3er Sector

Matices: Claudia Santillana

1claudiasTestimoniales de mujeres victoriosas del cáncer de mama

Todo comenzó hace poco más de un año, un día cualquiera de un mes cualquiera, cuando me detecté una bolita en el seno. Me preocupé porque había oído hablar del cáncer de mama, pero por otro lado se me hacía absurdo imaginar a una mujer de 28 años, tan joven y tan llena de vida, podría padecer una enfermedad así.

Sin embargo no me quedé tranquila y acudí al médico. Me intervinieron quirúrgicamente y resultó que esa bolita era un tumor benigno llamado “marcador de riesgo”, algo que, según me explicó el doctor, era un aviso de que pudiera darme cáncer de mama. Pensaba que si eso llegaba a suceder sería dentro de muchísimos años pero, sinceramente, yo no me consideraba una candidata para esa enfermedad.

Para mí todo había terminado con esa simple operación. En unos cuantos días más ya estaba totalmente recuperada, y seguí con mi vida alocada que había llevado desde la adolescencia: fiestas, desveladas, alcohol, tabaco, en fin… Yo me sentía un ser omnipotente, creía que podía controlar todo, que era infalible y que a mí no me pasaba nada malo. Me sentía bella y merecedora del mundo.

Paso el tiempo y, en diciembre del año 2002, ya cumplidos mis 29 años, me detecté una nueva bolita en el mismo seno izquierdo. Y ahí sí me asusté. De inmediato saqué cita con el oncólogo. Nunca esta en nuestros planes ir a visitar al oncólogo y es tan alarmante hacerlo, pero resulta peor evadir la realidad. El médico me dijo que no me inquietara, que probablemente era parte de la cicatrización de mi cirugía anterior, que dejara de pensar en que podía tener cáncer y hasta me llegó a mencionar que me estaba convirtiendo en una “cancerofóbica”, es decir, una mujer que le tiene pánico al cáncer y cree tenerlo.

Decidí hacerle caso y quitar de mis pensamientos esa posibilidad. Si el “experto” decía que no tenía cáncer, yo ya no debía preocuparme. Volví a respirar tranquilamente, festejé la navidad, me fui de viaje, continuaba fumando y divertiéndome al máximo.

Mientras tanto dentro de mí seguía un visitante, silencioso y la expectativa. Sentía que la bolita había crecido y, aunque su tamaño era muy pequeño, aumentaba con el paso del tiempo. Me cuestionaba: “¿Qué me puede hacer esa mini bolita a mí?”, pero la tranquilidad se había ido de mi vida, mi intuición me decía que algo no estaba bien, así que, exponiendome a que me volvieran a llamar “cancerofóbica” volví a ir con el oncólogo. Esta vez él también se alarmó, e inmediatamente me hizó una biopsia en su consultorio. Esa biopsia me dolió tremendamente, y en ese momento empezó el calvario.

Cuando me entregaron los resultados, el oncólogo estaba muy serio. Mi hermana me había acompañado al consultorio; el médico nos miró, respiró hondo y con voz solemne me dijo: “Tengo malas noticias. El resultado de la biopsia muestra que tienes cáncer”. “¿Quéeee? ¿Cómo? ¿Yo? Sí, era yo la que tenía cáncer. No se trataba de una “: “cancerofóbica”: era real, a mis 29 años tenía cáncer de mama. En ese momento se agolparon mil cosas en mi cabeza: ¿Me iría a morir? ¿Y mi familia? ¿Y mi novio? Estaba por casarme en unos meses, tambien por titularme. ¿Y mi vida?

Me sentí aterrada, creí que el mundo entero me aplastaba sin piedad, no había mas fe en mi vida, ni más Dios al cual rezarle, todo era ¡tan cruel!

Pero aún estaba viva y había que respirar hondo. Empezar a atacar el problema era lo primordial. Tenían que operarme de inmediato.

Al tipo de operación que me habían hecho anteriormente se le conoce como cuadrantectomía, es decir, te quitan un cuadrante del seno, pero en esta nueva cirugía yo no tenía la menor idea de lo que iban a hacer con mi pecho.

