Persona, Empresa y Sociedad

Campoamor en Navidad

Dicen que cada uno es más hijo de su época que de sus padres. Quizá por eso me vienen a veces a la memoria voces e imágenes que se diría que emergen desde recónditos pliegues biográficos.

Y me veo en el colegio aprendiendo de memoria los versos de Campoamor, “en este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira”. Con el paso de los años, en algún momento me pregunté si no sería Campoamor un ripioso precursor de la postmodernidad.

Pero, vistas las postmoderneces que gastan algunos, ni a vulgares campoamores de bolsillo llegan. Quizá por eso un día comprendí que con Campoamor me había equivocado de enfoque.

Porque su aparente trivialidad esconde una interpelación crucial, irrebasable. Hombre, Campoamor: que en función del cristal con el que miramos el mundo se nos colorea de una manera u otra, eso ya la sabemos.

La pregunta que no podemos dejar de responder, porque nadie la contestarà en nuestro lugar, es la pregunta por el color de las gafas que hemos elegido para ver nuestra realidad. La pregunta sobre el color de lo que vemos es secundaria: la primaria es la pregunta sobre el color de los cristales que hemos decidido ponernos (o hemos aceptado pasivamente) para mirar el mundo.

Por eso Mario Benedetti, corrigió a Campoamor: “todo es según el dolor con que se mira”. Yo tenía un colega en ESADE (Sam Husenman, que lamentablemente ya murió) que era un tipo genial, provocativo, inclasificable, que siempre especialmente cuando me veía caminar acelerado por el pasillo me paraba con alguna pregunta que me descolocaba.

Pero un día me paró para hacerme una confesión: “he de decirte que no he empezado a entender un poco todas esas cosas incomprensibles de la ética que explicas hasta que me he aficionado a la pintura, porque para poder empezar a pintar antes he de tomar una decisión fundamental: he de escoger el punto de vista, he de decidir desde dónde miro”. Ignoro si nunca pintó nada, y si simplemente me azuzó una vez más, pero en mis recovecos neuronales, él y Benedetti quedaron hermanados.

Campoamor, Benedetti, Sam… han despertado juntos en algún ignoto lugar de mi memoria con ocasión de una felicitación de Navidad que he recibido de un amigo que vive lejos de España, trabajando para una ONG, y que me tomo la libertad de transcribir parcialmente:

Pero será que envejezco, lo cual no esta mal pues no aprecio mucho la alternativa, o será que la distancia a la gente muy querida, o la cercanía a la gente más devastada y maltratada hace que uno mire las cosas de otra manera, hace que uno a veces también use el calendario para algo más que para poner citas y se pare un momento y mire a su alrededor…

…y créeme hay mucho alrededor que es bien doloroso y lacerante, basta con salir de nuestra confortable realidad para verlo, con mirar un poco más allá de las noticias que a base de repeticiones banalizan el dolor, la miseria, la podredumbre, la injusticia y el confort de los que consideran que este es un mal necesario, que estamos en un proceso necesario, que patear unos cuantos derechos no compromete un futuro maravilloso, que, bueno, tampoco es para tanto, de hecho solo son unos pocos pobres, igual incluso ciudadanos, pero de poca importancia…sino explícate Honduras, o el desprecio por tomarse en serio el cambio climático que va a anegar, entre otros cientos de lugares, medio Bangladesh, o porque los inmigrantes no pueden acceder a servicios porque son caros y el estado del bienestar va a colapsar pero los bancos consiguen sumas Billonarias en dias, o Darfur y el silencio cómplice cuando echan a los pocos actores humanitarios que allí quedan…

…o celebrar un nobel de la paz enviando más tropas…

…pero también es cierto que hay esperanza, será que uno es optimista -en mi negocio no tengo muchas opciones, pues el cinismo no es una de ellas- pero la hay, yo, al igual que veo cada día la miseria, veo la esperanza, la veo en miles de personas que creen, que confían, que pelean, que se dejan la piel, que saben que se puede, que se preocupan, que ponen su grano de arena…y no hablo de los grandes héroes, con los que también tengo la fortuna de compartir momentos maravillosos…

…hablo de gente como tú y como yo, hablo de gente que cada día, desde donde estamos parados, intentamos hacer el mundo un poco mejor, en lo cotidiano, en nuestro rol como ciudadanos, en como educamos a nuestros hijos y en como miramos el mundo y como nos comprometemos con los demás…

…así que esta es mi felicitación de navidad, un poco heterodoxa, que le vamos a hacer? Solo quiero compartirte esta esperanza, esta convicción de que estamos en el mismo bando, de que somos muchos, de que de hecho somos más…

¿Por qué estas palabras tienen pleno sentido, más allá de acuerdos y desacuerdos concretos? Porque la Navidad no es un mensaje universal emitido desde ninguna parte, sino una invitación a transformar nuestro punto de vista, una invitación a hacer más clara y transparente nuestra mirada. Y, si se me permite, un punto de vista y una mirada que sean también más compasivos.

Habermas cuenta que las últimas palabras que escuchó en boca de un Marcuse prostrado en la UVI fueron: “¿Ves?, ahora sé en qué se fundan nuestros juicios valorativos más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”. La compasión ha sido una palabra maldita en los últimos años.

