Durante años hemos repetido que reciclar es una responsabilidad compartida, un gesto cotidiano que promete cerrar el ciclo de los materiales. Sin embargo, cuando ese material reciclado no encuentra quién lo compre, el círculo se rompe y todo el sistema pierde sentido. Eso es exactamente lo que ocurre hoy con el plástico flexible, un residuo omnipresente en nuestra vida diaria, pero atrapado en una paradoja económica. Se recolecta, se procesa y, aun así, no logra competir en el mercado. El problema no es técnico, es estructural.
De acuerdo con edie, la tensión entre ambición ambiental y realidad económica se vuelve cada vez más evidente. Los gobiernos anuncian metas de reducción de residuos, las marcas publican compromisos de circularidad y los consumidores exigen cambios. Pero detrás del discurso hay una verdad incómoda: sin incentivos claros y sin demanda real, la cadena se detiene. El reciclaje deja de ser motor de transformación y se convierte en un esfuerzo aislado. Ahí comienza el verdadero dilema.
Plástico flexible y el precio de no ser elegido
El principal obstáculo es simple y contundente: los materiales reciclados cuestan más que los vírgenes. En un mercado dominado por la lógica del menor costo, esa diferencia basta para frenar contratos, inversiones y nuevas líneas de producción. La sostenibilidad, sin un respaldo económico, queda relegada a una promesa difícil de cumplir.
Las empresas que desean incorporar contenido reciclado enfrentan márgenes más estrechos y presiones internas por mantener precios competitivos. Aunque existe voluntad, no hay garantías de retorno. El resultado es una demanda débil que, a su vez, desincentiva a quienes podrían ampliar la capacidad de reciclaje.
Este círculo vicioso no solo impacta a los recicladores, también debilita la credibilidad de los compromisos corporativos. Sin mercado, no hay escala. Sin escala, no hay impacto real.

El peso invisible de los envases ligeros
Más de la mitad de los envases distribuidos en Europa, Canadá y Estados Unidos pertenecen a esta categoría. Su ligereza, que los hace atractivos para la industria, es también su mayor problema en las plantas de reciclaje tradicionales. Se mezclan, se contaminan y se pierden en sistemas diseñados para materiales más pesados.
La complejidad aumenta cuando los formatos combinan capas de distintos polímeros o materiales. Separarlos requiere tecnologías avanzadas que no siempre están disponibles o resultan demasiado costosas para operar de forma continua.
Así, toneladas de residuos con potencial terminan descartadas. No por falta de conciencia, sino por limitaciones estructurales que nadie ha resuelto del todo.

La cadena rota del plástico flexible
La Alianza para Acabar con los Residuos Plásticos ha identificado barreras claras que explican por qué el sistema no avanza. Redes de recolección insuficientes, ausencia de lineamientos de diseño y esquemas regulatorios poco exigentes crean un entorno donde la circularidad es más aspiración que realidad.
A esto se suma el bajo apetito de los inversores. Los riesgos percibidos son altos y las señales de mercado, débiles. Sin financiamiento, las tecnologías emergentes no logran escalar y el cambio se mantiene en fase piloto. La falta de incentivos regulatorios completa el panorama. Cuando reciclar no es una ventaja competitiva, se convierte en una carga opcional.
Las inversiones en reciclaje químico y en nuevas infraestructuras muestran que hay interés por transformar el sistema. Sin embargo, estas soluciones siguen en desarrollo y presentan costos elevados, además de enfrentar incertidumbres normativas. Aunque permiten tratar residuos más complejos, requieren niveles muy bajos de ciertos contaminantes. Esto implica procesos adicionales, controles estrictos y, nuevamente, más gastos.
La innovación existe, pero aún no logra romper la barrera económica que separa la intención del impacto real.

Colaborar para cambiar el sistema
Desde 2019, la Alianza ha reunido a empresas de toda la cadena de valor para impulsar soluciones globales. Su enfoque más reciente ya no se centra solo en invertir, sino en transformar los sistemas que sostienen el problema. El “programa temático flexible” busca mapear mercados, identificar oportunidades y presentar proyectos a gobiernos e inversores. También compartirá recomendaciones prácticas para marcas, recicladores y responsables de políticas públicas. La expansión hacia países con sistemas de gestión de residuos menos desarrollados demuestra que el reto es global. Y que ninguna organización puede enfrentarlo sola.
El reciclaje no puede depender únicamente de la buena voluntad. Necesita reglas claras, incentivos alineados y mercados que valoren el impacto ambiental. Mientras los materiales reciclados sigan siendo una opción costosa y sin respaldo, el sistema continuará estancado. Cerrar el ciclo exige algo más que infraestructura: requiere decisiones colectivas que premien lo que hoy parece una desventaja. Solo así la economía circular dejará de ser un ideal y se convertirá en una realidad tangible.









