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Empleo vulnerable en México: la realidad que enfrentan 3 de cada 10 mujeres

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En México, el trabajo femenino sostiene hogares, comunidades y economías enteras, pero no siempre se traduce en estabilidad ni en derechos. Detrás de cada cifra hay historias de mujeres que, aun con empleo, viven al día, sin certeza de ingresos ni acceso a seguridad social. El fenómeno del empleo vulnerable en México no es marginal: atraviesa sectores completos y condiciona el presente y futuro de millones de familias.

De acuerdo con El Economista, aunque el país se ubica entre los de menor proporción de empleo vulnerable femenino en América Latina, casi tres de cada diez mujeres ocupadas se encuentran en condiciones precarias. Este contraste revela una realidad compleja: el crecimiento económico no siempre va de la mano con la inclusión laboral. Comprender estas cifras no es solo un ejercicio estadístico, sino una invitación a cuestionar cómo se construye el bienestar y quiénes quedan fuera de él.

Empleo vulnerable en México: una radiografía de la precariedad

De acuerdo con el Banco Mundial, 28.49 % de la ocupación femenina en el país se clasifica como vulnerable, lo que coloca a México en el cuarto lugar entre los países analizados, por debajo de Perú, Guatemala y Colombia. Este indicador mide a quienes trabajan por cuenta propia o como familiares no remuneradas, dos categorías asociadas a la informalidad y a la falta de protección.

El dato significa que casi tres de cada diez mujeres podrían carecer de ingresos estables, contratos formales o acceso a seguridad social. No se trata solo de números: es una alerta sobre la fragilidad de millones de trayectorias laborales que dependen de mercados informales o de economías familiares invisibilizadas. El empleo vulnerable no solo afecta el bolsillo, también condiciona decisiones esenciales: desde posponer estudios hasta renunciar a atención médica.

La ausencia de estabilidad obliga a priorizar la supervivencia inmediata sobre cualquier proyecto de largo plazo.

Para muchas mujeres, esta realidad se traduce en jornadas extensas, ingresos irregulares y una constante incertidumbre. La precariedad se vuelve un círculo difícil de romper, donde cada crisis económica o personal tiene consecuencias desproporcionadas.

Sectores donde la vulnerabilidad se concentra

Las mayores tasas de empleo vulnerable se observan en actividades informales, comercio ambulante, servicios domésticos y pequeños emprendimientos sin registro. También es común en trabajos familiares no remunerados, donde el esfuerzo no se refleja en ingresos propios ni en derechos laborales. Estos espacios, aunque sostienen buena parte de la economía local, suelen quedar fuera de los marcos de protección social. La falta de regulación perpetúa condiciones desiguales y limita el acceso a oportunidades de desarrollo

México se encuentra por debajo de otros países de la región en proporción de empleo vulnerable femenino, lo que podría interpretarse como un avance. Sin embargo, la cifra sigue siendo alta para un país con aspiraciones de desarrollo inclusivo. La comparación regional no debe ser un consuelo, sino un punto de partida para fortalecer políticas que reduzcan la informalidad y amplíen la protección social. El reto no es solo mejorar el lugar en un ranking, sino transformar las condiciones reales de trabajo.

La precariedad laboral impacta directamente en la autonomía económica de las mujeres, limitando su capacidad de ahorro, inversión y movilidad social. A nivel colectivo, esto se traduce en menor recaudación fiscal y mayor presión sobre los sistemas de apoyo social.Además, la vulnerabilidad laboral refuerza brechas de género y perpetúa ciclos de pobreza. Sin seguridad social ni ingresos estables, cualquier imprevisto puede convertirse en una crisis.

El papel de empresas, gobierno y sociedad

Reducir el empleo vulnerable requiere acciones coordinadas. Desde políticas públicas que incentiven la formalización, hasta modelos empresariales que integren cadenas de valor más justas e inclusivas. La sociedad civil y el sector privado también pueden impulsar programas de capacitación, acceso a financiamiento y reconocimiento del trabajo no remunerado.

La corresponsabilidad es clave para generar cambios sostenibles.

El empleo vulnerable en México no es una estadística aislada, sino el reflejo de una estructura laboral que aún deja a muchas mujeres en la incertidumbre. Reconocer esta realidad es el primer paso para construir soluciones que pongan en el centro la dignidad y la seguridad económica.

Avanzar hacia condiciones laborales más justas implica repensar modelos de desarrollo, fortalecer la protección social y generar oportunidades reales de inclusión. Solo así será posible que el trabajo femenino deje de ser sinónimo de precariedad y se convierta en una vía auténtica de bienestar.

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