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¿Pagar más por la carne ayudaría al medio ambiente? Lo que dice un nuevo estudio

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Durante años, el debate sobre el impacto ambiental del consumo de carne se ha centrado en la responsabilidad individual y en los cambios de dieta voluntarios. Sin embargo, un nuevo estudio sugiere que las políticas fiscales podrían desempeñar un papel mucho más decisivo y rápido para reducir los daños ecológicos asociados a los productos de origen animal. En particular, la aplicación del IVA completo a la carne de res, cerdo, cordero y pollo aparece como una medida con efectos ambientales relevantes y costos sociales relativamente bajos.

Publicado en Nature Food por investigadores del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, el análisis plantea que el actual sistema de precios distorsiona la realidad ambiental del consumo de carne. Al mantener tipos impositivos reducidos o incluso nulos, muchos gobiernos europeos estarían subsidiando indirectamente actividades con altos costos climáticos, hídricos y de biodiversidad, enviando señales contradictorias frente a sus compromisos ambientales.

El peso ambiental oculto del consumo de carne

Los productos de origen animal concentran la mayor parte de la huella ecológica de la dieta en la Unión Europea. Según el estudio, este tipo de alimentos es responsable de casi una cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al consumo doméstico, además de más de la mitad de la pérdida de biodiversidad y de la contaminación por fósforo. Estos impactos rara vez se reflejan en el precio final que paga el consumidor.

El análisis también subraya que la huella ambiental de la carne supera ampliamente a la de los alimentos de origen vegetal en casi todos los indicadores evaluados. El impacto climático, el uso del suelo y la presión sobre los ecosistemas son significativamente mayores, lo que evidencia una brecha entre el costo real de producción y el precio de mercado. La única excepción relevante es el uso del agua, donde algunos productos vegetales también presentan cargas elevadas.

impuesto a la carne

Esta desconexión responde, en parte, a la complejidad de calcular y trasladar los costos ambientales a los precios finales. Ante esta dificultad, los autores sostienen que eliminar exenciones fiscales a los productos más dañinos sería el primer paso más sencillo y directo para corregir la señal de precio. En ese contexto, el impuesto a la carne aparece como una herramienta de política pública pragmática.

Además, el estudio enfatiza que el actual esquema impositivo protege a los consumidores de los costos sociales y ambientales de su dieta. Al no internalizar estos impactos, el sistema perpetúa patrones de consumo intensivos en recursos naturales, lo que contradice los objetivos climáticos y de sostenibilidad que la propia UE ha asumido de manera formal.

El impuesto a la carne y las propuestas fiscales del estudio

El trabajo del Instituto de Potsdam evaluó dos posibles reformas: la eliminación de los tipos reducidos de IVA para la carne y la aplicación de un precio al carbono sobre los alimentos. Ambas medidas buscan internalizar los costos ambientales y modificar los patrones de consumo sin recurrir a prohibiciones directas. No obstante, el impuesto a la carne vía IVA completo se perfila como la opción más viable a corto plazo.

Actualmente, 22 de los 27 países de la Unión Europea aplican un tipo reducido a la compra de carne. Las diferencias son notables: en Irlanda, la carne tiene un impuesto cero frente al 23 % general; en Francia la brecha es de 15 puntos porcentuales; en Alemania e Italia, de 12; y en España, de 11. Solo cinco países gravan la carne con el tipo general de IVA, lo que evidencia la magnitud del privilegio fiscal.

Según las estimaciones del estudio, eliminar estas exenciones permitiría reducir el daño ambiental asociado al consumo de alimentos entre un 3,48 % y un 5,7 %, dependiendo del tipo de impacto. En términos climáticos, esto se traduciría en una reducción anual de 29,9 megatones de CO₂ equivalente, aproximadamente un 5 % del total vinculado a la dieta.

impuesto a la carne

Los autores reconocen que un precio al carbono aplicado directamente a los alimentos podría generar beneficios ambientales aún mayores. Sin embargo, esta alternativa implicaría cálculos económicos y negociaciones políticas más complejas. Por ello, el impuesto a la carne mediante la reforma del IVA se presenta como una solución transitoria, pero eficaz, para comenzar a corregir las distorsiones actuales.

