- Advertisement -
NoticiasAmbientalLos océanos no los diluyen: químicos permanentes se concentran en ballenas y...

Los océanos no los diluyen: químicos permanentes se concentran en ballenas y delfines

Banner Economía Circular Banner Economía Circular

Durante décadas se asumió que la inmensidad del océano funcionaba como un amortiguador natural frente a la contaminación química. Sin embargo, un artículo de Eco-Business sostiene que, en la actualidad, no existe hoy un solo rincón marino libre de las llamadas “sustancias químicas permanentes”, conocidas como PFAS. Su presencia generalizada confirma que la contaminación humana ha alcanzado incluso los ecosistemas más remotos.

Este fenómeno no solo plantea un desafío ambiental, sino también un dilema ético y de gobernanza para la sostenibilidad global. El impacto ambiental de químicos permanentes se manifiesta con especial crudeza en ballenas y delfines, especies clave en la cadena trófica marina y verdaderos indicadores de la salud del océano. Lo que ocurre en sus cuerpos anticipa riesgos que eventualmente alcanzan a toda la biosfera.

Qué son los PFAS y por qué el impacto ambiental de químicos permanentes es crítico

Las PFAS conforman un grupo de más de 14,000 sustancias químicas sintéticas utilizadas desde la década de 1950 en productos cotidianos como utensilios antiadherentes, envases de alimentos, ropa impermeable, espumas contra incendios y cosméticos. Su valor industrial reside en su resistencia al calor, al agua y a las grasas.

El problema es precisamente esa resistencia. Estas sustancias no se degradan de forma natural, por lo que persisten durante décadas o siglos en el ambiente. Transportadas por el aire y el agua, terminan acumulándose en su destino final: los océanos, donde penetran en sedimentos y aguas profundas.

impacto ambiental de químicos permanentes

Una vez en el entorno marino, los PFAS ingresan a la red alimentaria a través de organismos pequeños y se biomagnifican conforme ascienden en la cadena trófica. Este proceso explica por qué los grandes depredadores marinos concentran niveles particularmente elevados.

El impacto ambiental de químicos permanentes revela una falla estructural en los modelos de producción y consumo, donde la conveniencia inmediata ha sido priorizada sobre la seguridad a largo plazo.

Ballenas y delfines: bioacumulación más allá del hábitat

Investigaciones recientes basadas en el análisis de muestras hepáticas de 127 ballenas y delfines de 16 especies revelan un hallazgo inquietante: el lugar donde vive un animal no predice su nivel de contaminación por PFAS. Es decir, no importa si habita zonas costeras o bucea en aguas profundas.

Este resultado desafía supuestos previos que asociaban mayor exposición con cercanía a fuentes humanas de contaminación. Algunas especies de buceo profundo, como zifios y cachalotes, presentan concentraciones comparables o incluso superiores a las de especies costeras.

La clave no está en el hábitat, sino en la biología. Los animales de mayor edad y tamaño acumulan más PFAS a lo largo de su vida, lo que confirma la naturaleza acumulativa de estos compuestos. El impacto ambiental de químicos permanentes se mide, así, en décadas.

Además, los machos suelen presentar cargas más altas que las hembras, debido a que estas transfieren parte de los contaminantes a sus crías durante la gestación y la lactancia. Este patrón se repite de forma consistente entre distintos tipos de PFAS.

impacto ambiental de químicos permanentes

Mamíferos marinos como sistema de alerta temprana

Las ballenas y los delfines cumplen una función comparable a la de los “canarios en la mina”: su salud refleja el estado general del ecosistema marino. Como depredadores longevos y situados en la cima de la cadena alimentaria, integran en sus cuerpos los efectos acumulados de la contaminación ambiental.

Este enfoque se alinea con el concepto One Health, que reconoce la interdependencia entre la salud humana, animal y ambiental. El impacto ambiental de químicos permanentes en mamíferos marinos anticipa riesgos que también afectan a las poblaciones humanas.

Regiones como Nueva Zelanda ofrecen una oportunidad única para este tipo de estudios, al concentrar más de la mitad de las especies de odontocetos del mundo. Allí, incluso especies en peligro crítico, como los delfines de Māui, muestran señales claras de exposición a PFAS.

La presencia de estos contaminantes en especies que nunca entran en contacto directo con actividades humanas demuestra que la contaminación química ya está completamente integrada en las redes tróficas oceánicas.

impacto ambiental de químicos permanentes

Riesgos acumulados y presiones múltiples

La presencia de PFAS no actúa de manera aislada. Estos químicos pueden alterar funciones hormonales, inmunológicas y reproductivas, debilitando la capacidad de las especies para adaptarse a otros factores de estrés, como el cambio climático o la disminución de presas.

Además de la dieta, existe evidencia de que los mamíferos marinos podrían absorber PFAS a través de la piel, ampliando las vías de exposición. Esta multiplicidad de mecanismos incrementa la incertidumbre sobre los impactos reales en la salud poblacional.

Para especies ya amenazadas, la combinación de contaminación química, enfermedades emergentes y alteraciones del ecosistema puede resultar crítica. El impacto ambiental de químicos permanentes debe entenderse como un amplificador de riesgos sistémicos.

Desde la óptica de la sostenibilidad corporativa y la política pública, estos hallazgos obligan a replantear la gestión de sustancias químicas a lo largo de todo su ciclo de vida, desde el diseño hasta su eliminación.

Una contaminación que no reconoce fronteras

La evidencia es clara: ni la profundidad ni la distancia protegen a los océanos de la contaminación química. Incluso las ballenas que habitan los entornos más remotos presentan concentraciones elevadas de PFAS, confirmando que los océanos no diluyen, sino que acumulan.

Responder al impacto ambiental de químicos permanentes ya no es una opción, sino una responsabilidad compartida. Este desafío exige regulaciones más estrictas, innovación en materiales seguros y decisiones basadas en ciencia. Proteger a ballenas y delfines es, en última instancia, proteger la salud de los océanos —y la nuestra.

PLATIQUEMOS EN REDES SOCIALES

spot_img
spot_img
spot_img

Lo más reciente

DEBES LEER

TE PUEDE INTERESAR