En la antesala de los Juegos Olímpicos de Invierno, la ciudad alpina que albergará varias de las pruebas ha tenido que asegurar —literalmente— el terreno de competencia. Ante un invierno cada vez más errático, los organizadores comenzaron a fabricar millones de metros cúbicos de nieve artificial para garantizar las condiciones técnicas que exige el alto rendimiento deportivo. Aunque recientes nevadas naturales han aliviado parcialmente la presión, la infraestructura ya estaba en marcha frente a unas condiciones meteorológicas en las que producir nieve se ha vuelto prácticamente un requisito, no un respaldo.
El fenómeno no es aislado, sino sintomático de una transformación estructural en los deportes de invierno. A medida que el calentamiento global acorta las temporadas frías, la nieve natural deja de ser un recurso confiable. En este contexto, el impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno adquiere una nueva dimensión: sostener la viabilidad de la competencia implica intervenir artificialmente los ecosistemas, con costos ambientales que trascienden la duración del evento.
El impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno en la era del deshielo
La producción masiva de nieve artificial no es una innovación reciente. Las estaciones de esquí llevan décadas utilizándola para compensar la variabilidad meteorológica. Hoy, alrededor del 60% de los complejos de esquí del mundo dependen de estos sistemas, y el antecedente más extremo se vivió en los Juegos de Invierno de 2022, donde casi el 100% de la nieve fue artificial.
El proceso dista mucho de la formación natural de los copos. La nieve fabricada se produce al pulverizar agua mezclada con aire comprimido, generando microperlas de hielo que, al acumularse, simulan la textura de la nieve real. La diferencia física es relevante: su densidad y compactación alteran tanto el suelo como los ciclos de deshielo.

Desde la óptica de sostenibilidad, el problema central es su intensidad material. La fabricación de nieve requiere enormes volúmenes de agua y energía. Un estudio hecho en Canadá reveló que producir 1400 millones de pies cúbicos de nieve durante un invierno promedio conlleva el uso de aproximadamente 478 000 megavatios-hora (MWh) de electricidad y genera más de 130 mil toneladas métricas de emisiones de carbono.
Para los Juegos, las estimaciones apuntan a más de 84 millones de pies cúbicos de agua —equivalentes a cientos de piscinas olímpicas— destinados exclusivamente a este fin. El impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno comienza, así, mucho antes de que se encienda la antorcha.
Agua, energía y emisiones: la huella oculta del espectáculo
El origen de los recursos utilizados resulta determinante para dimensionar la huella ambiental de los Juegos Olímpicos. En muchas sedes, el agua proviene de embalses de montaña que capturan escorrentías primaverales. Entre el 80% y el 90% retorna posteriormente a la cuenca al derretirse, lo que mitiga parcialmente el impacto hídrico directo, pero no elimina las alteraciones ecológicas.
La energía representa un desafío aún mayor. Si la electricidad utilizada procede de redes intensivas en combustibles fósiles, la fabricación de nieve contribuye directamente al calentamiento global que, paradójicamente, obliga a producirla. Este círculo de retroalimentación evidencia la complejidad del impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno.
Algunos avances buscan reducir esta carga, como el uso de electricidad renovable en la producción de nieve. No obstante, incluso bajo esquemas energéticos más limpios, persisten efectos ecológicos locales: compactación del suelo, afectaciones a la vegetación y retrasos en los ciclos de floración debido a un deshielo más tardío.
Existe, sin embargo, un argumento compensatorio. Permitir esquiar en regiones cercanas a grandes centros urbanos puede evitar viajes aéreos de larga distancia hacia destinos nevados, reduciendo emisiones globales asociadas al turismo de invierno. La ecuación climática, por tanto, no es lineal.

Tecnología vs. clima: la encrucijada de la industria invernal
La expansión de la nieve artificial revela una tensión estructural: la industria de los deportes de invierno —y los propios Juegos— intenta adaptarse al cambio climático mediante soluciones tecnológicas que, en muchos casos, incrementan la presión ambiental.
Estudios recientes proyectan que, hacia la década de 2050, poco más de la mitad de las sedes históricas ofrecerán condiciones climáticas fiables para albergar los Juegos. Algunas ciudades ya registran más de 40 días menos de frío al año que en el siglo pasado.
Además, la producción de nieve artificial depende de temperaturas cercanas al punto de congelación. Si los inviernos continúan calentándose, ni siquiera la tecnología podrá garantizar su viabilidad operativa.
Expertos en hidrología de la nieve advierten que esta práctica no constituye una solución estructural. Puede comprar tiempo, pero no revertir la tendencia climática. Apostar exclusivamente por innovación técnica sin abordar las causas profundas del calentamiento amplifica el impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno en lugar de mitigarlo.

Más allá del espectáculo: redefinir la viabilidad futura
Los Juegos Olímpicos de Invierno enfrentan hoy el mismo dilema que la industria que los sostiene: adaptarse o transformarse. La fabricación de nieve permite mantener viva la tradición deportiva, pero a costa de intensificar el uso de recursos en un planeta que precisamente intenta reducirlos.
Para los tomadores de decisión en sostenibilidad, la pregunta ya no es técnica sino estratégica: ¿hasta qué punto es viable sostener megaeventos dependientes de condiciones climáticas que el propio modelo económico ha contribuido a erosionar?
El impacto climático de los Juegos Olímpicos de invierno obliga a repensar sedes, calendarios, infraestructuras y criterios de selección bajo nuevas métricas de resiliencia ambiental. Porque, en un mundo que se calienta, producir invierno artificialmente puede mantener el espectáculo… pero también evidenciar los límites físicos del planeta que lo hospeda.









