En 2023, mientras distintas regiones del planeta ardían casi al mismo tiempo, algo comenzó a hacerse evidente: los incendios ya no eran eventos aislados ni temporadas acotadas. Se estaban convirtiendo en una constante que desbordaba calendarios, presupuestos y capacidades de respuesta. Detrás de ese patrón hay una combinación cada vez más frecuente y peligrosa: sequía y temperaturas altas acompañadas de vientos intensos.
Según The Guardian, un nuevo estudio revela que la cantidad de días con condiciones cálidas, secas y ventosas —el escenario perfecto para incendios extremos— casi se ha triplicado en los últimos 45 años. Más de la mitad de ese incremento está vinculado al cambio climático provocado por la actividad humana. La lectura es clara: el entorno operativo de comunidades y empresas está cambiando más rápido de lo previsto.
Un clima cada vez más inflamable
Los investigadores no analizaron incendios específicos, sino las condiciones meteorológicas que los hacen posibles. Cuando el aire es seco, el suelo pierde humedad y los vientos se intensifican, cualquier chispa puede transformarse en un frente incontrolable. Es el contexto que convierte un accidente o un rayo en una catástrofe regional.
Lo alarmante es la sincronía. En el periodo comprendido entre 1979 y mediados de los noventa, el promedio global era de 22 días al año en los que amplias regiones del mundo compartían condiciones extremas de fuego. En 2023 y 2024, esa cifra superó los 60 días anuales.
Este fenómeno implica que múltiples países enfrentan incendios al mismo tiempo, reduciendo la posibilidad de cooperación y apoyo mutuo. Cuando todos arden, nadie tiene suficientes recursos para asistir.

Sequía y temperaturas altas: el nuevo patrón sincrónico
La combinación de sequía y temperaturas altas no solo incrementa la probabilidad de incendios; está generando temporadas superpuestas entre regiones que antes podían alternarse. El clima de incendios se ha vuelto más “sincrónico”: distintas geografías comparten, simultáneamente, condiciones propicias para el fuego.
En Estados Unidos continental, el promedio pasó de 7.7 días de incendios sincrónicos al año en la década de 1980 a 38 días anuales en los últimos diez años. La presión sobre brigadas, seguros, infraestructura y cadenas de suministro es evidente.
Para América Latina el panorama es aún más desafiante. La mitad sur de Sudamérica pasó de 5.5 días al año a más de 70 en la última década, alcanzando 118 días en 2023. Esto transforma el riesgo ambiental en un riesgo sistémico.

El rol del cambio climático en la ecuación
Más del 60% del aumento global en días de incendios sincrónicos puede atribuirse al cambio climático derivado de la quema de carbón, petróleo y gas natural. Los investigadores llegaron a esta conclusión mediante simulaciones que compararon el mundo actual con uno hipotético sin el incremento de gases de efecto invernadero.
La diferencia entre ambos escenarios confirma que no se trata solo de variabilidad natural. El calentamiento global está amplificando la frecuencia e intensidad de los días críticos para incendios. Para las organizaciones, esto implica que la gestión climática no es un tema reputacional, sino una cuestión de resiliencia operativa y continuidad del negocio.
Más allá del clima: combustible e ignición
El clima es una dimensión clave, pero no la única. Para que exista fuego se requieren oxígeno, combustible y una fuente de ignición. Bosques degradados, acumulación de material seco y expansión urbana en zonas forestales aumentan la exposición.Sin embargo, cuando predominan sequía y temperaturas altas, el combustible se vuelve más inflamable y los incendios son más difíciles de contener. Las ventanas de oportunidad para controlarlos se reducen drásticamente.
La interacción entre factores ambientales y humanos complejiza la respuesta. Ya no basta con reaccionar; se requiere prevención estructural y ordenamiento territorial.

Cuando la cooperación deja de ser suficiente
Durante décadas, la lógica de respuesta ante incendios se basó en la colaboración internacional. Países con temporadas opuestas podían compartir equipos, aeronaves y brigadistas. Hoy esa lógica empieza a fracturarse. Si múltiples regiones experimentan incendios al mismo tiempo, los recursos se saturan. “Ahí es donde las cosas empiezan a romperse”, advirtieron los autores del estudio. El desafío no es solo apagar más incendios, sino hacerlo en paralelo y con mayor intensidad. Esto redefine la conversación sobre financiamiento climático, seguros, infraestructura crítica y mecanismos multilaterales de apoyo.
La persistencia de sequía y temperaturas altas obliga a repensar la agenda ESG y de responsabilidad social corporativa. Los incendios afectan biodiversidad, calidad del aire, disponibilidad de agua y estabilidad económica local. También inciden en comunidades vulnerables que dependen de recursos forestales o viven en la interfaz urbano-rural. La pérdida de viviendas, medios de vida y servicios básicos amplifica desigualdades existentes.
Integrar el riesgo de incendios en estrategias climáticas, planes de inversión y análisis de materialidad ya no es opcional. Es una necesidad estratégica y ética.
La excepción que confirma la regla
De las 14 regiones analizadas, solo el sudeste asiático mostró una disminución en el clima sincrónico de incendios, probablemente debido a un aumento en la humedad. Esta excepción subraya que el comportamiento regional del clima es complejo. Sin embargo, el patrón global sigue apuntando hacia un entorno más propenso al fuego. Las tendencias generales superan las variaciones locales y confirman que el calentamiento global está redefiniendo el mapa del riesgo. Para América, el incremento es particularmente pronunciado, lo que exige respuestas coordinadas entre gobiernos, sector privado y sociedad civil.
El aumento de días con condiciones extremas para incendios no es una estadística aislada; es una señal estructural de un planeta que se recalienta y sincroniza sus riesgos. Cuando el fuego se vuelve simultáneo, la capacidad de respuesta se fragmenta y los costos —ambientales, sociales y económicos— se multiplican.
Comprender cómo la sequía y temperaturas altas están transformando la dinámica global de incendios es el primer paso. El siguiente es actuar con visión de largo plazo: reducir emisiones, fortalecer la resiliencia comunitaria y anticipar escenarios que ya no son futuros posibles, sino realidades en expansión.










