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¿Una crisis moral?

Las dimensiones de la actual crisis económica y financiera la han colocado en el centro de la agenda política, científica y mediática. Se han realizado múltiples análisis sobre sus causas, repercusiones y posible evolución. Sin embargo, muchas de estas aproximaciones han dejado de lado su componente ético o, si lo han contemplado, ha sido de manera superficial. Esta es la opinión del profesor del IESE Antonio Argandoña, que en el artículo “Crisi financiera: a la recerca d’uns criteris ètics” explica desde el punto de vista de la ética por qué se ha llegado a esta situación.

Los medios de comunicación han incidido mucho en la codicia de los banqueros, la multiplicación de los casos de fraude, la creación de incentivos perversos y de las conductas imprudentes como causantes de la crisis. Pero estas tesis pretenden explicar demasiado.

La codicia no es nueva
Hay quien sitúa la codicia en el centro de la ecuación llamada a resolver el porqué de la crisis. No obstante, ésta siempre ha existido y por este motivo se han diseñado mecanismos de control en forma de leyes, para evitar que degenere en fraudes y corrupción de forma alarmante.

Lo que ha ocurrido estos últimos años es que se han producido unas condiciones (tipos de interés bajos, abundante liquidez, innovaciones financieras, etc.) que han permitido que los beneficios obtenidos con estas conductas sean más altos. En segundo lugar, la propia sociedad ha generado situaciones de “codicia inducida” al premiar a aquellos que han tenido éxito con sus conductas codiciosas.

Si bien se detecta un problema ético de fondo, lo que ha fallado sobre todo es la función de control. Permitiendo que se crease el caldo de cultivo óptimo para abrir el apetito por el excesivo beneficio y no impidiendo actuaciones demasiado arriesgadas y conductas fraudulentas.

En Estados Unidos, la codicia se observa, por ejemplo, detrás de prácticas como la remuneración de los brokers de hipotecas en función del volumen que concedían en lugar de su solvencia o en el riesgo que las entidades financieras adquirieron gracias a la garantía explícita o implícita del Gobierno. Pero son los fallos en el sistema de regulación y control los que han permitido, en última instancia, llegar al punto en el que nos encontramos.

Altas remuneraciones y estafas
Con la codicia siempre de telón de fondo, se ha puesto en exceso el acento en las altas remuneraciones de los directivos o las estafas. De acuerdo al profesor Argandoña, más que causas, habría que entender estos episodios como efecto de un contexto concreto.

Los grandes ingresos de directivos y analistas financieros se explican por el hecho de que el dinero siempre va a aquello que está de moda, lo que produce un alza en los precios del cual los diferentes agentes implicados intentan sacar el máximo provecho. Pero la cuantía de estas remuneraciones no explica el volumen de pérdidas de los bancos.

Tampoco casos de fraude como el de Bernard M. Madoff sirven para explicar la crisis. La tentación al fraude ha estado siempre presente y para prevenirla están los reguladores y los jueces.

La falta de transparencia es otra característica de muchas conductas que condujeron a la crisis. La escasa claridad en algunas operaciones, la ocultación de información o su falseamiento hacen pensar que los gestores de algunas entidades eran conscientes de que estaban llevando a cabo conductas inmorales. Algunos directivos demostraron falta de fortaleza en unos casos, otros hicieron gala de prepotencia y arrogancia, convencidos de que sus conocimientos eran superiores, que no tenían por qué someterse a la supervisión de otras personas o que estaban por encima de la ley y de las normas morales.

El autor también detecta una falta de prudencia por parte de banqueros y hombres de negocios, favorecida por las condiciones de bajos tipos de interés, abundancia de liquidez e inflación moderada y estable que se han producido en los últimos años. Estas actuaciones dieron lugar a conductas gregarias o de rebaño, que se plasmaron en la búsqueda de beneficios inmediatos y el abandono de proyectos o inversiones que, sin proporcionar réditos al momento, podían asegurar un futuro próspero para las compañías.

¿Podía la ética haber evitado la crisis?
Se han producido en estos años prácticas de mal gobierno fruto en muchos casos de la incompetencia de quien tomaba las decisiones. Y es que la gestión óptima de toda empresa pasa obligatoriamente por valorar desde el punto de vista ético cada una de las decisiones que se toman.

Pero, ¿hubiese sido suficiente con una gestión ética para evitar la crisis? Probablemente no. Una empresa bien gestionada no es necesariamente una empresa con la continuidad garantizada, ya que puede cometer errores de cálculo, de expectativas, etc. Si la ética no puede garantizar el éxito de una empresa, tampoco la de todo un sistema.

Sin embargo, sí que podía haber amortiguado las consecuencias de la crisis en los siguientes términos:

• Evitando la quiebra de algunas instituciones o hacerla menos probable.
• Contribuyendo a la creación de un clima diferente en el mundo de los negocios.
• Aportando un grano de arena al mantenimiento de la confianza. Su pérdida ha sido una de las consecuencias más graves de la crisis actual.

La recuperación de la confianza y la creación de las condiciones que permitirán desarrollar en el futuro un sistema financiero basado en la confianza son dos razones poderosas para desarrollar una cultura ética en las instituciones financieras.

Una ética aplicada con carácter general en el conjunto de las instituciones financieras hubiese hecho menos probable la crisis y hubiese aminorado sus consecuencias. De cara al futuro, la ética debe formar parte de los fundamentos de un sistema financiero que, como mínimo, sea capaz de evitar crisis como la que vivimos y sea un instrumento de crecimiento, justicia y prosperidad.

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