Cuando terminó la operación y recuperé el conocimiento, lo primero que hice fue quitarme la venda. La sorpresa fue impactante al darme cuenta que mi pecho ya no era el mismo, estaba desfigurado y se veía muy mal. Y aunque no estaba mutilada. ahí estaba mi seno, fue un golpe verlo de esa manera. Gracias a Dios, a la fecha que relato esto, poco a poco ha ido adquiriendo su apariencia “normal”.

Pero esto era sólo en comienzo del calvario. Ilusamente pensé que, al igual que la vez anterior, todo había acabado con la cirugía, que volvería a mi vida normal, a seguir con mis planes de matrimonio, de recibirme, de trabajar. Pero no fue así. Los resultados del tumor que me quitaron fueron peor de malignos de lo que los médicos pensaban. El cáncer ya había avazado hasta los ganglios linfáticos y tendrían que operar una vez más para extraerlos.

Así sucedió. pero esta operación fue muy dolorosa para mí, anímicamente me sentía devastada. No sé que hubiera hecho en este tiempo sin el apoyo de mi familia, de mi novio, de mis amigos y tambien de Dios, a quien acabo de reconocer y con el que acabo de reencontrarme.

Creí que, pasada la operación, toda esta pesadilla terminaría. Pero de nueva cuenta no fue así. Muchos ganglios habían resultado infectados por el cáncer y ahora seguía una serie de estudios para descartar que el cáncer se hubiera expandido a huesos o sangre. Debo confesar que éste fue el momento en que más miedo sentí, pero gracias a Dios no nada malo había ni en mis huesos, ni en mi sangre. Estoy segura que, de haberme tardado más en ir al doctor, de haber sentido verguenza al ser considerada “cancerofóbica” y de haberme quedado conforme con esa bolita, muy probablemente no estaría hoy contando todo esto.

El oncólogo indicó que el tratamiento adecuado para mí consistía en quimio y radioterapia. Ése fue otro gran impacto en mi vida, uno más de los que ya llevaba: ¿Cómo? ¿Quimioterapia yo? ¿Me estoy muriendo o qué? ¿Y mi pelo? ¿Y mi boda? ¿Y mi tesis? Pero nadie contestaba mis preguntas, sólo sabía que tenía pasar por eso irremediablemente.

No sé por qué, pero los médicos decidieron que en mi caso era conveniente tomar las quimios y las radios al mismo tiempo. La más agresiva fue la quimioterapia. La radioterapia fue más tranquila, aunque me quemó la piel, me sentía muy cansada y con mucho sueño. La combinación de la quimio y la radio al mismo tiempo fueron brutales para mí. El efecto de la primera quimioterapia y la caída de mí pelo fueron impactantes…

¡Yo, que era tan vanidosa! pero no había nada que hacer, al menos sabía que tarde o temprano el pelo me volvería a crecer. Las siguientes quimioterapias fueron menos dramáticas, quizá porque ya no oponía resistencia a ellas, eran quienes me ayudaría a curarme.

A veces llegué a pensar que me merecía esta enfermedad por mi actitud en el pasado. Mucha gente me dijo que esto no era un castigo, pero hubo momentos en que así lo sentí. Para colmo, al poco tiempo de que me detectaron cáncer a mí, se lo detectaron a mi hermana. Sólo somos dos hermanas en la famlia y las dos teníamos cáncer. El mío era mucho más agresivo, pero de todas las formas la noticia del cáncer de Adriana -que ha sido más que una hermana para mí, ha sido como una madre, una compañera, una guía-, fue otra experiencia terrible y desgarradora.

Respecto a mi salud mental alguien me aconsejó acudir a una terapia con una tanatóloga. Al principio la sola idea de recurrir a un especialista en muerte me dio terror. Luego entendí que, más que con la muerte, los tanatólogos están ligados con las pérdidas físicas y emocionales, así que me armé de valor y fui a verla. No saben cómo me sirvió desahogar mi alma qué escape tan maravilloso para esta carga de emociones. Con unas cuantas sesiones sentí como si me hubiera liberado de un tremendo peso.

