No todos los gases de efecto invernadero contribuyen de la misma manera al calentamiento global. Aunque el dióxido de carbono suele ser uno de los más populares cuando se habla de la crisis climática, existen otros gases cuya influencia es desproporcionadamente mayor en el corto plazo. El metano, un gas de vida atmosférica relativamente corta pero con un poder de calentamiento extraordinario, ha sido responsable de una parte sustantiva del aumento de la temperatura global observado hasta ahora. Ignorar su impacto implica perder una de las palancas más eficaces para frenar la crisis climática en el tiempo disponible.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha sido claro: reducir de manera rápida y sostenida las emisiones de metano es vital para limitar el calentamiento global en las próximas décadas. A diferencia del CO₂, cuyos efectos se acumulan durante siglos, combatir el metano ofrece resultados casi inmediatos. En un contexto donde cada décima de grado cuenta, este gas se ha convertido en un factor decisivo para mantener abiertos los escenarios climáticos más seguros.
¿Por qué combatir el metano es una prioridad climática inmediata?
El metano es considerado un supercontaminante porque, en un periodo de 20 años, tiene un potencial de calentamiento hasta 80 veces mayor que el del CO₂. De acuerdo con estimaciones científicas, este gas ha contribuido aproximadamente con 0,5 °C al aumento de la temperatura global, casi la mitad del calentamiento observado. Esta cifra por sí sola explica por qué reducir sus emisiones es una de las estrategias más eficaces para desacelerar el calentamiento a corto plazo.
Otra razón clave es su comportamiento atmosférico. El metano se descompone relativamente rápido, lo que significa que disminuir sus emisiones hoy puede traducirse en una reducción tangible del calentamiento en apenas una o dos décadas. Para los especialistas en responsabilidad social y sostenibilidad, esto convierte al metano en un “freno de emergencia” climático: una oportunidad única para ganar tiempo mientras se avanza en la descarbonización estructural de la economía.

Además, gran parte de las emisiones de metano provienen de fuentes identificables y, en muchos casos, evitables. Sectores como el petróleo y el gas, la agricultura intensiva y la gestión de residuos concentran emisiones que pueden mitigarse con tecnologías y prácticas ya disponibles. En este sentido, combatir el metano no es una apuesta futurista, sino una decisión basada en soluciones existentes y con alto retorno climático.
El metano como supercontaminante: fuentes, riesgos y oportunidades
Uno de los aspectos menos visibles del problema del metano es la existencia de superemisores ocultos, como los pozos de petróleo y gas huérfanos y abandonados. Aunque ya no producen energía, muchos de estos pozos continúan filtrando metano durante décadas. Mediciones de campo han demostrado que algunos emiten volúmenes mínimos, mientras que otros superan los umbrales que las autoridades ambientales consideran eventos críticos de superemisión.
El riesgo de estas fugas va más allá del clima. La liberación constante de metano representa una amenaza para la seguridad de las comunidades cercanas y para los ecosistemas locales. Al no estar documentados ni monitoreados, estos pozos suelen quedar fuera de las estrategias climáticas corporativas y gubernamentales, a pesar de su impacto acumulado en el calentamiento global.
Frente a este desafío, han surgido enfoques basados en la ciencia que priorizan la medición rigurosa, el taponamiento permanente y el monitoreo continuo. Identificar con precisión las emisiones, aplicar marcos conservadores de estimación y garantizar la permanencia de las reducciones son elementos clave para asegurar la integridad ambiental de los proyectos de mitigación. Este tipo de intervenciones demuestra que combatir el metano puede hacerse con altos estándares de credibilidad y transparencia.

Desde la perspectiva corporativa, la reducción del metano también representa una oportunidad estratégica. La demanda de proyectos de mitigación de supercontaminantes está creciendo, especialmente entre empresas que buscan resultados climáticos de corto plazo que complementen sus compromisos de largo alcance. Integrar la mitigación del metano en las estrategias ESG permite generar beneficios climáticos inmediatos y reforzar la solidez de las metas de sostenibilidad.
El metano como palanca crítica de acción climática
Combatir el metano ya no es una opción secundaria dentro de la agenda climática, sino una prioridad respaldada por la ciencia. Su capacidad de acelerar el calentamiento global y, al mismo tiempo, ofrecer beneficios rápidos cuando se reduce, lo convierte en un eje estratégico para cualquier enfoque serio de acción climática. Ignorarlo implica renunciar a una de las herramientas más eficaces disponibles para limitar los impactos en el corto plazo.

Hoy, el desafío es claro: incorporar la mitigación del metano como parte integral de sus estrategias climáticas, especialmente abordando fuentes históricamente desatendidas como los pozos abandonados. Apostar por soluciones de alta integridad, con medición robusta y resultados verificables, no solo fortalece la credibilidad ESG, sino que contribuye de manera tangible a contener la crisis climática en el momento en que más importa.