Muchos de quienes viven del tópico la han ridiculizado diciendo que arrastra un tufillo de sacristía; aunque, por supuesto, no hayan pisado una en su vida. Pero en estos tiempos de la inteligencia emocional y del milagro de la multiplicación de los gurus y los coachees, la compasión se vende como si fuera mermelada sentimental, algo dulzón, pringoso, fácil de digerir, propio de postales para el recuerdo de nuestras perennes vacaciones morales.

Porque, en nombre del realismo, una cierta disociación cuando se trata de la acción suele estar bien vista, como si fuera un toque de distinción. Hay que ser racional, organizado, sistemático. Actuar eficientemente consiste en no dejarse dominar por los sentimentalismos, claro está. Los hechos, la cruda realidad exigen toda la primacía.

Bastante complejas son las situaciones que vivimos como para perturbar y complicar nuestra percepción con comentarios como los de un Marcuse agonizante. Ya lo dijo una vez alguien, con una siniestra ingenuidad: “la economía va bien, son las personas las que están mal”.

Hoy ya está en la agenda reclamar valores como la responsabilidad, la tolerancia, el diálogo, la innovación. Valores que se reclaman para guiar y orientar nuestra acción. Nuevos prometeos encadenados a nuestra falaz omnipotencia, seguimos olvidando que la acción humana no tan sólo hay que orientarla, incentivarla o motivarla.

También hay que inspirarla, nutrirla y arraigarla en los recovecos personales más íntimos. Hay que acabar con el prejuicio, por poner un ejemplo, de que la responsabilidad atañe a nuestra vida pública y la compasión a nuestra vida privada. Hay que acabar con la idea de que lo normal es que quien tiene poder no tenga (no pueda tener) compasión, y que quien tiene compasión no tenga poder (o, incluso, que es mejor que no lo tenga).

Se puede objetar que en los últimos tiempos esto se está corrigiendo, entre otras cosas mediante las populares ensaladas de inteligencia emocional, autoestima y autoayuda. No lo niego, pero dudo de que se trate de una corrección. Porque muy a menudo me da la impresión que el uso de estos términos (siempre con el auto en primer lugar) al final se orientan -en la práctica- a seguir engordando un ego que, como el insulso Leonardo DiCaprio, quiere encumbrarse en medio de los mares gritando “soy el rey del mundo” (o de mi mundo), sin saber que navega en su propio Titanic de bolsillo.

La compasión no es tan sólo un valor privado o un ejercicio sentimental: es también un valor público. De la misma manera que reiteramos la necesidad pública y social de la responsabilidad, también podríamos referirnos a la de la compasión. Hablamos enfáticamente de justicia, de solidaridad: ¿por qué no hablar también de la compasión?; ¿por qué no hablar también de promover formas de vida más compasivas?

Porque la compasión no es nunca un puro sentimiento íntimo, mermelada emocional, gelatina espiritual. La compasión es –puede ser- principio inspirador de nuestra acción, principio estructurador de nuestra percepción, principio configurador de nuestras prioridades.

Se trata de nuestra capacidad y de nuestra disponibilidad para sintonizar con el arranque de la Gaudium et Spes: los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son –pueden ser, deberían ser, nos interpelan para que sean- nuestros propios gozos, esperanzas, tristezas y angustias.

Todo es según … con que se mira, pues. Y nuestra opción fundamental, de la que no podemos escapar y a la que no podemos renunciar, consiste en rellenar los puntos suspensivos. Que esta Navidad sea una invitación a transformar nuestra mirada, a adquirir una mayor conciencia del punto de vista que elegimos, a acompañarnos unos a otros en el camino de depurar nuestra mirada y hacerla cada vez más limpia, abierta, atenta, receptiva… libre…

Visite la fuente en el blog de Josep M. Lozano



Josep M. Lozano

Profesor del Departamento de Ciencias Sociales e investigador senior en RSE en el Instituto de Innovación Social de ESADE (URL). Sus áreas de interés son: la RSE y la ética empresarial; valores y liderazgos en las organizaciones; y espiritualidad, calidad humana y gestión. Ha publicado sus investigaciones académicas en diversos journals. Su último libro es La empresa ciudadana como empresa responsable y sostenible (Trotta) Otros de sus libros son: Ética y empresa (Trotta); Los gobiernos y la responsabilidad social de la empresa (Granica); Tras la RSE. La responsabilidad social de la empresa en España vista por sus actores (Granica) y Persona, empresa y sociedad (Infonomía).

Ha ganado diversos premios por sus publicaciones. Fue reconocido como Highly commended runner-up en el Faculty Pionner Award concedido por la European Academy of Business in Society i el Aspen Institute. Ha sido miembro de la Comissió per al debat sobre els valors de la Generalitat; del Foro de Expertos en RSE del MTAS; del Consejo Asesor de la Conferencia Interamericana sobre RSE del BID; y de la Taskforce for the Principles for Responsible Business Education del UN Global Compact. En su página web (www.josepmlozano.cat) mantiene activo un blog que lleva por título Persona, Empresa y Sociedad

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