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Visiones de Esperanza: Nadja Halilbegovich

ALGUNAS VECES TOMO MI DIARIO Y LEO SUS PÁGINAS; sus hojas blancas extendidas, tan dulces como suaves vendajes revelando una cicatriz de recuerdos. Algunos de mis recuerdos son dolorosos y oscuros, traen de regreso los gritos, las sirenas y los cuerpos sin vida de gente inocente en las calles. Algunos llenan mis ojos de lágrimas y lastiman mi alma con gran dolor. Duele leer, mi corazón quiere salirse de mi cuerpo, no quiere volver a experimentar todas esas cosas horribles. Mi diario siempre fue mucho más que un cuaderno. Fue mi modo de sobrevivir, de permanecer humana y sensata.

Hoy, cuando lo leo, me esfuerzo por conservar mi vida por lo que luché. Cuando la guerra empezó tenía doce años, era una niña alegre y despreocupada cuando las manos ensangrentadas de la guerra se robaron mi infancia.

Antes de la guerra, vivía feliz con mis queridísimos padres y hermano.Éramos una familia de clase media alta, como lo eran muchos otros en Sarajevo. Mi madre era gerente de negocios en el Banco Nacional de Bosnia y Herzegovina.

Mi padre era gerente en una de las grandes editoriales. Teníamos un hermoso departamento en el decimocuarto piso, una casa en el campo donde pasábamos nuestros fines de semana, una cabaña y un poco e tierra en la isla de Brach, en el mar Adriático, y dos automóviles.

Me entristece saber que la mayoría de la gente conoce muy poco acerca de Bosnia y Herzegovina es una hermoso país que se encuentra entre Italia y Grecia. La capital de mi tierra natal es la bella ciudad de Sarajevo.

Debido a los noticieros televisivos, la mayoría de la gente se debe imaginar mi ciudad sin electricidad, agua, gas y comida. Aunque durante la guerra vivimos sin estos bienes esenciales, antes de la guerra vivimos sin estos bienes esenciales, antes de la guerra Sarajevo era una ciudad moderna como muchas ciudades de Estados Unidos.

Rodeada por un magnífico anillo montañoso, Sarajevo albergó los Juegos Olímpicos de Invierno en 1984. Era realmente un lugar cosmopolita, donde la gente acogía a los visitantes con un pastel, el cevepi, un rollo de carne y un vaso de agua pura de manantial de las montañas. Mi querido Sarajevo, hoy en día, no se ve así. Nunca ha fallado su espíritu; su alma, junto con la hospitalidad y orgullo de su gente, permanecerán para siempre.

La guerra llegó de repente. Recuerdo la mañana cuando desperté y empece a arreglarme para ir a la escuela. Entré a la sala y encontré a mis padres con cara de tristeza y preocupación. Dijeron que no podía ir a la escuela.

Grupos de hombres armados, portando pasamontañas, habían pues barricadas en toda la ciudad y bloqueado las calles.

Durante las primeras semanas de confusión y caos, creía que la locura acabaría pronto y que todo sería como era antes. Creía que los hombres armados simplemente desaparecerían. Ninguna de mis esperanzas y deseos se hizo realidad.

El 31 de mayo de 1192, estaba asustada como nunca antes. Ese día mis dedos temblorosos abrieron la cubierta de un viejo cuaderno y empecé a escribir mi diario.

Finalmente dejé que mis lágrimas, que hacía mucho se habían congelado, cayeron libremente en mi cara. Liberé emociones que llevaban mucho tiempo asidas en mi interior. Me di cuenta de que un prisionero de su propia mente y espíritu. El cuerpo puede herirse y padecer hambre, sin embargo la mente y espíritu se deben alimentar.

Pronto nos acostumbramos a la guerra. Sé que un ser humano puede sobrevivir a condiciones inimaginables porque en el fondo del espíritu humano reside un deseo eterno por vivir, por ser llegar a ser. Me acostumbré a subir agua por las escaleras hasta el decimocuarto piso.

