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‘Coalie’: la polémica mascota con la que Trump normaliza el carbón como energía “limpia”

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La imagen es tan llamativa como inquietante: un trozo de carbón con ojos enormes, sonrisa permanente y vestimenta de minero aparece de pronto como símbolo oficial de una política energética. No se trata de una broma ni de una campaña infantil, sino de una estrategia cuidadosamente diseñada para reconfigurar el relato alrededor de uno de los combustibles más cuestionados del mundo.

De acuerdo con The Guardian, en un contexto de urgencia climática, debates regulatorios y tensiones sociales en territorios históricamente mineros, la administración Trump apostó por el poder del storytelling visual. Así nació Coalie, un personaje que busca suavizar décadas de impactos ambientales y sanitarios mediante una estética amable, casi tierna, que interpela tanto al público general como a audiencias menos familiarizadas con los costos reales del carbón.

De meme interno a emblema político

Aunque hoy aparece como portavoz oficial, Coalie no surgió en un laboratorio de comunicación política. Sus orígenes se remontan a 2018, cuando una imagen informal —un trozo de carbón con ojos saltones— comenzó a circular en redes sociales vinculadas a la Oficina de Recuperación y Cumplimiento de la Minería a Cielo Abierto (OSMRE).

Lo que en su momento fue un recurso lúdico terminó convirtiéndose en un activo estratégico. Con el paso del tiempo, el personaje fue adquiriendo atributos: casco, botas, guantes y un discurso alineado con la promesa de revitalizar una industria en declive.

El salto definitivo ocurrió cuando la imagen, aparentemente generada por inteligencia artificial, fue retomada por altos funcionarios del gobierno para encarnar la llamada “Agenda de Dominación Energética Estadounidense”.

La irrupción de la mascota Coalie en la narrativa energética

La presentación pública del personaje marcó un punto de inflexión. Doug Burgum, entonces secretario del Interior, no solo compartió la imagen en redes sociales, sino que le asignó un rol político explícito, dotándolo de voz y misión institucional.

Desde ese momento, la mascota Coalie comenzó a aparecer como embajadora de una visión que busca resignificar el carbón, desligándolo de su carga histórica de contaminación y asociándolo a conceptos como orgullo nacional y seguridad energética. Este recurso no es casual:

Humanizar objetos o industrias controvertidas permite generar cercanía emocional, diluir el conflicto y desplazar el debate técnico hacia el terreno simbólico.

Estética kawaii, mensaje duro

Uno de los elementos más discutidos es el contraste entre la estética del personaje y la realidad que representa. Sus grandes ojos y sonrisa remiten a un estilo japonés de ternura ampliamente utilizado en juguetes y marcas dirigidas al consumo masivo.

Las imágenes difundidas lo muestran en escenas idílicas: reuniones de oficina, familias sonrientes o antiguas minas convertidas en áreas de picnic. Todo parece indicar una intención clara de reescribir visualmente el pasado y el presente del carbón.

Esta narrativa choca frontalmente con la experiencia de comunidades afectadas por la minería a cielo abierto y la quema del combustible fósil más contaminante.

El impacto simbólico de la mascota Coalie en la opinión pública

El uso de este personaje representa una forma de banalización del daño. La mascota Coalie no solo invisibiliza las emisiones y la contaminación, sino también los problemas de salud que han marcado a generaciones de trabajadores mineros.

Voces como la de Junior Walk, desde Virginia Occidental, han denunciado el uso de inteligencia artificial y comunicación amable para “ponerle una cara sonriente” a una industria vinculada a enfermedades mortales como el pulmón negro.

El debate, entonces, trasciende lo comunicacional: interpela la ética de las políticas públicas y el rol del Estado en la construcción de relatos que afectan la percepción social del riesgo.

Mercado, regulaciones y contradicciones

Más allá del esfuerzo simbólico, la realidad económica sigue imponiendo límites. El carbón enfrenta la competencia de fuentes más baratas y limpias como la solar y la eólica, mientras la automatización reduce la necesidad de mano de obra. A esto se suman decisiones políticas controvertidas: flexibilización de normas ambientales, retrocesos en protecciones laborales y recortes a fondos destinados a la remediación de minas abandonadas.

El resultado es una paradoja evidente: se promueve una imagen optimista mientras se profundizan tensiones sociales y ambientales que el personaje no puede ocultar.

Coalie no es solo una curiosidad gráfica, sino un síntoma de cómo la comunicación puede ser utilizada para moldear percepciones en momentos de crisis. En lugar de abrir un diálogo honesto sobre transición energética justa, la estrategia apuesta por el maquillaje simbólico de un problema estructural.

Para quienes trabajan y reflexionan en el ámbito de la responsabilidad social, el caso invita a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿hasta qué punto el storytelling puede —o debe— sustituir a la rendición de cuentas? La respuesta, como el propio carbón, sigue siendo densa y difícil de disimular.

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