Al poco tiempo de terminar mi tratamiento regresé a trabajar al kinder, con mis niños. Fue difícil porque todavía tenía mucho cansancio, mi paciencia no era la misma y el desgaste era tremendo pero no me detuve y creo que fue la mejor decisión, ha sido una de las mejores medicinas. El volver a sentirme útil y productiva ha hecho que vea lo que viví como algo que quedó en el pasado.

Ya no soy la misma de antes. Algo cambió algo se murió dentro de mí. Y todavía vivo en el cambio. Hay días en que amanezco muy optimista, otros en los que la depresión es más fuerte que yo. Me siento como en la montaña rusa, a veces estoy arriba a veces estoy abajo, a veces estoy en la curva, pero sigo en el carrito. Sin embargo, nunca creí llegar a decir que esta enfermedad fue una bendición… una bendición porque me ha hecho valorar la vida de diferente forma, una bedición porque ahora me detengo más en un momento y trato de vivir profundamente lo que tengo hoy, una bendición porque, gracias a Dios, esta enfermedad me ha unido a mi pareja, a mi familia, y estoy segura de que Dios quizó que esto me pasara con un propósito.

MI reintegración al mundo fue otro proceso a superar. Después de ocho meses de dependencia física y emocional, de no manejar, de no trabajar, de estar ensimismada y pendiente de mi salud, debo reconocer que, aunque casi nadie habla de ello, es una ardua y difícil tarea. Me sentía insegura y a veces hasta fuera de lugar. Pero empezé a valorar las cosas que antes me eran comunes: ya no me parecían comunes, si no maravillosas. El poderme valer por mí misma, el sentirme independiente, el mover mi brazo al cien por ciento, el contemplar la sonrisa de un niño, un bello atardecer, una noche de lluvia… en fin todo aquello que parecía normal en mi vida de antes ahora tenía otros matices.

MIs planes de matrimonio siguen, mi novio continúa cerca de mí. Me ha quedado muy claro que su amor por mi es incondicional, que no le importó verme pelona, enferma, devastada, él siempre estuvo conmigo y aceptó mi cambio. Sin embargo aún tengo miedo, miedo de poder tener hijos, miedo a la resistencia, miedo a los chequeos. Y una de dos: o aprendo a superar este miedo o aprendo a vivir con él, pero eso el tiempo lo dirá.

También logré presentar mi tesis, mi examen profesional y me recibí. Y aunque todavía no canto victoria faltan algunas batallas por pelear, sé que Dios está de mi lado y sé que puedo sentir la enorme satisfacción de imaginarme un día en un futuro, viva y ayudando a otras personas y dándoles mi apoyo.

Fundación Cim*ab

Fuente: Matices. 27 testimonios de sobrevivientes de cáncer de mama; Lindero Ediciones, 2003. p113-115

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Comentarios

  • Que historia tan fuerte,conmovedora, tan llena de realidad… Por las fechas se que ya esta bien, que Dios la cuide y la acompañe siempre.

  • Claudia cuando leo tu testimonio vuelvo a revivir mi propia historia, a mi tambien me diagnosticaron cancer de seno cuando tenia 28 años pero a diferencia tuya con dos hijos pequeños por quien luchar y seguir adelante. despues de someterme a 10 quimioterapias 30 radios y operacion hoy te puedo decir que en verdad vale la pena luchar y siempre tener la esperanza de que se va a estar bien y lo mas bello es que aprendes a valorar muchas cosas, a vivir mas feliz cada dia y a dar gracias a dios por darte la oportunidad de respirar el aire fresco de la mañana y mil cosas mas. hoy tengo 34 años.animo y que dios te bendiga.

  • Gracias por tan hermoso testimonio. En este momento voy por la mitad del mismo camino. Ya recibí la quimio, en enero próximo tengo la cirugía y después la radio. También, a veces siento mucho miedo, pero repaso todo lo que ha sucedido en mi vida y me doy cuenta de que no debo temer, porque Dios está conmigo y cada pequeño detalle no es casualidad, es la presencia maravillosa de un Dios cercano que me ama. Desde el momento de la detección, los profesionales que me han atendido, los amigos incondicionales, la familia, mis hijos maravillos, mi esposo, todos forman parte de este hermoso plan que, aunque en ocasiones doloroso, me ha traído cosas maravillosas. Felicidades por todos tus logros y adelante, que yo también voy caminando.

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