Me acostumbré a no tener la comida que solíamos comer. Incluso me acostumbré a despertar en las mañanas por el ruido de la explosión de granadas en lugar de hacerlo por la voz cálida de mi queridísima madre. Mi familia se esforzó para hacer nuestras vidas más fáciles, para lograr que el cambio repentino fuera un poco más suave. Plantamos vegetales en nuestro balcón y éramos felices decorando un plato de arroz con un poco de lechuga o con una rebanada de jitomate.

Mi madre iba a trabajar aunque nunca le pagaron y pese a que tenía que caminar doce millas todos los días. A cada paso estaba en peligro de morir por las bombas o por los tiroteos. Muchas mañanas, horrorizada por el temor de que la mataran, la veía cepillarse el cabello y maquillarse su hermoso rostro. Cuando, en llanto, le rogaba que no fuera, me decía que no podía quedarse en casa porque los días sin fin la matarían.

Mi padre perdió su trabajo debido a nuestro religión, así que durante la guerra fue voluntario de la Cruz Roja.

Durante mucho tiempo, no pude entender la razón por la cual perdió su trabajo, pues yo nunca había juzgado a nadie con base en su religión. Mi familia y yo somos musulmanes. Creemos firmemente en Dios, sin embargo siempre acogimos bien a nuestros vecinos y amigos que eran cristianos, judíos u ortodoxos. Yo crecí con un dicho de mi padre: “Aquel que no respeta la religión de los demás, no respeta su propia religión.”

Debido a que era una niña pacífica, nunca me detuve a pensar en todas las cosas que hacían que mi vida fuera alegre. Nunca pensé que un día me despertaría y ya no estarían. Lo primero de lo que
estuve privada fue la escuela y mis amigos. Algunas veces mis amigos del edificio y yo nos juntábamos e el sótano y tomábamos clase con nuestra maestra. Durante el invierno, cada uno llevaba un poco de madera y tratábamos de calentarnos con una estufa vieja. Algunas mañanas me levantaba sólo porque estaba ansiosa de ir a la escuela y ver a mis amigos; el bombardeo empezaba y la escuela se cancelaba. Mi deseo de aprender pese a todo, nunca decayó, así que mucha veces sacaba mis libros y estudiaba por mi cuenta. Tenía un horario para todos los días, estudiaba bosnio, inglés, francés y matemáticas; también practicaba la guitarra y el canto.

La guerra me robó, sin piedad, cuatro años de mi vida. Del mismo modo que cualquier niño lo hubiera hecho, me aclimaté a las nuevas condiciones de vida, olvidándome de lo anterior. Cada lágrima que manchaba mi almohada por la noche, cuando lo único que podía oír eran sirenas y granadas, era una lágrima en señal de luto por todos los ciudadanos inocentes que habían perdido sus vidas. con frecuencia me sentía triste pues la guerra abrió mis ojos a tan corta edad, incluso pienso que aprendí una gran lección, aunque algunas veces duele tanto que hubiera preferido no haberla aprendido. Sólo mis sueños, tan bellos que pudieron resistir todas las atrocidades de la guerra, tan invulnerables que ni las granadas pudieron dañarlos, mantuvieron mi cabeza y mis esperanzas en alto y brillantes. Me di cuenta de que los caminos suaves y llenos de color de mis sueños con frecuencia se cruzaban con los caminos de la cruel realidad. Esos eran los momentos de prueba de mis sueños, mi determinación y mi fe.

La guerra me enseño que cada ser humano tiene un lado oscuro y uno brillante. Nuestra opción consiste en luchar contra el lado oscuro y mostrar nuestros sentimientos cálidos y bellos o dejarnos ser débiles y sin esperanza, amagados y mezquinos. Espero que la calidez y los colores brillantes del amanecer y la luz radiante de las estrellas de media noche que se encuentran en el cielo de mis sueños, siempre iluminen mi alma con bondad y fe.

Espero que alumbres el camino de mi existencia con paz y sinceridad.

Obtenido del Libro: Arquitectos de la Paz
Publicado por: Michael Collopy, durante este año

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