Impacto en los consumidores: costos, redistribución y desigualdad

Uno de los principales cuestionamientos a cualquier impuesto a la carne es su impacto en los hogares, especialmente en aquellos con menores ingresos. El estudio aborda este punto de forma explícita y concluye que el efecto final depende, en gran medida, de cómo se utilicen los ingresos fiscales adicionales. Sin mecanismos de compensación, el gasto medio anual en alimentación por hogar en la UE aumentaría en 109 euros.

No obstante, si los gobiernos redistribuyeran estos ingresos mediante pagos directos a la ciudadanía, el costo neto se reduciría drásticamente a apenas 26 euros al año por hogar. Esta cifra pone en entredicho la idea de que una reforma fiscal de este tipo necesariamente agravaría la desigualdad, siempre que se diseñe con criterios de justicia social.

El estudio también compara esta opción con la imposición de un precio del carbono de 52 euros por tonelada aplicado a los alimentos. En ese escenario, el costo neto para los hogares se reduciría a unos 12 euros anuales, con mayores beneficios ambientales. Sin embargo, la complejidad técnica y política de esta alternativa limita su viabilidad inmediata frente al ajuste del IVA.

El diseño del impuesto a la carne resulta clave. Sin redistribución, el riesgo de afectar de manera desproporcionada a ciertos grupos es real. Con una aplicación progresiva y transparente, en cambio, la medida podría corregir fallas de mercado sin profundizar las brechas sociales existentes.

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¿Una solución estructural o un paliativo necesario?

Aunque los resultados del estudio son contundentes, los propios autores advierten que estas políticas no deben entenderse como una solución única. El impuesto a la carne puede reducir impactos de forma rápida y relativamente económica, pero no sustituye la necesidad de transformar los sistemas alimentarios ni de promover una moderación sostenida en el consumo de productos de origen animal.

Charlotte Plinke, autora del estudio, subraya que aún no se han calculado completamente todos los impactos ambientales de la carne. Esto implica que incluso las cifras actuales podrían estar subestimando el daño real. En ese sentido, la reforma fiscal sería apenas un primer paso para visibilizar costos que hoy permanecen ocultos en la cadena de valor.

Este tipo de medidas plantea un cambio relevante en la narrativa: el problema deja de recaer exclusivamente en las decisiones individuales y se traslada al diseño de políticas públicas coherentes con los compromisos climáticos. Las empresas del sector alimentario también se verían presionadas a innovar y diversificar su oferta hacia alternativas menos intensivas en recursos.

En última instancia, el impuesto a la carne puede funcionar como un catalizador. No elimina por sí solo el impacto ambiental del consumo cárnico, pero sí corrige incentivos, genera recursos para políticas compensatorias y abre la puerta a una conversación más honesta sobre el verdadero costo de lo que comemos.

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Fiscalidad, sostenibilidad y responsabilidad compartida

El estudio del Instituto de Potsdam aporta evidencia sólida de que ajustar la fiscalidad de la carne podría generar beneficios ambientales significativos sin imponer una carga excesiva a los consumidores. Al eliminar privilegios fiscales, los gobiernos tendrían una herramienta concreta para alinear precios, impactos ambientales y objetivos climáticos, siempre que el diseño del impuesto a la carne contemple mecanismos de redistribución justa.

Sin embargo, la investigación también deja claro que estas medidas son insuficientes si no se acompañan de cambios estructurales en los sistemas alimentarios y de una moderación consciente en el consumo de carne. Para los actores de la responsabilidad social empresarial, el reto no está solo en apoyar políticas fiscales más coherentes, sino en impulsar modelos de producción y consumo que reduzcan de manera duradera la presión sobre el planeta.

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