Colaboraciones

De la crisis a la sustentabilidad

Por: Forma y Fondo CLXXXIX

Hace unas horas terminó la celebración en éste 2011, del Día Mundial de la Alimentación, proclamado en 1979 por la ONU, y cuya resolución se emitió hasta el 5 de diciembre de 1980, declarándola como un requisito para la supervivencia y el bienestar de la humanidad y una necesidad humana y fundamental. Este año su lema es: “Precios de los alimentos, de la crisis a la estabilidad”

El hambre en el mundo es un escándalo permanente que refleja la falta de sensibilidad y voluntad de los gobiernos y se enfoca como calamidad natural, culpando a la naturaleza. Pareciera que volvemos a la Edad Media: los campesinos necesitan rezar para tener buen tiempo y buenas cosechas.

Especialistas de todas las ramas coinciden en que es imperioso pasar de una economía de subsistencia a una economía alimentaria y comercial sustentable. La inversión en agricultura y seguridad alimentaria necesita fortalecerse. Al haber comida para todos, los demás problemas serán más fáciles de enfrentar y se vislumbrará el camino hacia un incipiente bienestar común.

De seguir igual, la problemática alimentaria será una bomba social más poderosa y al no enfrentarla con decisión los gobiernos, les estallará en las manos. No es regalando comida como se soluciona el problema. Las exigencias poblacionales del siglo XXI marcan dejar atrás el paternalismo. La reforma integral de la agricultura incluye enseñar a producirla y a comercializarla, con visión sustentable y no como paliativo de dádiva momentánea.

Al menos, setenta por ciento de la población hambrienta vive en zonas rurales; es imperativo privilegiar la agro ecología ante la agricultura industrial e intensiva, para fortalecer la conservación de suelos y medio ambiente. Otro dato duro es que la mayoría de las personas pobres del mundo son mujeres con la abrumadora responsabilidad de alimentar a sus dependientes. Cultivan, cosechan y cazan o pescan los alimentos para la familia, llevan agua y leña a la casa, preparan y cocinan los alimentos. Muchos de los hogares suburbanos o rurales cuando tienen qué comer, es gracias al esfuerzo, aptitudes e ingenio de las madres, esposas, hermanas e hijas.

Este año la población mundial creció a siete mil millones de habitantes. Para el año 2025 la población mundial alcanzará los ocho mil millones de seres humanos. La propuesta de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación desde 2004, tenía como meta reducir a la mitad el número de personas que padecen hambre para el 2025; es imposible. Con los pies en la tierra: un mundo libre de hambre, una nación, un estado o un municipio todavía están lejanos. Sin embargo estos esfuerzos intentan responder al desafío planteado por el problema que aumenta.

Debe priorizarse el apoyo a los productores de alimentos que contribuyen a la sustentabilidad de las comunidades locales, en lugar de centrar los apoyos a los cultivos de exportación y los agro combustibles.

Se minimizaron los efectos devastadores de la agricultura corporativa industrial y de tecnologías como los transgénicos, impulsadas por corporaciones transnacionales y de los efectos mortales de los agro químicos que, prohibidos en países desarrollados se utilizan en regiones pobres.

La única solución a la crisis mundial de alimentos y la soberanía alimentaria vendrá de los pequeños productores. En el mundo suman más de mil quinientos millones y producen más del setenta y cinco por ciento de la demanda en el planeta, pero pueden llegar a cubrir el cien por ciento de las necesidades con la agricultura sostenible y de pequeña escala. Según los datos disponibles, el ochenta por ciento de los más de mil doscientos millones de personas amenazadas por el hambre y la desnutrición está compuesto por pequeños agricultores y campesinos que, con políticas públicas adecuadas y fondos específicos, a corto plazo serían capaces de garantizar su propia alimentación y la de los demás.

Hay iniciativas para regular el moderno latifundismo por parte de estados soberanos o empresas que acaparan tierras agrícolas en países pobres. Este principio de moderno feudalismo es encabezado por China, Arabia Saudita y Corea del Sur con agresivas políticas de adquisición de terrenos en naciones como Etiopía y Sudán.

La ganancia es total: gastan cientos de miles de millones de dólares anualmente en subsidios a su agricultura y en la carrera armamentista, adquiriendo además inimaginables extensiones de terreno a precios irrisorios para lucrar con lo que produzcan.

Vivimos un agrocidio, si vale el neologismo, originado por el olvido de que la Tierra es un ser vivo, nosotros somos parte de ella y hasta ahora se ha considerado como el depósito de recursos para explotar y monopolizar. La humanidad se formó por su relación con ella, su cuidado y conservación, por los bienes que le ofreció para sobrevivir.

Lejos quedó la visión, principio del actual concepto de sustentabilidad, de las antiguas civilizaciones y los continentes colonizados a partir del descubrimiento de América: explotar la naturaleza no para la acumulación individual sino para satisfacer las necesidades de los pueblos. Los descubrimientos y conquistas cortaron ese vivir en armonía con la Madre Tierra durante milenios, y en solo quinientos años de saqueo, mercantilización y depredación, la humanidad se encuentra al borde de un cataclismo social y climático.

La forma: proteger la dignidad de las personas con acciones inspiradas en los principios de la ley natural, por el bien de la humanidad.
El fondo: solamente con la unión, la gran familia humana, tendrá acceso equitativo a los frutos de la tierra, porque con ella: TODOS SOMOS NATURALEZA.

ACACIA FUNDACIÓN AMBIENTAL A. C. [email protected]

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Fuente: Acacia Fundación Ambiental A.C

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