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Sir Richard Brandson: terminen con la guerra contra las drogas

Los traficantes de drogas deberían estar preocupados de que se les vaya a evaporar el pan de cada día y se vean obligados a regresar a vivir con su madre. La gente ha olvidado que, hace algunos decenios, la delincuencia por lo general no era una buena forma de ganarse la vida: fue después de iniciada la guerra contra las drogas cuando la cultura popular empezó a presentar el narcotráfico como el escape de la pobreza a la riqueza. Pero sólo unos cuantos criminales realmente se hicieron ricos y, como lo demuestran los autores de Freakonomics, Stephen J. Dubner y Steven D. Levitt en su libro de 2005, muchos vendedores de droga callejeros viven con sus padres y tienen empleos de medio tiempo para llegar a la quincena. Otros estudios han demostrado que muchos de esos mismos trabajadores explotados son adictos empedernidos. Para suspender el flujo de dinero a los capos criminales, lo único que habría que hacer sería declarar el alto a la guerra contra los estupefacientes y despenalizar el consumo de sustancias ilegales.

La guerra contra las drogas canaliza dinero precisamente a quien no debería. Cuando los funcionarios públicos tienen un programa de represión fuerte contra el crimen, los traficantes de narcóticos se benefician, ya que el precio de éstos aumenta, mientras la demanda sigue siendo la misma. Esta es una industria que gana más de 300,000 millones de dólares al año y con unas ganancias de ese calibre en juego, los delincuentes harán lo que sea para evadir a la policía: trasladar sus operaciones de manufactura a los países donde las autoridades no pueden perseguirlos; comprar armamento pesado (como es el caso de México); infiltrar las agencias del gobierno (como ha sucedido en muchos países de África occidental); secuestrar e intimidar policías, políticos y civiles. Los criminales se enriquecen mientras que la gente de la calle paga el precio, tanto en término de mayores impuestos como, muchas veces, con su propia vida.

En un mundo en el que el problema de la droga sólo empeora –un cálculo de Naciones Unidas muestra que el consumo de opiáceos en todo el mundo, entre ellos la heroína, se incrementó en 35% de 1998 a 2008– es difícil imaginar a los criminales obligados a buscar un empleo decente. En algunos países de América Latina, los carteles de la droga desafían la autoridad del gobierno; algunas de sus milicias están mejor equipadas que las fuerzas armadas y se sabe que, en algunos casos, las bandas criminales proporcionan seguridad y asistencia social básica a las comunidades. En Afganistán, una buena proporción del dinero que se canaliza a los talibanes proviene de la venta de opiáceos. La Administración de Combate a las Drogas de Estados Unidos asegura que los agentes de Al Qaeda en África del norte, África occidental y Europa se financian gracias al narcotráfico.

Hasta hace poco tiempo yo pensaba, como piensa mucha gente, que la guerra contra las drogas era la mejor política para nuestra sociedad. Pero cambié de opinión poco después de haberme integrado en la Comisión Global de Políticas sobre las Drogas de Naciones Unidas, junto con el ex secretario general de la ONU Kofi Annan, Javier Solana, ex jefe de la diplomacia de la Unión Europea, el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo y muchas otras personalidades. Nuestras conclusiones, que fueron publicadas en junio, muestran que la guerra global contra las drogas ha sido un error muy costoso.

Nuestra comisión encontró que en los países en los que se había despenalizado la drogadicción para considerársele un problema de salud pública hubo una reducción en los delitos. Portugal, por ejemplo, despenalizó el consumo y la posesión de drogas en 2001. Al establecer clínicas en las que los consumidores de heroína tienen acceso a agujas y metadona, junto con tratamiento médico para la adicción, ese país redujo el número de compradores, especialmente entre los jóvenes y los adictos. El número de casos nuevos de VIH (por agujas contaminadas) disminuyó de 907 en el año 2000 a 267 en 2008. Los investigadores también reportaron una reducción en los robos a domicilios.

Como empresa que evalúa nuevos negocios, nuestro equipo de Virgin suele examinar lo que da resultados en diferentes países, estudiando la forma de adaptar a los recientes mercados las tendencias que dan resultados. En el caso de la guerra contra las drogas, nuestra comisión demostró que la clave es pasar a una estrategia de reducción de daños. Uno de los estudios más reveladores se concentró en la situación de Suiza, que en los años ochenta y noventa descartó la estrategia de ley y orden para adoptar políticas basadas en la salud pública.

Según las investigaciones de Martin Killas y Marcelo Aebi, de la Universidad de Lausana, los consumidores problemáticos, “fuertemente comprometidos en el tráfico de drogas y otras formas de delito, servían de enlace entre los mayoristas y los usuarios. Conforme los consumidores acendrados encontraban un medio estable y legal de satisfacer su adicción, se redujo su consumo de drogas ilícitas así como su necesidad de traficar con heroína. (…) Al haberse eliminado los adictos y vendedores locales, los consumidores casuales suizos tuvieron más dificultades para hacer contacto con los vendedores”. Los adictos, que suelen ser tanto consumidores como vendedores de bajo nivel, habían reducido su necesidad gracias a la heroína conseguida con receta médica. Ellos habían sido el vínculo decisivo entre los proveedores y los consumidores casuales.

Imagine usted que en su país no se encarcelara a los adictos, sino que se les tratara en clínicas. Imagine que su número estuviera reduciéndose. Que los departamentos de policía dieran por concluidos sus esfuerzos por atrapar a vendedores de bajo nivel y algunos de esos oficiales ahora estuvieran concentrándose en el crimen organizado. Muchos de ellos ahora estarían libres para trabajar en el patrullaje comunitario pues incluso los delitos menores de los adictos habrían disminuido. Que los fondos públicos adicionales se dedicaran a la salud y a programas sociales más que a las prisiones y al sistema judicial. Que, así como cuando terminó la prohibición en Estados Unidos, el mercado negro se hubiera secado y las bandas criminales se marchitaran. Que el dinero y el poder ya no estuvieran asociados con las drogas y el crimen, y que los medios, incluso nuestra cultura, estuvieran cambiando ante esto.

¿Cómo tomamos una postura contra el crimen? Eliminando la conexión de los traficantes de drogas con sus mercados. Así que desconectemos ese enlace y salvemos vidas. 

Fuente: Revista Poder 360, p. 8 y 9.
Por: Richard Branson.
Publica: octubre de 2011.

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