La historia de una mujer de 37 años, madre de dos hijos y con una vida familiar estable, pone sobre la mesa una conversación incómoda pero cada vez más presente: cómo la crisis climática impacta no solo en políticas públicas o modelos económicos, sino también en las decisiones más íntimas. De acuerdo con la historia de la mujer, compartida por The Guardian, desde hace años, la preocupación por el deterioro ambiental forma parte de su vida cotidiana y se intensificó tras la maternidad, al tomar conciencia de que sus hijos enfrentarán un mundo más vulnerable que el suyo.
Ese compromiso se tradujo en hábitos de vida sostenibles y en una reflexión constante sobre el futuro. Sin embargo, también convivió con una ansiedad posparto no resuelta y con una sensación persistente de fragilidad emocional. En ese contexto, el deseo de ampliar la familia comenzó a chocar con el temor profundo a traer otra vida a un planeta en crisis, dando origen a una experiencia que hoy interpela al debate social desde una mirada ética, emocional y de responsabilidad colectiva.
El deseo de maternar frente a un planeta incierto
Aunque se sentía agradecida por tener dos hijos sanos, la idea de un tercero aparecía como un anhelo difícil de ignorar. Ver crecer rápidamente a sus hijos, mientras otras mujeres de su entorno aún transitaban la crianza temprana, activó preguntas sobre el tiempo, la edad y los proyectos no cumplidos.
Su pareja se mostró dispuesto a acompañar esa decisión, pero la reflexión no fue sencilla. La crisis climática, lejos de ser una preocupación abstracta, se había convertido en un factor determinante al imaginar el futuro de un nuevo hijo y las condiciones en las que viviría.
Al quedar embarazada, la ansiedad se intensificó de manera abrupta. En pocos días, el miedo al futuro, a la inacción de los gobiernos y al deterioro ambiental se volvió paralizante. Tras dialogarlo con amigas y con su esposo, decidió interrumpir el embarazo, una experiencia que hoy se identifica como aborto por ansiedad climática.

Este término comienza a circular para describir decisiones reproductivas atravesadas por la ecoansiedad, entendida como una reacción emocional legítima frente a amenazas reales.
No se trata de una falta de deseo de maternar, sino de un conflicto profundo entre el cuidado, la responsabilidad y el miedo al porvenir.
Alivio inmediato y un duelo postergado
Tras la interrupción del embarazo, la primera sensación fue de alivio. Sin embargo, con el paso de las semanas apareció una tristeza persistente y un fuerte sentimiento de culpa. La terapia y el tratamiento farmacológico ayudaron a reducir la ansiedad, pero no lograron cerrar el proceso emocional. Un año después, el arrepentimiento seguía presente. La decisión de intentar nuevamente un embarazo surgió como una forma de reconciliación interna, aunque también como un intento de dar sentido a la experiencia previa.
El segundo embarazo reactivó, casi de inmediato, la misma ansiedad intensa. La percepción de un futuro negativo volvió a dominar el escenario emocional. Finalmente, el proceso terminó en un aborto espontáneo, profundizando el duelo y la sensación de haber atravesado una cadena de pérdidas sin espacios claros para elaborarlas. Desde entonces, la mujer ha buscado construir satisfacción con su familia de cuatro, aunque persiste la pregunta sobre cómo comprender lo sucedido y cómo aceptar decisiones tomadas desde el miedo y la vulnerabilidad emocional.
Aborto por ansiedad climática y salud mental: lo que dicen los especialistas
En terapia con la psicoterapeuta y psicoanalista Jo Stubley, el foco se desplazó hacia el significado de la maternidad y la historia personal. La especialista señaló la presencia de soledad, de expectativas no cuestionadas y de una falta de tiempo para el duelo. También subrayó que, en cierto sentido, todas las personas deberían sentir ansiedad climática, aunque socialmente se viva en la negación.
Desde esta mirada, el aborto por ansiedad climática no puede analizarse de forma aislada, sino como parte de un contexto más amplio donde la crisis ambiental, la salud mental y las presiones sociales sobre las mujeres se entrecruzan.
La ansiedad climática no afecta solo a los adultos. Expertos en salud mental advierten que niñas, niños y adolescentes son especialmente vulnerables a los efectos psicológicos del cambio climático, tanto por la exposición directa a fenómenos extremos como por el consumo constante de información sobre devastación ambiental.

Estas preocupaciones pueden impactar en el sueño, la alimentación, el rendimiento escolar y las relaciones sociales. Lejos de ser un trastorno, se trata de una respuesta natural que refleja empatía y conciencia, pero que requiere acompañamiento y validación por parte de los adultos.
El rol de madres, padres y cuidadores
Especialistas coinciden en que escuchar y reconocer las emociones de la infancia es clave. Hablar del cambio climático de forma honesta, adaptada a la edad y acompañada de acciones concretas, ayuda a transformar la angustia en resiliencia. También recomiendan cuidar la forma en que los adultos expresan sus propias preocupaciones, regular la exposición a noticias y fomentar la participación en iniciativas colectivas que transmitan esperanza y sentido de pertenencia.
La crisis climática no solo genera impactos ambientales y económicos, sino también consecuencias profundas en la salud mental y en la toma de decisiones personales.
La inacción institucional amplifica la ansiedad individual. Por ello, empresas, gobiernos y organizaciones tienen un papel clave en generar políticas, narrativas y acciones que reduzcan la sensación de abandono y refuercen la idea de un futuro posible.
La experiencia de esta mujer evidencia cómo la crisis climática atraviesa la vida cotidiana y las decisiones más íntimas. No se trata solo de una historia personal, sino de un reflejo de tensiones sociales más amplias que conectan maternidad, salud mental y sostenibilidad.
Aceptar lo vivido, como señaló su terapeuta, implica detenerse, hacer espacio para el duelo y permitir que las emociones sean escuchadas. En un contexto de transformación global, comprender estos procesos resulta clave para construir una conversación más empática y responsable sobre el futuro que estamos creando —y heredando— como sociedad.







