la ganancia que se obtiene al trabajar en este sector, apenas llegan a los 1,50 euros diarios. Y cuando los hombres marchan a Narayanganj, o incluso emigran a los países del golfo Pérsico para trabajar en la construcción de rascacielos, estadios de fútbol y espacios de lujo refrigerado en medio del desierto, entonces las mujeres se quedan con los hijos y las hijas.

De acuerdo con datos de El País, así era la situación de una pequeña niña llamada Aroti. Ella aprendió a tejer las hojas de palmera para hacer cestos, alfombras y casi cualquier utensilio. Su abuela le había enseñado. Y cuando una vecina le propuso hacer cestos para una organización que le pagaría unos 3,50 euros por cada cesta, enseguida calculó que podía hacer una en dos días, dedicando ratos en los que los niños estuvieran en la escuela o dormidos. Y empezó.

Comercio justo en la actividad textil

A la vez que Aroti, había otras siete mujeres vecinas que estaban preparando el pedido. Se trataba de más de cien cestas. En un mes debían tenerlas hechas. Con este trabajo, reforzaron los vínculos entre ellas. Llegó un momento en el que se turnaban en el cuidado de todos sus niños y niñas, para poder seguir tejiendo cestos y cumplir con el encargo. Consiguieron entre todas cerca de 400 euros. Tan solo eran ocho mujeres. Y tan solo fue un mes. Pero el buen trabajo conllevaría más pedidos. Más mujeres. Más meses. Más cooperación entre ellas. Más resistencia a la pobreza.

Otras mujeres consiguen vender estos cestos en las tiendas de comercio justo en algunas ciudades. Y también son mayoritariamente mujeres quienes los compran y hacen posible que esta cadena de justicia funcione.

Sin embargo, es necesario que se cree un sistema de producción y comercialización que convenga a ambas partes; además de que guarde y cuide los derechos de las personas que lo producen. El sistema ya existe y se llama comercio justo y, entre otros muchos bienes, provee de ropa de excelente calidad.

Acerca del autor

Janneth Del Real

Licenciada en Periodismo por la Escuela de Periodismo Carlos Septién. Ha trabajado en el periódico Mas por Más, revista SuperMujer, Pulso Pyme, Linio y en el Periódico AM de Querétaro. Actualmente desarrolla contenidos para Expoknews.

Mujer positiva que siempre busca el para qué de las cosas.