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Cuando la riqueza no hace la felicidad de las naciones

Dos epidemiólogos británicos, Richard Wilkinson y Katherine Pickett, así lo sostienen en el libro The Spirit Level. Why More Equal Societies Almost Always Do Better.. Ésta es la clave. Por supuesto, la posesión de bienes y dinero puede ayudar, pero no es fuente de dicha.

Ambos analistas se respaldan en 250.000 datos y bitácoras (blogs) captadas y verificadas vía Google en diez meses, entre julio de 2008 y febrero último.

Su tesis es sencilla: si se consideran los países prósperos de Estados Unidos a Portugal, según producto bruto por habitante, aquéllos que peor redistribuyen los ingresos son más ricos pero menos felices.

El trabajo tiene presentes diversos indicadores, entre ellos los empleados por Amartya Sen, Nobel económico 1998. Su precedentes supremos son, sin duda, Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1776)) y Robert Reich (El trabajo de las naciones, 1992).

La gama comprende adicciones sociales (alcohol, psicofármacos), expectativas de vida, perturbaciones mentales, mortalidad infantil, endemias, obesidad, mal rendimiento escolar, embarazo adolescente, población carcelaria, homicidios, desconfianza respecto de la gente o el gobierno. En general son comportamientos detectados por instancias estadísticas oficiales o multilaterales.

Los países de mayor desigualdad que tienen números peores suelen ser los más opulentos. De ese modo EE.UU., primer PB/h del mundo, muestra graves inequidades en materia de asistencia social. Sus 46 millones de personas sin cobertura médica contrastan con el panorama en Japón, Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Bélgica, Austria o Francia. Junto con la norteamericana, las economías ricas donde prima la desigualdad son Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda. No por casualidad, ejemplos del modelo conservador impuesto por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años 80.

El universo definido por Wilkinson y Pickett abarca también factores psicosociales asociados a educación deficiente, criminalidad, arrestos, violencia (dentro o fuera del hogar), ansiedad por especular y ludopatía compulsiva. El corolario del libro es obvio: la sociedad debe hacerse más igualitaria, no más adinerada.

En lo tocante a países centrales, han de desechar políticas de mercado puro que, entre otras cosas, generan adicción al endeudamiento en dos niveles. En general, los estados se endeudan por déficit de ahorro público. Por su parte, las familias caen en manías especulativas como, las burbujas inmobiliarias de EE.UU., Gran Bretaña, Irlanda, Islandia, España, Estonia o Letonia.

Una ventaja del libro consiste en centrarse en manifestaciones objetivas de “desagio social”, no en declaraciones subjetivas ni simples juicios de valor. En un plano más sutil, sorprenden las alusiones al suicidio como síndrome frecuente en sociedades opulentas, partiendo de estadísticas serias.

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