La economía mundial enfrenta una encrucijada histórica. Así lo advirtió el secretario general de la ONU, António Guterres, al llamar a una transformación radical de los sistemas económicos que hoy “premian la contaminación y el desperdicio”. Su posicionamiento no es retórico: surge de una creciente evidencia científica y financiera que vincula el modelo económico actual con la degradación ambiental y la inestabilidad social.
En declaraciones a The Guardian, luego de una reunión de economistas de alto nivel convocada por Naciones Unidas, Guterres fue enfático:
“Debemos valorar verdaderamente el medio ambiente e ir más allá del producto interno bruto como medida del progreso y el bienestar humanos”.
La advertencia es clara: reformar la contabilidad económica global es indispensable para evitar un colapso global que ya comienza a manifestarse a través de crisis climáticas, sanitarias y financieras interconectadas.
Crecimiento que destruye valor
Durante más de siete décadas, el PIB ha sido el principal termómetro del éxito económico. Gobiernos, inversionistas y organismos multilaterales han alineado políticas públicas y decisiones financieras a su crecimiento. Sin embargo, expertos convocados por la ONU coinciden en que esta métrica ofrece una visión parcial —y peligrosa— del progreso. Guterres lo sintetizó con una frase contundente: “Cuando destruimos un bosque, generamos PIB. Cuando sobrepescamos, generamos PIB”. La medición del crecimiento económico, por tanto, puede aumentar incluso cuando se destruye capital natural crítico para la supervivencia humana.

Frente a este diagnóstico, la ONU celebró en Ginebra la conferencia “Más allá del PIB” durante enero de este año, misma que contó con la participación de economistas como Joseph Stiglitz, Kaushik Basu y Nora Lustig, quienes están trabajando en el diseño de un panel alternativo de indicadores económicos.
El objetivo del grupo es integrar variables de bienestar humano, sostenibilidad ambiental y equidad social, realidades que son invisibles en la contabilidad tradicional.
Lustig lo explicó con claridad: el PIB “nunca fue diseñado para medir el progreso humano, pero sigue siendo el parámetro dominante de éxito”.
Por su parte, el economista Kaushik Basu advirtió que las naciones están atrapadas en una competencia por crecer en términos de PIB, ignorando bienestar y sostenibilidad. “Si todos los nuevos ingresos se concentran en unos pocos individuos y el PIB crece, se espera que todos los ciudadanos aplaudan”.
Medir desarrollo bajo nuevos parámetros permitiría a gobiernos y empresas evaluar si la actividad económica mejora realmente la calidad de vida y protege los ecosistemas. Para la sostenibilidad corporativa, implicaría reportes integrados de valor económico, social y natural.
Crisis sistémicas: señales de un modelo al límite
Además, la ONU vincula la urgencia de reformar el sistema económico con la convergencia de múltiples crisis globales. Un informe del grupo de expertos convocado por Guterres señala que, en las últimas dos décadas, la economía mundial ha enfrentado shocks recurrentes: la crisis financiera de 2008, la pandemia de Covid-19 y disrupciones geopolíticas.
A estos eventos se suma la llamada “triple crisis planetaria”: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación. Estas presiones no sólo degradan ecosistemas, también erosionan productividad, infraestructura y estabilidad de mercados.

El análisis advierte que los modelos actuales no integran adecuadamente los impactos de desastres climáticos extremos ni de puntos de inflexión ecológicos. Esta omisión contable puede subestimar riesgos sistémicos capaces de desestabilizar la economía global.
Desde esta perspectiva, reformar las métricas económicas no es un ejercicio técnico, sino una condición estructural para evitar un colapso global derivado de la desconexión entre economía y límites planetarios.
Rediseñar el sistema económico: del crecimiento al bienestar
Más allá de cambiar indicadores, el debate internacional ha comenzado a cuestionar la arquitectura misma del sistema económico. Los expertos convocados por la ONU coinciden en que no basta con medir mejor el progreso: es necesario redefinir qué se entiende por desarrollo y bajo qué límites debe ocurrir. Este replanteamiento ha dado origen a diversas corrientes económicas que buscan compatibilizar prosperidad con sostenibilidad.
Una de las más influyentes es la llamada economía del donut, que propone que la actividad económica debe operar entre dos fronteras: un piso social mínimo —salud, educación, ingresos— y un techo ambiental que no debe rebasarse. El objetivo no es crecer indefinidamente, sino garantizar bienestar sin sobreexplotar los ecosistemas.
Otra vertiente es la economía del bienestar, que coloca la calidad de vida en el centro de la política económica. Bajo este enfoque, el éxito de un país no se mide sólo por cuánto produce, sino por indicadores como salud mental, cohesión social o acceso a servicios básicos. Gobiernos como los de Nueva Zelanda o Escocia ya han incorporado esta lógica en sus presupuestos públicos.
También emerge la idea de una economía de estado estacionario, que plantea estabilizar los niveles de producción y consumo dentro de la capacidad ecológica del planeta. No implica detener la innovación, sino desacoplarla del uso intensivo de recursos naturales.

En el extremo del espectro se encuentra el decrecimiento, que propone reducir de forma planificada aquellas actividades económicas ambientalmente dañinas —como la extracción fósil excesiva— para priorizar sectores socialmente valiosos como energías renovables, salud o transporte público.
El economista Jason Hickel señala que estas corrientes están ganando legitimidad académica y política. Citó una encuesta donde el 73 % de casi 800 investigadores en políticas climáticas apoyan posturas poscrecimiento, evidencia de que el debate ha dejado de ser marginal. Para Hickel, sin embargo, avanzar hacia estos modelos exige transformaciones estructurales más profundas para evitar un colapso global:
“Necesitamos democratizar el control de la producción, lo que nos permitirá cambiar qué producimos y para quién”.
Medir distinto para transformar el futuro
La advertencia de la ONU es inequívoca: el sistema económico actual mide crecimiento, pero no bienestar; registra ganancias, pero no destrucción ecológica. Esta asimetría contable ha permitido que prosperidad y degradación avancen simultáneamente. Reformar las métricas es el primer paso para alinear economía con sostenibilidad.
La propuesta de ir más allá del PIB ya no es solo un debate académico, sino que debe ser una agenda estratégica para gobiernos, inversionistas y empresas que buscan resiliencia en un entorno de riesgos climáticos, sociales y tecnológicos crecientes. Incorporar capital natural, equidad y bienestar en la toma de decisiones será clave para evitar un colapso global.
En última instancia, lo que está en juego no es sólo cómo medimos el progreso, sino qué tipo de progreso decidimos perseguir. Porque, como recordó Guterres, “nuestro mundo no es una corporación gigantesca”: su éxito no puede evaluarse únicamente en balances de ganancias y pérdidas.









