Durante la última década, Bill Gates ha sido una de las voces más visibles del sector filantrópico en la discusión climática global. A través de libros, conferencias y posicionamientos públicos, el fundador de Microsoft ha insistido en la urgencia de acelerar la transición energética y reducir las emisiones para evitar un desastre climático. Sin embargo, nuevas revelaciones financieras vuelven a poner bajo escrutinio la coherencia entre su discurso y las decisiones de inversión vinculadas a su patrimonio filantrópico.
De acuerdo con información de The Guardian, los informes financieros más recientes muestran que el fideicomiso de Bill Gates, encargado de gestionar el fondo patrimonial de la Fundación Gates, incrementó de forma significativa sus inversiones en empresas extractoras de combustibles fósiles.
El fideicomiso de Bill Gates no dejó de invertir en combustibles fósiles
Los datos de cierre de 2024 revelan que el fideicomiso de Bill Gates invirtió al menos 254 millones de dólares en empresas dedicadas a la extracción de combustibles fósiles como Chevron, BP y Shell. Esta cifra representa un récord en nueve años y un aumento del 21 % respecto a 2016, de acuerdo con un análisis basado en los formularios fiscales 990-PF revisados por The Guardian.
Ajustada por inflación, esta cantidad es la más alta desde 2019, precisamente el año en que Gates aseguró públicamente haber desinvertido por completo en las compañías de petróleo y gas. El contraste entre el discurso y los números financieros ha generado cuestionamientos entre analistas, activistas climáticos y especialistas en responsabilidad social corporativa.

Si bien parte del crecimiento puede atribuirse al aumento en el precio de las acciones, los informes muestran nuevas inversiones directas en empresas como Inpex, que pasó de recibir 20 millones de dólares en 2020 a 139 millones en 2024, lo que contradice la narrativa de una desinversión sostenida y plantea dudas sobre la estrategia real del fideicomiso.
De la desinversión prometida al aumento sostenido
La presión para que grandes fundaciones abandonaran los combustibles fósiles comenzó a intensificarse en 2015, cuando activistas, organizaciones religiosas y estudiantes impulsaron campañas globales de desinversión. En ese contexto, The Guardian lanzó la iniciativa Keep It in the Ground, que pedía al fideicomiso de Bill Gates y a otros actores clave “deslegitimar los modelos de negocio” de las petroleras.
En aquellos años, la fundación llegó a tener hasta 1.400 millones de dólares invertidos en combustibles fósiles. Posteriormente, el fideicomiso redujo drásticamente su exposición, pasando a 260 millones en 2015 tras vender participaciones significativas en BP y ExxonMobil. Gates reconoció entonces la presión social, aunque expresó su escepticismo: la desinversión, dijo, no bastaba por sí sola para frenar el cambio climático ni ayudar a los países más pobres.
No obstante, la tendencia se revirtió con el tiempo. Entre 2015 y 2024, las participaciones del fideicomiso en empresas como Glencore, BP y Occidental Petroleum crecieron de forma constante. En el caso de Occidental, la inversión pasó de apenas 23.529 dólares a 7,9 millones, una expansión difícil de explicar solo por la apreciación del mercado.

Discurso climático, libros y contradicciones financieras
En su libro de 2021 Cómo evitar un desastre climático, Gates afirmó que había tomado la decisión personal de no beneficiarse del aumento en el valor de las acciones de empresas fósiles:
“Me sentiría mal si me beneficiara un retraso en alcanzar la neutralidad. Así que en 2019 desinvertí todas mis participaciones directas en empresas de petróleo y gas, al igual que el fideicomiso que gestiona el fondo de dotación de la Fundación Gates”.
Sin embargo, los datos muestran que, tras tocar un mínimo de 133 millones de dólares a finales de 2020, las inversiones del fideicomiso volvieron a crecer con fuerza. Empresas como BP y Equinor —acusadas de greenwashing y enfrentadas a rebeliones de accionistas en 2025— siguen figurando entre las participaciones relevantes.
Además, el fideicomiso mantiene inversiones en compañías como Occidental Petroleum, que promueven tecnologías de captura de carbono utilizadas para extraer aún más petróleo. Este tipo de estrategias refuerza la dependencia fósil en lugar de acelerar una transición real hacia energías limpias.

Greenwashing filantrópico y sus efectos en la justicia climática
El caso del fideicomiso de Bill Gates encaja con precisión en lo que cada vez más especialistas denominan greenwashing filantrópico: una práctica en la que los beneficios reputacionales de financiar causas climáticas, sociales o de adaptación sirven para neutralizar —o invisibilizar— el impacto negativo de decisiones financieras que refuerzan los mismos sistemas que generan la crisis. No se trata de una contradicción menor, sino de una estrategia que permite acumular capital simbólico verde mientras se mantiene exposición a industrias altamente contaminantes.
La filantropía climática, cuando no va acompañada de coherencia en la asignación del capital, corre el riesgo de convertirse en un mecanismo de legitimación del statu quo. En este caso, el fideicomiso financia programas de resiliencia y adaptación para comunidades vulnerables, al mismo tiempo que obtiene rendimientos de empresas responsables de una parte significativa de las emisiones globales. Este doble rol no solo diluye responsabilidades, sino que desplaza el foco del problema estructural hacia soluciones paliativas.
Desde una perspectiva de justicia climática, el impacto es aún más grave. Las comunidades que sufren los efectos más severos del cambio climático —principalmente en el sur global— no son las mismas que se benefician de las ganancias generadas por la expansión fósil. Cuando una figura con el peso político y económico de Gates normaliza esta lógica, contribuye a perpetuar un modelo en el que los daños se socializan y las ganancias se concentran.

Además, el argumento recurrente de que la desinversión “no basta” para frenar el cambio climático omite un elemento central: la desinversión no es solo una herramienta financiera, sino un acto político. Mantener inversiones en combustibles fósiles mientras se promueve un discurso climático progresista debilita las demandas de activistas, comunidades y organizaciones que exigen una transición justa y rápida lejos del petróleo, el gas y el carbón.
Cuando la filantropía erosiona la credibilidad climática
El fideicomiso de Bill Gates no es un actor marginal dentro del ecosistema filantrópico global; es una referencia. Por ello, sus decisiones de inversión tienen un efecto que va mucho más allá de sus balances financieros. Cuando el discurso público sobre la urgencia climática convive con un aumento sostenido de inversiones en combustibles fósiles, se envía un mensaje peligroso: que es posible declararse comprometido con el clima sin renunciar a los beneficios del modelo que lo destruye.
Este tipo de greenwashing filantrópico debilita la lucha por la justicia climática porque introduce una narrativa de falsa compatibilidad entre acción climática y expansión fósil. Normaliza la idea de que el daño puede compensarse con donaciones, cuando la evidencia científica es clara en señalar que no hay adaptación suficiente si no se reduce de forma drástica la extracción y quema de combustibles fósiles.
El caso obliga a replantear una pregunta incómoda pero urgente: ¿puede considerarse liderazgo climático cuando el capital sigue apostando por industrias incompatibles con un futuro seguro? Mientras esta contradicción persista, la filantropía corre el riesgo de convertirse no en una fuerza transformadora, sino en un escudo reputacional que retrasa los cambios estructurales que la crisis climática exige con urgencia.







