Ambiental

Los desastres naturales son en verdad naturales

Cada vez con más frecuencia en los círculos oficiales suele culparse a la naturaleza de los desastres que ocurren en el campo y las ciudades, en la franja costera y en las cuencas hidrográficas. Tal parece que se busca hacernos creer que la naturaleza tiene fuerzas imposibles de contrarrestar por el ser humano y toda la tecnología que ha inventado durante siglos. De esta manera, no hay culpables de que los huracanes, la creciente de los ríos, las lluvias torrenciales nunca antes vistas o el calor intenso y la sequia, causen tanto deño. Sin olvidar los sismos que dejan su estela de muerte y destrucción cuando menos se piensa.

Es cierto: la naturaleza posee fuerzas que el hombre todavía no logra controlar y originan tragedias en todo el mundo. Pero igual es verdad que las muertes y los daños materiales que dejan, podrían evitarse y ser menores si los gobiernos y la sociedad establecen oportunamente las medidas necesarias.

Es verdad, también, que hoy somos más vulnerables a algunos fenómenos naturales, debido a las alteraciones causadas al medio ambiente. Por ejemplo, al permitir la deforestación y no volver a poblar de verde las áreas afectadas por esa nociva practica; al no conservar las áreas costeras olvidando su fragilidad e importancia; al dejar que los centros urbanos crezcan anárquicamente y generalmente a costa de las reservas ecológicas; al no utilizar racionalmente el agua, ni combatir la pobreza y la desigualdad. Si la naturaleza recibiera un trato diferente tendríamos menos víctimas por los huracanes y las lluvias, por las bajas temperaturas o el calor extremo; y los daños al patrimonio de las familias, las actividades económicas y la obra pública no serian tan elevados y penosos.

Ahora tenemos otro factor que, se nos repite a diario, hace más explosiva la fuerza de la naturaleza y sus efectos en el mundo: el cambio climático. Si los ciclones son más intensos, frecuentes y destructivos, es porque el planeta se está calentando más allá de lo debido; si las heladas en el norte del país acaban con las cosechas de invierno, es por la misma causa. Si la sequia afecta las siembras de verano y diezma el hato ganadero, ya tenemos al culpable.

O si el nivel del mar aumenta de tal forma que arrasa con la franja litoral en algunas partes del Golfo y el Caribe mexicanos. O si llueve tanto en la cuenca de México, Monterrey, Guadalajara o cualquiera de nuestras ciudades importantes que la infraestructura hidráulica es incapaz de captar el agua de lluvia y vienen entonces las inundaciones. Todos estos fenómenos constituyen obstáculos para lograr el desarrollo sostenible del país y amenazan la seguridad nacional, como reconocen los organismos internacionales, el gobierno, los centros de investigación y los expertos más prestigiosos.

Igualmente se sabe que la mejor manera de evitar, lo más posible, esos efectos negativos es respetando el medio con políticas de prevención oportunas y adecuadas. Todo lo contrario a lo que sucede ahora, cuando las instituciones públicas atienden, y no siempre correctamente, las consecuencias de los desastres.

Al respecto, cada que ocurre uno en México atribuido a la naturaleza (por huracanes, lluvias intensas, sequia, deforestación, ocupación de áreas frágiles y peligrosas) los funcionarios anuncian planes para evitar que se repitan. Con el cambio climático muchas más. Hace 12 años hasta propusimos en el Grupo de Río, cooperación y coordinación en los temas de prevención y reconstrucción. Nada pasó, como lo demuestra la historia desde entonces. Hace ya casi cuatro años, durante la 17 Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile, se aprobó también una propuesta mexicana contra los desastres en la región. ¿Y?…

Por eso nuestro país es reprobado por las agencias internacionales en el tema de la prevención de los desastres atribuidos a la naturaleza, al cambio climático. Además, se comprueba que este último no es la causa principal de los desastres recientes. Más bien es el incumplimiento de las políticas públicas que se anuncian periódicamente para combatir sus causas, para prevenirlos y proteger a la población vulnerable. ¿Hasta cuándo?

Fuente: Equilibrio, p. 3.
Por: Iván Restrepo.
Publicada: Julio de 2011, número 35.

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